Temas Especiales

22 de Oct de 2020

Iván McGowen

Columnistas

Primero el 'qué' y luego el 'cómo', aprovechemos el momento

“Vendrán futuros debates sobre cómo mejorar la educación, tocando varios aspectos que afectan a distintos participantes en caso se dé una reforma masiva e integral”

La pandemia nos tomó por sorpresa, sucumbiendo la economía en todos los sectores. Algunas organizaciones han modificado su forma de operar, o como algunos les gusta cantar: “se han reinventado”, para seguir atendiendo a sus usuarios.

Una de las actividades en la que un grupo tomó acción rápida es la educación. Ya sea implementando diferentes sistemas o con distintos niveles de tecnología, muchos colegios, dentro de un plazo expedito, ejecutaron estrategias para poder seguir atendiendo a sus estudiantes. Algo realmente asombroso, considerando la dificultad de la profesión y quiénes son sus clientes. ¿Cuántos de nosotros tenemos la vocación de pasar nuestras vidas frente a un numeroso grupo de malcriados o de adolescentes sabelotodo, tratando de trasmitirles lo que el Meduca considera ser el conocimiento que necesitan para enfrentar la vida?

Si algo aprendimos en COVID-19 es que, ante una situación de cambio, tenemos la capacidad de adaptarnos y aprender nuevas habilidades para continuar funcionando dentro de las limitaciones impuestas. Varios centros educativos lo demostraron y los estudiantes se adaptaron, probablemente aprendiendo la lección más valiosa en toda su colegiatura. Que el mundo no es perfecto, y hay que aprender a lidiar con el cambio.

En estos días que he estado cerca de mis hijos durante su horario escolar noto algunos temas académicos por los cuales también pasé y me pregunto por qué los siguen enseñando y qué se requiere para que actualicen el currículum con contenido relevante para los que se gradúen del colegio y tomen distintos caminos.

Hay muchos temas que permean los debates educativos, varios sujetos a manipulación política, pero en contenido académico podemos encontrar muchas opiniones en común. Solo pensemos en cuántas actividades de nuestra vida diaria, profesional o familiar, fueron aprendidas en el compendio de hechos, textos, fórmulas y ecuaciones durante nuestra vida escolar. No muchas más que aritmética, leer, y escribir (ahora a medias por WhatsApp).

El contenido debe convertirse en conocimiento y lo que no se utiliza con el tiempo se pierde. El cerebro solo tiene capacidad para tanto. Al ver a nuestros hijos hoy estudiar los mismos temas que nosotros, pero dos años antes, no significa que la educación ha avanzado y que demanda más de los estudiantes. Significa que los están rellenando con el mismo contenido inútil que a nosotros, antes de tiempo. Es bueno aprender cosas, pero aprender por aprender sin ponerlo en práctica, ya sea a nivel personal o en sociedad, no tiene ningún valor más que un enriquecimiento temporal para el que lo aprecia.

Luego de ser la lengua más hablada por siglos en los territorios del antiguo imperio, el latín pasó a ser la lengua de los académicos y estudiosos en Europa. Con el tiempo pasó a segundo plano o materia electiva. Hoy, el que quiere aprender latín lo hace por razón específica de carrera o por enriquecimiento personal. No es porque van a tener algún intercambio diplomático con Julio César. Simplemente no resulta práctico impartir este conocimiento que listo como ejemplo para que hace décadas se impartía en algunos colegios católicos.

De la misma manera debemos analizar si el contendido que se enseña hoy es porque hay quienes se aferran románticamente a este, o si tiene aporte cultural y relevancia práctica en la vida de los que pasan horas frente a maestros recibiendo esta información.

A cuantos maestros de secundaria o padres no les ha preguntado un sabelotodo alguna vez: “¿Para qué tengo que aprender esto?”. No necesitamos ser especialistas en el tema para entender que esa pregunta no se ha contestado adecuadamente por generaciones.

Los estudiantes de hoy tienen la capacidad de buscar información rápidamente de un tecladazo en algún dispositivo. La sobrecarga de información digital a la que están expuestos es abrumante. Más que pedirles que se memoricen un montón de datos, deben enseñarles cuáles son relevantes, cómo buscarlos y cómo confirmarlos. Que no acepten todo como un hecho sin antes cuestionarlo y analizarlo. En la vida no todo tiene respuesta inmediata y muchas veces nos toca tomar decisiones basadas en nuestros propios criterios. Ese conocimiento no lo memorizamos de ningún libro de texto escolar.

Vendrán futuros debates sobre cómo mejorar la educación tocando varios aspectos que afectan a distintos participantes en caso se dé una reforma masiva e integral. Si este proceso va a tomar largos periodos, los participantes, por lo menos, pueden iniciar poniéndose de acuerdo en el “qué” se debe enseñar y luego a la larga discusión del “cómo” hacerlo. Y ahora es el momento, antes de que se reactiven los colegios en sitio.

Dicen que los colegios solo son tan buenos como sus maestros. A eso debemos añadir que los maestros solo son tan buenos como el conocimiento que sus estudiantes aprenden. Si la mayoría de lo que se enseña no se utiliza entonces los estudiantes, los padres, los contribuyentes y la sociedad pierden.

El autor es un padre preocupado por la educación de sus hijos. Como muchos otros.

Administrador de empresas.