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11 de Aug de 2020

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Enrique Jaramillo Levi

Columnistas

El periodismo y la creación literaria: primos hermanos

Una de las grandes virtudes de los buenos periódicos, esos que no se conforman con dar información objetiva y verificable sino que también forman opinión a través de sus notas editoriales y sus columnistas, independientemente del tenor de sus juicios de valor -su visión de mundo-, es que precisamente esa actitud múltiple y multiplicadora, consecuente no solo con la realidad que se vive a diario sino con la que se siente en los diversos ambientes y en las variadas conciencias de los ciudadanos, así como con sus posibles consecuencias, es lo que hace la diferencia con periódicos mediocres.

Una de las grandes virtudes de los buenos periódicos, esos que no se conforman con dar información objetiva y verificable sino que también forman opinión a través de sus notas editoriales y sus columnistas, independientemente del tenor de sus juicios de valor -su visión de mundo-, es que precisamente esa actitud múltiple y multiplicadora, consecuente no solo con la realidad que se vive a diario sino con la que se siente en los diversos ambientes y en las variadas conciencias de los ciudadanos, así como con sus posibles consecuencias, es lo que hace la diferencia con periódicos mediocres.

En ese sentido, la libertad de expresión de los medios de comunicación es una de sus más importantes características: más que una simple actitud, una manera permanente de ser y de estar en el mundo. En el entendido de que la vida no está petrificada, es un organismo vivo, móvil, dúctil, y por tanto va cambiando, contradiciéndose incluso según ocurren los hechos, y a sabiendas siempre de que también sobre eso es necesario hablar. Hablar sobre el cambio, acerca de lo que por alguna razón deja de ser estático y se torna obsoleto. Hablar, por cierto, que en el caso de los diarios que circulan en papel (al igual que en los de tipo virtual) es más bien escribir. Escribir bien. Lo mejor posible, con fibra y tenacidad, con un sentido irrenunciable de lo que es oportuno comentar y lo que está fuera de lugar.

De ahí que las dictaduras, abiertas o solapadas, tanto desde la derecha como desde la izquierda radical, restrinjan siempre el periodismo crítico, el despliegue de puntos de vista que difieran con las del poder, incluidos novelistas y poetas que han sido perseguidos por sus ideas. El caso más célebre acaso sea la del escritor ruso Alexander Solzhenitsyn (1918-2008), en la antigua Unión Soviética, mientras los camaradas latinoamericanos callaban o fingían demencia; ya exiliado, fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1970. Doce años, antes otro escritor ruso había sido premiado en 1958 con el Nobel, y obligado a declinarlo por las autoridades soviéticas: Boris Pasternak (1890-1960).

Hoy en día el periodismo se estudia en las universidades, la llamada comunicación social es una especialidad para la cual es preciso prepararse meticulosamente. Incluye prensa escrita, televisión, radio y medios electrónicos alternativos. Lo cual no quiere decir que no haya verdaderos talentos empíricos tan valiosos como los demás. Dos buenos ejemplos de ello en Panamá fueron en su momento el poeta Gaspar Octavio Hernández (1893-1918), cuyo más famoso poema es "Canto a la bandera", y quien fuera jefe de redacción del diario La Estrella de Panamá; en su honor se celebra cada 18 de noviembre, día de su prematura muerte, el Día del Periodista. Y el escritor Gil Blas Tejeira (1901-1975), autor de la célebre novela histórica “Pueblos perdido” (1963), quien fuera embajador en Costa Rica y Venezuela y primer director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Panamá. Ambos aguerridos hacedores de opinión y críticos de la ignominia.

Mucho antes, desde finales del siglo XIX, diversos escritores panameños ejercieron a su manera el periodismo, y varios crearon revistas en las cuales publicaban poemas, cuentos, artículos de opinón, crónicas y reseñas críticas; los más importantes: Guillermo Andreve (1879-1940), Ricardo Miró (1883-1940), Salomón Ponce Aguilera (1868-1945) y León A. Soto (1874-1902), a veces con sus nombres y otras mediante seudónimos. A los tres primeros se deben revistas literarias memorables: a Andreve, “El Heraldo del Istmo” (1904-1906); a Miró “Nuevos Ritos” (1907-1909): en ambas publicaron los primeros escritores nacionales modernistas y posmodernistas del siglo XX; y a Ponce Aguilera, su “Revista Gris” (1892-1895; fundada por él y por el colombiano Maximiliano Grillo, la cual salía en Bogotá). En las páginas de dichas revistas, y en las de otras más efímeras de la época, se dieron a conocer autores nuevos que luego destacarían en sus libros con méritos propios, incluido el propio Ricardo Miró y Gaspar Octavio Hernández.

Con todos ellos se dan los primeros pasos hacia la puesta en práctica de un periodismo cultural importante, de creatividad plena y novedosa, que lastimosamente se ha ido perdiendo en nuestros días. Ya no existen, por ejemplo, suplementos culturales propiamente dichos. Se añora los tiempos en que puntualmente aparecían “Talingo” en el diario La Prensa” y “Tragaluz” en el desaparecido periódico “El Universal”. Solo “La Estrella de Panamá” tiene desde hace algún tiempo una página literaria los sábados, y acepta algún artículo de opinión el resto de la semana que puede aludir a temas literarios. Hace muchos años este diario publicaba el importante suplemento cultural “Istmo”, bajo la acertada dirección de Leonidas Escobar. Lamentablemente, contrario a los periódicos mexicanos, por ejemplo, en Panamá no se remunera al autor por colaborar en un periódico con un texto literario.

A finales del siglo XX escritores panameños importantes como Guillermo Sánchez Borbón (1924-2019), cuyo seudónimo como novelista y poeta era Tristán Solarte), Mario Augusto Rodríguez (1917-2009), Joaquín Beleño (1922-1988), Ignacio de J. Valdés Jr. (1902-1959), Herasto Reyes (1952-2005), José Franco (1936) y Griselda López (1938), entre otros, prestigian con su pluma el periodismo nacional. Todos ellos excelentes escritores, al ejercer esa doble función mediante el uso de un acertado lenguaje, la agudeza de su intelecto y su fina sensibilidad, sin duda alguna se añade valor humano a sus textos, ya se trate de crónicas, reportajes, artículos de opinión o entrevistas, entre otros conocidos géneros periodísticos.

Me atrevo a afirmar que el periodismo y la creación literaria son primos hermanos: el uno da fe de los vaivenes de la realidad nacional e internacional y comenta sobre ellos, mientras que el otro hace uso de la imaginación y la fibra intuitiva mediante la libertad artística para ahondar desde diversos ángulos en los complejos altibajos de la vida, y por tanto en los claroscuros del ser humano.

Escritor