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28 de Feb de 2021

Roberto Díaz Herrera

Columnistas

Hombres que dejan huellas…

“[ ] Aureliano Gómez Bustamante. Doctor esforzado en sus atenciones clínicas, pero el cual, sin ningún esfuerzo, nos ofrecía calidez a todos sus pacientes sin excepción […]”

Creo que nunca, al menos que recuerde, he escrito un aporte para hablar de una muerte, con excepción de la de Omar Torrijos Herrera y en ese caso más en entrevistas variadas, por nuestra proximidad.

En este caso deseo hacer una excepción especial para hablar, más que de su muerte física, de la labor profesional y personalidad de un gran amigo y destacado médico. Me refiero al doctor Aureliano Gómez Bustamante. Doctor esforzado en sus atenciones clínicas, pero el cual, sin ningún esfuerzo, nos ofrecía calidez a todos sus pacientes sin excepción, desde los más conocidos o del llamado “estatus”, hasta las personas más humildes. Pese a que son pocos años los que nos unieron, surgió entre nosotros un torrente de empatía, que no solo se dio en su consultorio, sino que nos llevó a un torrente cálido de intercambios, llamadas y conversaciones, que pocas veces tengo -ni siquiera con parientes cercanos. No lo conocí -tal vez estábamos en caminos entrecruzados para entonces- cuando, como hoy me dicen algunos de sus amigos antiguos, Aureliano fue un real líder estudiantil en el Instituto Nacional, militando en la década de los 70 contra el régimen militar. Me lo dibujan como un dirigente vertical de discursos fogosos.

Al otro Aureliano que traté, primero como paciente, y con el cual pronto establecí un canal de mutuos intercambios -curiosamente alejados de asuntos políticos- era el médico afable, de permanente sonrisa y buen humor, ajeno a la hoy tan entronizada actitud mercantilista, cuasi de meros comerciantes de la enfermedad humana, que tiene un alto porcentaje de doctores, a los que solo les falta colocar una bandera adornada de dólares en sus consultorios. Ser humano valeroso, luego de diversos estudios, se atrevió a desafiar los moldes ortodoxos, rayando en lo dogmático, que, apegados a la corriente ya desfasada de Descartes, aún utilizan muchos médicos, que en pleno siglo XXI, nos atienden como si fuésemos solo una infraestructura compuesta de átomos, moléculas, células, sistemas y órganos, o de oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno, calcio y fósforo.

La calidad humana de Aureliano Gómez lo llevó a ser una insignia nacional -adicional a la atención clínica convencional que ofrecía como médico de la Caja del Seguro Social- en el novedoso terreno del “Biomagnetismo” (sin duda para sonrisas irónicas de colegas atados a lo convencional (o sea, “a lo ya convenido”). Este doctor, que acaba de dejar solo su cuerpo físico, conocía por el poder de la intuición -porque de eso no hablan ni pío en las facultades nuestras- que somos mente y cuerpo entrelazados íntimamente -y sin ninguna separación. Estaba convencido de que las emociones curan o enferman. Por eso empleaba el humor y una sonrisa fluida y sin esfuerzos, para calmar las angustias con las cuales le llegaban muchos pacientes, para quienes -y somos mayoría- la llegada al consultorio médico suele ser per se un trauma, aun antes de que el doctor nos confiese para explorar nuestro diagnóstico.

¡Cuánto nos falta un brazo extendido sobre nuestro hombro y una frase tan sencilla como: “No te preocupes, más allá de lo que nos diga el diagnóstico, tú y yo, como socios en tu curación, ¡resolveremos lo que tengas!”. Esa medicina humanizada y bioética que he encontrado en lugares a una hora de avión como Medellín, aquí, con contadas excepciones -que las hay- brillan por su ausencia.

Nuestro médico tiene rostro de fiscal, de juez, y no pocas veces, de un policía listo para encarcelarnos. Aureliano como médico era la antípoda. No parecía preocuparse casi “por la enfermedad, sino por el enfermo, sabiendo que cada ser es único, y reacciona a la patología de modo distinto”.

Se adentró también en la Bioenergética, que sabe que somos consciencia pura, por lo cual un simple químico jamás puede remplazar la atención amable, positiva y esperanzadora. Conocía ya -como médicos próximos en Colombia, donde se enseña ya la Neurociencia- que la mejor curación se basa en la compasión y la esperanza; que el organismo tiene su propia orquesta cuya música depende de la batuta del director que guíe, el médico.

Que en paz descanses, con todos tus derechos, Aureliano. Tu obra permanece en miles de corazones que has dejado llenos de dolor, pero también de hermosos recuerdos.

Abogado, coronel retirado.