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16 de Apr de 2021

Abel D. Comrie Ortega

Columnistas

Renunció mi amigo

“Lo cierto es que la renuncia de Ulloa debe ser nuestra vergüenza como sociedad, pues nada en firme hemos hecho para evitar que aquellos que sí lo intentan no sucumban”

Al tiempo de estrenado en el cargo y por la entrañable amistad universitaria que nos une, me permití dirigirle a Eduardo Ulloa estas palabras: “Eddy, gente como tú y yo, lo único que tenemos de valor es nuestro nombre y por lo tanto recuerda que los ricos tienen cómo caer de pie siempre. Nosotros no”. Con la sinceridad, sencillez y humildad que lo caracteriza, me agradeció el comentario.

Sabiéndolo un hombre honesto, leal, correcto, decente y extraordinariamente capaz, me preocupó mucho su designación para un cargo como ese, por todo lo que allí ocurre, mas creí que podría de alguna manera, marcar una impronta. Con lo sucedido, afirmaré que fue ingenuo y torpe desde el punto de vista de inteligencia política, para no entender que “conocida la bestia y sus entrañas”, poco es lo que puede hacerse desde dentro, salvo el ser absorbido o quebrado. Cuando asumió el puesto tenía que haberlo sabido, pues ello lo habría preparado para enfrentar precisamente ese punto de inflexión que ahora no ha podido conjurar con tan solo su honor.

Tenía que haber realizado en su pensamiento conspirativo, que somos honestos y decentes, pero no pendejos y, por lo tanto, el fuego se combate con fuego. No construyó un vínculo con la población ni con sus fuerzas cívicas y populares que quizás y digo solo quizás, en esta hora difícil le habrían dado algún tipo de soporte. No lo hizo y hoy se va por la puerta trasera, no por el hecho de renunciar, sino por no dar las razones de dicha renuncia. Le debe a la Nación una explicación de su partida, aunque lleve aparejado poner al descubierto todo, absolutamente todo. Que busque y obtenga el amparo de las formas que crea más seguras y efectivas, pero no puede callar. Si lo hace, dejará una estela de decepción y desencanto para algunos y una deuda enorme con el pueblo y con los que seguimos creyendo en él.

Debo también preguntarme ¿qué habría hecho yo?; ¿qué habría hecho en un país en donde a la población nada la mueve y nada la conmueve; ¿qué habría hecho si veo amenazada la seguridad de los que amo y no estoy preparado para enfrentarlo?; ¿si las instituciones encargadas de velar por la seguridad y el bienestar de la niñez no pudieron proteger a niños en albergues, acaso protegerán a mi familia?; ¿será acaso el martirologio una opción? No tengo las respuestas y por eso en este punto, jamás podré juzgarlo.

Lo cierto es que la renuncia de Ulloa debe ser nuestra vergüenza como sociedad, pues nada en firme hemos hecho para evitar que aquellos que sí lo intentan no sucumban. Su renuncia confirma el hecho inequívoco de que hemos permitido que Panamá se convierta en la cloaca fétida en donde todo está dispuesto para ser, si es que de alguna manera ya no lo es, UN ESTADO FALLIDO. Empezaremos a ver peores y más perversas violaciones de la ley y del derecho de los ciudadanos en favor de una plutocracia amoral, cuya codicia y avaricia no conoce límites. Esto desembocará en un estallido social, en donde en lo particular cada quien buscará la justicia por su propia mano y en lo general, terminaremos con otra ignominiosa intervención del imperio.

Abogado