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17 de Ene de 2022

Columnistas

Reflexionando sobre la muerte

“[…] no estamos preparados para la llegada de la muerte y nos resulta triste y desconsolador, sin embargo, es un tránsito que todos tendremos que hacer en algún momento”

Decía el filósofo español, Pedro Laín Estralgo: “cuando el cuerpo muere, el hombre muere, simplemente todo terminó”. En occidente, cuando se recibe la noticia del fallecimiento de una persona cercana a nuestro entorno familiar, amigo o conocido se suelen expresar frases que conllevan tristeza, resignación y piedad, porque la muerte tiene esa connotación entre quienes rigen su vida bajo la moral y las creencias judeocristianas.

En algunas regiones de África se despide al difunto con música y danzas, una costumbre muy vistosa se realiza en México, que celebra el día de la Santa Muerte cada 2 de noviembre, resaltando el espíritu del difunto y su lugar entre los sobrevivientes.

La muerte nos causa temor, dolor, tristeza y usualmente le damos un sentido destructivo, las creencias religiosas tan enraizadas y casi institucionalizadas en nuestras sociedades así no los enseñan, casi nunca cuestionamos esos dogmas religiosos, morales y sociales.

Cuando adolescente pregunté a un teólogo sobre los conceptos vida y muerte, él me contestó: “Cuando estamos en el vientre de nuestra madre tenemos una vida allí, pero esa vida termina su primera etapa cuando ocurre el parto y vemos la luz, entonces morimos a una forma de vida para nacer en otra diferente. Así mismo suele pasar cuando morimos, dejamos esta vida y nacemos a otra”. Su respuesta me ofreció un punto de partida para tratar de entender lo que sigue siendo un gran misterio. ¿Qué pasa cuando morimos? ¿Descansamos en paz, trascendemos, pasamos a mejor vida, entramos a la gloria, reencarnamos, nos vamos al infierno?

Lo que sea que pase no lo sabremos hasta tanto nos toque y si allí termina todo, entonces lo anterior habrá sido una quimera.

Siempre se me hace difícil dar un pésame, porque me suenan a frases trilladas y a veces expresiones frívolas y suelo reemplazar el “cuanto lo siento o lo acompaño en su sentimiento” por un abrazo solidario, fuerza o fortaleza en este momento difícil, al final no hay mensaje o palabra que pueda consolar el dolor de quien ha perdido un ser querido, el consuelo le llegará con el tiempo, pasada la aceptación y el duelo. Generalmente, no estamos preparados para la llegada de la muerte y nos resulta triste y desconsolador, sin embargo, es un tránsito que todos tendremos que hacer en algún momento.

Sería válido reflexionar sobre el legado que dejaremos en este mundo y preguntarnos si únicamente vinimos para complacer el cuerpo y nos olvidamos por completo del otro componente de la vida, el Alma, esa que es invisible, que se acerca más a lo espiritual y, según las diferentes creencias religiosas como no religiosas, prosigue y trasciende a la vida material que se termina cuando morimos. Quizá lleguemos a la dicotomía de un alma imperecedera versus un cuerpo corruptible sobre la que teorizó Platón en su obra Fedón; el alma “cae” en el cuerpo y se encuentra atrapada en él, hasta que aquel perezca. Y tal vez coincidamos también con Descartes, que veía en el alma “una sustancia completamente diferente e independiente del cuerpo, materia extensa y que, pese a una estrecha unión, puede existir sin él”.

Comunicador social.

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