Noriega 89 — Maduro 2019: similitudes y diferencias

  • 10/10/2019 00:00
La historia tiene ribetes curiosos. ¿Se repite la historia en espiral? La Venezuela de hoy tiene olor al Panamá de 30 años atrás, solo que con matices diferentes.

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La historia tiene ribetes curiosos. ¿Se repite la historia en espiral? La Venezuela de hoy tiene olor al Panamá de 30 años atrás, solo que con matices diferentes. Como testigo presencial y actor de hechos coyunturales y decisivos, la temporada traumática del régimen de Manuel Antonio Noriega guarda similitudes con el de Nicolás Maduro de hoy. Del mismo modo grandes diferencias. El tamaño de ambos países, el efectivo armado y su capacidad de armas y fuego. El Palacio de Miraflores —apoyado en los fusiles de sus fuerzas armadas, mucho más por miedo que por respeto—, con el panorama de represión arbitraria e incontrolada. Ocurrió aquí y ocurre hoy allá. Los métodos casi idénticos. Plata y mucha, para los leales y sumisos, Palo para los indecisos o titubeantes y Plomo para los enemigos.

Una de las enormes diferencias geoestratégicas es que, en Panamá, Noriega disfrutó de la bendición escondida del Gobierno estadounidenses y los apoyos de lo que hoy le llaman “la comunidad de inteligencia”; para entonces la CIA —su gran hada madrina, la DEA, que le mandaba “diplomas de buena conducta cada mes” y la aceptación de un Pentágono que estaba posicionado a metros del cuartel privado de Noriega en Fuerte Amador—, el hombre de Panamá estaba tan blindado, con pólizas de seguros y reaseguros, avalados por Washington. Mientras a partir del 6 de junio de 1987 Panamá explotó, hasta Susanne, la hija del embajador Arthur Davis, se unía a las protestas y rechazo al régimen y a su figura central, no obstante que su moderado padre se tenía que callar; ni la aplaudía ni la disciplinaba. ¡Insólito!

Caracas representa hoy un rostro demasiado diferente, local y geopolíticamente; el chofer de bus y dirigente sindical que el dedo ya tembloroso de Hugo Chávez —el icónico animal político de Venezuela— señaló para que le suceda, cuando ya estaba por morirse, se ha mantenido contra viento y marea, pese a sus grandes limitaciones. Ha tenido Nicolás Maduro, pese al bajo coeficiente, la suficiente inteligencia emocional para atenazar a base de dólares en dígitos gigantes a su cúpula de generales y almirantes, y aunque han ocurrido deserciones y complots por docenas, con decenas de generales presos y centenares de oficiales y tropas en calabozos implacables, el régimen sigue de pie, débil pero terco, pese a las enormes sanciones de Estados Unidos y el obvio desprecio de la gran mayoría de democracias mundiales. Con una etapa de tambaleo gubernamental y momentos en que ya aplaudíamos su supuesta caída, Maduro, como un “Porfiado”, vuelve a tomar el control, contra las apuestas. Para ello tiene al señor entorchado Padrino López y el aceite verde con el cual sostienen la lealtad calculada al régimen de los hombres de uniforme. Y su gran palanca ducha en inteligencia y contrainteligencia se la ha estado prestando Cuba, con decenas de años graduada en esa especialidad. Diálogos y diálogos sucesivos con resultados efectivos cero. Rusia, China, Irán, Turquía, han apadrinado al régimen; sin embargo, las dos potencias que coronan el Consejo de Seguridad en la ONU —de los cinco que deciden todo— Rusia y China toman visiblemente más distancia e incluso reconocen hablar fluidamente con Juan Guaidó, la pesadilla de Maduro, el cual ya casi no resiste el vendaval, pese al reconocimiento de más de una cincuentena de democracias, que no parecen hoy representar más que Quijotes que solo tienen fuerza para amenazar a molinos de viento, con un Donald Trump que respecto a Venezuela ha ladrado mucho sin ninguna mordida fatal, más allá de seguir arruinando financieramente al régimen.

En Panamá del 89, en cambio, Noriega —luego de una sacudida que ayudamos a producir—, pese a quedar “grogui y tambaleante”, resistió dos amenazas desde los cuarteles, que por ser “secretos entre docenas”, las controló con su red de sapería interna. Solo produjo su final el consentido de la CIA, luego de una media docena de visitas rogativas de un subsecretario de Estado. Cabreado su mayor padrino, George W. Bush, al final, para lavarse las manos y negar que tuvo agendas mutuas con Noriega, mandó sus divisiones a aplastar a no más de dos mil hombres capacitados para la lucha armada. Y él —su comandante de muchas estrellas— se dio a la fuga. ¿Cómo será el final en la tierra de Bolívar?

Abogado y militar retirado.
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