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- 22/04/2023 00:00
Colores al frente
Colores al frente! Desde la fortaleza del Real Felipe los vigías otearon una inusual bandera, llamó su atención porque no la conocían. En febrero de 1818 arribó a El Callao la fragata imperial rusa “Kamchatka” conducida por el capitán Vasilii Mickhailovicht Golovnin quien, un año antes, había emprendido su segundo viaje alrededor del mundo. Sirviendo a sus órdenes en esa expedición iban tres futuros exploradores rusos de importancia: Fiódor Litke, Fiódor Matyushkin y Ferdinand von Wrangel. Todos ellos así como Golovnin y la dotación del buque permanecieron en Lima y en el Callao por espacio de diez días. Más tarde Litke sería el explorador de Ártico ruso y organizaría la Sociedad Geográfica Rusa; por su parte, Matyushkin, amigo personal del escritor Alexander Pushkin, cartografiaría la isla de Chetyrekhstolbovoy, y dedicado a la política llegaría a senador; mientras que Wrangel alcanzaría notoriedad por su exploración del mar de Siberia Oriental.
Partiendo de la calidad de los informes que preparó, los biógrafos de Golovnin lo califican de “hombre culto e ilustrado” y que poseía una “fascinación por las culturas extranjeras” (Rimer, 1995). Muy aficionado a aprender idiomas logró conocer lo suficiente del castellano como para no necesitar intérprete cuando llegó al Virreinato peruano aunque, si alguna traba ocurría, se apoyaba en su dominio del francés o del inglés para salvar la situación.
El capitán Golovnin -a quien la prensa limeña llamó “príncipe”- gozaba de cierto prestigio internacional al haber protagonizado, en 1806, una rocambolesca fuga con toda su tripulación como capitán de la corbeta “Diana” cuando fue capturada por los británicos en Sudáfrica. Esta hazaña fue considerada memorable y motivó que, a su regreso del Perú, Golovnin publicase “Viaje de la corbeta del emperador ruso 'Diana’ de Kronstadt a Kamchatka” que pronto adquirió categoría de ‘best seller’ al traducírsele al francés. La primera edición en ruso apareció en 1822 y, la segunda, más ampliada, en 1864, impulsada por su hijo ya que Golovnin había muerto en 1831. Se trató de un logrado relato en cinco volúmenes. Su descripción del Perú se halla en el tercer volumen, capítulos II y III, donde, “a pesar de los agasajos virreinales del que fue objeto, agudiza su crítica contra el sistema español y trasunta simpatías por los patriotas insurgentes que dominaban en Chile” (Núñez, 1971). Aunque Golovnin habría tenido la intención de continuar hasta Panamá, en Guayaquil cambia de rumbo quizás advertido de las luchas independentistas que tenían lugar.
El primer extranjero en describir la situación social proclive a la emancipación fue el científico germano Alexander Von Humboldt y “acaso el primero en pronosticar que en corto plazo habrían de producirse movimientos de autonomía en diversas partes del Continente, desde México hacia el sur” (Núñez, 1971). Golovnin no conoció ni a Humboldt ni a sus textos por lo que las coincidencias en su análisis político resultan un testimonio que confirma la efervescencia independentista de esos años.
De otro lado, Golovnin se diferencia de los trabajos de los naturalistas franceses que llegaron unos años antes como Frezier, La Condamine y Bouganville porque, sin dejar de mencionar las costumbres exóticas y las condiciones socioeconómicas de la población que visitaba, se interesó por la posibilidad de iniciar vinculaciones comerciales. Una actitud que rendiría frutos cuatro décadas más tarde cuando la naciente República del Perú estableció formalmente relaciones comerciales con el Imperio de los Zares en 1862 y se constituyó el primer consulado ruso en El Callao en 1864 (Garcés & Vallejo, 2020). Matyushkin, que había estado en Lima gracias a Golovnin y senador desde 1861, apoyó firmemente las relaciones de Rusia con América Latina empezando con Venezuela, Colombia, Argentina y el Perú.
Durante los días de su estancia en Lima, el “príncipe” Golovnin y sus oficiales recibieron todo tipo de atenciones. El propio Virrey Pezuela le proporcionó su carruaje para sus desplazamientos además de una escolta, con lo cual los recorridos por la ciudad no pasaban desapercibidos; entre los lugares visitados estuvo el mirador de la casona de Miguel de Castañeda y Amuzquíbar -de una altura de cinco pisos- en la llamada Calle de Mantas y que era uno de los 37 miradores que había en la ciudad (Pino, 2018). Pezuela seleccionó esa casona en particular porque Castañeda había construido bajo su mandato el primer gran depósito de pólvora del virreinato (que solo tres años después caería en manos de las huestes patriotas del Libertador San Martín). Golovnin también conoció la ceca de Lima recibiendo unas monedas de plata de curso legal, lo que puso en aprietos al ruso que ya no contaba con obsequios suficientes para reciprocar los diversos regalos que le venían haciendo. En un rapto de ingenio, se desprendió de su propio fajín y se lo entregó al superintendente de la ceca, Juan Bautista de Oyarzábal y Olavide, destacando la calidad de la seda de la prenda (Álvarez, 2019). Igual proceder adoptó con el jefe de la escolta virreinal el día de su partida de El Callao a quien obsequió su propio abrecartas.
Rusia y el Perú cambiarán en todo orden de cosas en los doscientos años siguientes pero en la construcción de una historia común se ve la riqueza histórica que se puede extraer de la visita de un navegante ruso en las costas del Pacífico.