• 01/04/2026 00:00

Antropología y cuidado de la naturaleza

Vivimos en un mundo del cual dependemos, y que también depende de nosotros. Somos parte de la naturaleza, y podemos alterar sus equilibrios.

Durante décadas ha crecido la conciencia de las relaciones que existen entre el ser humano y el ambiente en el que desarrolla su existencia. Esas relaciones pueden ser de “colaboración” y ayuda mutua, o de agresiones y daños que perjudican a ambas partes.

Hablar de las relaciones entre el hombre y el ambiente natural resulta posible desde visiones antropológicas que pueden ser correctas o que pueden ser equivocadas.

Un texto de la encíclica Laudato si' (2015) del Papa Francisco sirve para este tema. El Papa notaba cómo conviven hoy dos visiones antagónicas: una que exalta el valor de la técnica hasta el desprecio de los demás seres del planeta; otra que considera al hombre como carente de cualquier dignidad. A continuación, el Papa Francisco añadía esta reflexión (con ayuda de una cita del Papa Benedicto XVI):

“Pero no se puede prescindir de la humanidad. No habrá una nueva relación con la naturaleza sin un nuevo ser humano. No hay ecología sin una adecuada antropología. Cuando la persona humana es considerada solo un ser más entre otros, que procede de los juegos del azar o de un determinismo físico, «se corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia de la responsabilidad»”.

El Papa comentaba esta idea con las siguientes reflexiones: “Un antropocentrismo desviado no necesariamente debe dar paso a un biocentrismo, porque eso implicaría incorporar un nuevo desajuste que no solo no resolverá los problemas sino que añadirá otros. No puede exigirse al ser humano un compromiso con respecto al mundo si no se reconocen y valoran al mismo tiempo sus capacidades peculiares de conocimiento, voluntad, libertad y responsabilidad” (encíclica Laudato si', n. 118).

El deseo de conservar el ambiente supone, así, una visión antropológica bien fundada, en la que se reconoce el lugar del hombre en el mundo que lo rodea, con una peculiaridad que lo hace diferente de las demás creaturas y, por lo mismo, responsable ante ellas.

Creer que el ser humano no tiene ningún deber hacia el ambiente es el error típico de quienes lo exaltan como una especie de superhombre que dispone de todo lo que le rodea sin ningún límite ético. Pero también es un error suponer que el hombre forma parte del mundo sin tener ninguna diferencia relevante respecto de las criaturas.

Solo cuando se admite, gracias a una buena antropología, que los humanos somos diferentes, por tener un alma espiritual, respecto de los demás seres del planeta, podemos asumir nuestra responsabilidad hacia esos seres y hacia el ambiente que hace posible nuestra supervivencia y la de los otros vivientes (plantes y animales) del planeta.

* El autor es profesor de filosofía y de bioética
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