La jefa de gabinete del MEF defiende la urgencia del proyecto de ley de sustancia económica. Explica cómo esta normativa busca modernizar el sistema fiscal...
- 16/05/2026 00:00
Cada cierto tiempo Panamá revive el debate sobre la necesidad de una estrategia nacional de desarrollo. Es un debate necesario. Pero con frecuencia se plantea desde una lógica incompleta.
La conversación suele comenzar con un análisis situacional de nuestras realidades: crecimiento económico, desigualdad territorial, desempleo, informalidad, educación deficiente, instituciones frágiles, infraestructura insuficiente y limitaciones fiscales. Todo ello es real. Pero el punto de partida para una Estrategia Nacional de Desarrollo no puede ser mirar exclusivamente hacia dentro.
Panamá no es una economía convencional cuyo destino dependa primordialmente de su mercado doméstico. Es, esencialmente una economía de servicios internacionales cuya viabilidad está profundamente ligada al entorno global y regional.
El Canal, los puertos, el hub aéreo, la conectividad digital, la banca internacional, el registro de naves y buena parte de nuestro ecosistema logístico existen porque el mundo encuentra valor en ellos. Si ese entorno cambia, Panamá también debe cambiar.
Por ello, una verdadera estrategia nacional no debería comenzar preguntando qué nos falta, sino en qué mundo tendremos que competir durante las próximas décadas y cuál debe ser nuestra visión de país para lograrlo.
Vivimos una transformación estructural del orden económico global. La rivalidad geopolítica reorganiza el comercio, la inversión y la tecnología. Las cadenas de suministro evolucionan desde un paradigma de eficiencia hacia uno de resiliencia y seguridad. La transición energética modificará patrones de comercio e infraestructura. La inteligencia artificial transformará servicios y empleo. El cambio climático amenaza la sostenibilidad hídrica del Canal y del país. Y la competencia regional por atraer inversiones es cada vez más intensa.
Pero dentro de esa incertidumbre también emergen oportunidades.
Si el mundo evoluciona hacia una mayor regionalización productiva, Panamá podría desempeñar un papel mucho más relevante que el de simple punto de tránsito. Podría convertirse en facilitador de la integración regional, articulando conectividad física, marítima, aérea y digital entre América Latina, el Caribe y los mercados globales. Este cambio de rol por ejemplo, tiene implicaciones importantes en la forma en que Panamá deberá proyectarse a nivel bilateral con los países de la región y a nivel multilateral.
Sin embargo, quizás el cambio conceptual pueda ir más allá que como facilitador de la integración regional.
Durante demasiado tiempo hemos pensado el desarrollo nacional desde una lógica estrictamente territorial, como si nuestras oportunidades comenzaran y terminaran dentro de nuestras fronteras.
Los países pequeños que han logrado sofisticar su modelo económico entendieron algo distinto: las ventajas competitivas maduras pueden convertirse en servicios y capacidades exportables.
Singapur y Dubái no se limitaron a administrar eficientemente sus activos nacionales; internacionalizaron capacidades, conocimiento operativo y modelos de negocio. Hay muchas empresas de Singapur que generan mucha más actividad económica fuera que dentro de Singapur.
Panamá debería hacerse la misma pregunta: ¿qué capacidades hemos desarrollado que puedan proyectarse más allá del territorio nacional?
Después de décadas administrando uno de los sistemas marítimos y logísticos más complejos del mundo, la respuesta es significativa: gestión portuaria, servicios marítimos, facilitación logística, gestión de zonas francas, operación y construcción de infraestructuras críticas, conectividad internacional y servicios corporativos.
Un ejemplo regional ayuda a visualizarlo.
Guyana vive una transformación económica extraordinaria impulsada por el sector energético, pero enfrenta limitaciones evidentes de capacidad institucional, logística e infraestructura. Allí Panamá podría proyectar parte de sus capacidades: desarrollo portuario, servicios marítimos, formación especializada, conectividad aérea, logística empresarial, servicios financieros e incluso plataformas digitales de soporte.
Ese mismo razonamiento podría aplicar en otros mercados emergentes del Caribe y América Latina.
La implicación estratégica es profunda pero igualmente sería el salto cuantitativo y cualitativo del valor estratégico del país.
Panamá dejaría de verse únicamente como territorio de tránsito para convertirse también en exportador de conocimiento, capacidades y modelos de negocio.
Eso diversificaría fuentes de crecimiento y reduciría una vulnerabilidad estructural: nuestra excesiva dependencia de activos físicamente localizados en Panamá y, por tanto, expuestos a riesgos climáticos, geopolíticos, regulatorios y competitivos.
La verdadera pregunta ya no es únicamente cómo fortalecer lo que tenemos.
Es si queremos seguir siendo un lugar donde ocurren negocios, o convertirnos en un país capaz de proyectar sus capacidades al mundo.
Después vendrán las preguntas tradicionales sobre capital humano, institucionalidad, agua, energía e infraestructura. Pero esas respuestas deben subordinarse a una visión estratégica superior.
Panamá no necesita otro plan orientado exclusivamente hacia adentro.
Necesita una estrategia nacional que entienda el mundo que viene, identifique oportunidades y redefina ambiciosamente el papel que el país quiere desempeñar en él.
La diferencia no es semántica.
Es existencial.