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- 22/06/2023 00:00
Decodificando valores: La tiranía de la retórica moderna
Atenas del siglo VI a. e. c. experimentó con una sociedad civil más equitativa y democrática, luego de vivir una época de extrema tiranía. Antes de votar, se presentaban y discutían los problemas usando el discurso y la persuasión, la retórica. Este experimento democrático fracasó entonces para hacer un “comeback”, un épico regreso, gracias a tecnologías que han revalorizado la retórica griega.
No es coincidencia, esta resurrección democrática coincidió con el auge del periódico, la radio y hasta la televisión, pública y gratis. Estos medios funcionaban como “la plaza central”, proveyendo equitativamente la misma información a todos por igual. Pero la televisión por cable y, aún peor, las redes sociales, han “desdemocratizado” esta comunicación en masa. La analogía griega sería que en vez de existir una sola plaza central, en la que toda la población escuche a diferentes oradores, existen muchas “plazas centrales” con el mismo orador. Y peor aún, cada individuo atiende a una sola plaza, convenciéndose de que las demás están equivocadas.
Además de esta dicotomía, las condiciones para asistir a esta “plaza” también han cambiado, influyendo negativamente en nuestros valores. Cada plaza ya no es imparcialmente pública, pues, su entrada está controlada por pesados intereses económicos cada vez más radicales. El capitalismo extremo liderado por los Estados Unidos y soportado por la barata e injusta industria China, han fertilizado nuestros peores valores humanos, como el consumismo, el egocentrismo y el tribalismo.
Ejemplo de esta negativa manipulación fue la elección presidencial americana del inexperienciado e incompetente Trump en 2016 con el eslogan “Regresar a una Gran América”. A esto contribuyeron muchos factores, como las demócratas élites y su desconectado liderazgo, al decadente sistema educativo del país, al individualismo y la apelación al patetismo americano de grandeza, entre otros. Pero sin Facebook, Twitter y Fox News, Trump no hubiera sido elegido.
Para Trump el abuso de estos medios no fue suficiente. Él triunfó vendiendo una mercancía que otros líderes y políticos hábiles ignoraron: el reconocimiento de los sentimientos del pueblo, el “pathos” de la retórica aristotélica. Aun siendo rico y tramposo, Trump consiguió la empatía de gente pobre y honesta, pues, él les prometía, de forma engañosa, prosperidad y soluciones a sus problemas. Además, prometió una mano fuerte ante sus “enemigos”, ya sean inmigrantes, demócratas o el sistema judicial. Nada une mejor a un pueblo que un enemigo común. Así el rural y menos educado americano votó por él, desconociendo o ignorando su credibilidad y moralidad (“ethos”) y razonamiento (“logos”), vértices del triángulo retórico. Asumo que en Rusia muchos apoyan al tirano Gobierno de Putin en su campaña de destrucción en Ucrania, alimentados por una falsa campaña publicitaria al estilo “regresar a Rusia a su gloria soviética”, sentimiento con el cual muchos rusos se identifican, aun desconociendo o desaprobando moralmente sus acciones.
Cuando un político o líder comunitario declara “yo te ayudaré a vivir mejor”, cualquiera persona normal tenderá a apoyarlo, aun cuando racionalmente pensará que es una afirmación falsa, exagerada o irrealizable, pues la frustración es cegadora y la retórica de las redes sociales, abrumadora. Tanto deseamos creerle, que confundimos la verdad con cuentos de ficción. Esto pasa todo el tiempo y en toda clase de escenarios: desde los miles de clientes de Madoff, hasta los prestamistas en la crisis del “subprime” (que, para entenderla, les recomiendo el libro o la película “La gran apuesta”). También soldados son manipulados a creer que con una invasión cruel están defendiendo a su país.
El vacío que dejaron el socialismo y el comunismo ha creado este oeste salvaje en el que la corrupción y el autoritarismo democrático son “sheriff”. Las redes sociales, fertilizadas con esta retórica moderna, son las que permiten a dictadores controlar con menos fuerza militar, torturas o muerte. Las redes y su mercadeo manipulativo, el sobrevalor de la fama, el bajo valor de la verdad y la creciente estupidez colectiva, permiten el mantenimiento del poder por más tiempo, además de uno más absoluto, domando así al espíritu del pueblo. Esto sucede en muchas “democracias”, como Hungría (Orban desde 2010) e Israel (Netanyahu desde 2010). En Rusia, Putin lidera sin oposición desde el año 2000. En Turquía, Recep Erdogan, de 69 años, fue recientemente elegido por cinco (5) años más controlando él desde el 2014 los medios de comunicación e instituciones gubernamentales, lo que deja pocas opciones a sus rivales políticos. Líderes políticos han perdido su escala moral de servicio al público, quizás intoxicados por el alcohol del poder, el ego y los bienes materiales (desde las pirámides hasta las mansiones).
La solución es complicada, pero no imposible. Necesitamos de nuevas tecnologías (como IA) para identificar a la verdad; una reforma educativa que en vez de proveernos con información, nos permita la habilidad de entendimiento y la inteligencia para distinguir entre verdad y ficción; la regulación de las redes sociales; la promoción de valores personales y sociales con la mejor solución para la mayoría sin perjudicar a los demás y una retórica valiente que contrarreste nuestra tendencia humana a la codicia y al egoísmo. Si los líderes de hoy no reconocen los riesgos de esta retórica moderna populista, se verán lidiando con olas de protestas, probablemente más sangrientas que la Primavera Árabe.