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- 13/04/2026 00:00
El caballo de Troya de Occidente: la metamorfosis de las izquierdas
En las últimas décadas, una corriente política internacional ha ido expandiéndose en Occidente bajo etiquetas cuidadosamente diseñadas: justicia social, diversidad, sostenibilidad, derechos. Sin embargo, tras este lenguaje aparentemente incuestionable, se articula una mutación de viejas ideologías que, lejos de desaparecer, se han reinventado para sobrevivir.
Las izquierdas ya no se presentan como “socialistas revolucionarios o comunistas”, -la historia les dejó un legado demasiado incómodo-. En su lugar, desplegaron un sofisticado proceso de rebranding ideológico: sustituyen la lucha de clases por conflictos culturales, y el discurso económico por una narrativa moral que les permite ocupar instituciones democráticas mientras erosionan sus fundamentos desde dentro, en forma de un “Caballo de Troya” contemporáneo.
La historia ofrece advertencias que hoy algunos intentan diluir o reinterpretar. El siglo XX dejó un rastro devastador bajo regímenes de izquierda que instauraron estructuras políticas profundamente dictatoriales, antidemocráticas y represivas: la Unión Soviética de Stalin, la China de Mao, la Camboya de Pol Pot, las dictaduras de la Europa oriental, la España de Largo Caballero y Negrín; o en América Latina, el Chile de Allende, o la Cuba de los Castro y el “Che”, y en África con Etiopía, Angola o Namibia, que alimentaron conflictos prolongados y economías fallidas y que, hoy, las izquierdas internacionales buscan rescribir, con una visión selectiva del pasado.
Uno de los rasgos, más preocupantes, de esta izquierda internacional es su doble rasero moral que se extiende por la geopolítica global. Por un lado, en el escenario europeo, se exige, hoy día, una confrontación militar firme frente a Rusia en Ucrania, pero por otro, en el Medio Oriente, se rechaza cualquier acción militar firme frente a Irán, Hamás en Gaza, Hezbolá en Líbano, los Hutíes en Yemen, o Boko Haram en Nigeria. Por un lado, movilizan la indignación global frente a Israel, o los Estados Unidos pero, por otro lado, muestran una “indignación” muy inferior, ante la naturaleza, la realidad y las acciones del régimen iraní en la financiación del terrorismo y la desestabilización regional. Es así como las amenazas explícitas contra la existencia de Israel, y décadas de conflicto en Oriente Medio, desaparecen del relato dominante.
En el caso de nuestra América Latina, el Foro de São Paulo lleva años promoviendo una revisión del modelo de democracia liberal en la región, mientras organismos como la OEA no son inmunes a estas corrientes ideológicas. Países como Nicaragua y Cuba representan ya sistemas abiertamente dictatoriales, -ante el silencio cómplice de la comunidad interamericana-, mientras otros como Brasil, Colombia o México plantean interrogantes sobre el rumbo institucional y económico. A la vez, gobiernos democráticos de signo distinto son sistemáticamente deslegitimados. Administraciones en países como El Salvador o Argentina son objeto de ataques constantes desde instancias internacionales que los califican de autoritarios o antidemocráticos en un uso expansivo, y profundamente irresponsable, del lenguaje político.
El resultado es un discurso que, lejos de defender derechos humanos universales, los instrumentaliza, condenando a unas potencias mientras se practica un preocupante apaciguamiento hacia otras. Ese pacifismo que vende una “paz para nuestro tiempo”, - al más puro estilo de Neville Chamberlain-, es demagógicamente irresponsable. Esa inflación semántica, -donde todo disenso es “fascismo” o “ultraderecha”-, no es accidental. Es una herramienta de deslegitimación que sustituye el debate por la estigmatización. Cuando todo es fascismo, lo que se degrada es el lenguaje y la calidad misma de la democracia.
En el plano económico, la izquierda internacional impulsa una economía política definida, aunque raramente reconocida como tal, de un modelo que tiende hacia una “pobreza igualitaria”: un sistema donde la igualdad no se logra elevando a los ciudadanos, sino limitando su prosperidad. El crecimiento del Estado se convierte en objetivo en sí mismo. La expansión de la burocracia, el aumento constante de la presión fiscal y la intervención en prácticamente todos los ámbitos de la actividad económica generan sociedades donde ciudadanos y empresas dependen crecientemente del poder público. La iniciativa privada se debilita, el emprendimiento se castiga y la clase media, -motor de estabilidad democrática-, se erosiona progresivamente.
Se trata es de una economía política de la dependencia donde hay subsidios por silencio, contratos públicos por alineamiento, o regulación por control. La riqueza deja de medirse por la capacidad productiva de la sociedad y pasa a evaluarse por el tamaño del aparato estatal. En este esquema, la autonomía individual no es un objetivo, sino un problema. A ello se suma una política basada en la gestión constante del miedo. Crisis sucesivas, -sanitarias, climáticas, energéticas, migratorias-, se utilizan para justificar mayores niveles de intervención y sacrificio ciudadano. Mientras tanto, soluciones estructurales se evitan o se posponen. Se pide a los ciudadanos consumir menos, viajar menos, producir menos, criticar menos, mientras se eluden decisiones estratégicas que podrían garantizar prosperidad y estabilidad. El resultado es una sociedad más dependiente, más controlada y más vulnerable.
Occidente enfrenta hoy desafíos externos pero, internamente sobre todo, a unas izquierdas “woke” que cuestionan los principios que han sustentado su desarrollo: libertad individual, estado de derecho, economía abierta y pluralismo político. La historia ha demostrado que las democracias rara vez colapsan de forma abrupta; lo hacen gradualmente, erosionadas desde dentro. El riesgo no es inmediato, pero sí real. Y como en toda historia clásica, cuando el “Caballo de Troya” entra sin resistencia, suele ser demasiado tarde para entender lo que realmente llevaba dentro.