El alcalde colonense denunció que una mayoría del Consejo municipal echó abajo estructuras de desarrollo humano
- 29/11/2025 00:00
El parque Simón Bolívar y la agonía del grito santeño
Debo confesar que disfruto el sentarme frente al parque Simón Bolívar de la Villa de Los Santos y mirar el transcurrir de la vida en la añeja capital histórica de Azuero. Nada como apreciarlo desde la refresquería Yonell, mejor conocida como el café de Nelly, ubicado al costado de la Alcaldía. Y al hacerlo pasan tantas imágenes por la mente, consciente de la relevancia de la antigua plaza; la que fuera modificada en los años veinte de la vigésima centuria y convertida en el parque que lleva el nombre del Libertador Caraqueño.
A la derecha en donde estoy sentado, se yergue el templo a San Atanasio, maravilla arquitectónica que desde el siglo XVIII cobija retablos que son testigos de algo más que rezos y eucaristías dominicales. No hay nada en la península que supere esta estructura arquitectónica techada con millares de tejas, debajo de las cuales el caballete luce cubierto y adornado con el artesonado que mira a los fieles que acuden a la misa dominical.
En la refresquería el sorbo del café matutino recuerda el tropel de caballos y jinetes que acudían presurosos a libertar al adalid del liberalismo peninsular, don Pedro Goitía Meléndez; líder preso en las ergástulas santeñas por unirse al campesinado que protestaba por el aumento de los impuestos. El mismo pariteño que sumó a su vida destierros, enfrentamiento contra los conservadores peninsulares y veragüenses.
Y tal parece que el eco del ayer desafiante se ha disipado, como el sonido de los cascos de los caballos sobre los que cabalgaban los retadores orejanos de antaño.
Al frente de mi mesa, y al otro lado de la plaza, plantado desde el siglo XVIII, y hoy convertido en museo, está el vetusto edificio que la visión de Reina Torres de Araúz y Raúl González Guzmán conservó para la posteridad. Miro al inmueble y digo para mis adentros: “la única muestra de arquitectura civil del período colonial que queda en la región”.
En verdad, todo tiene en La Villa un encanto particular, en este asiento poblacional que se sitúa paralelo al milenario río Cubitá, de Los Maizales o río La Villa; porque ya el diseño hipodámico, o de tablero de ajedrez, habla de su papel hegemónico en la sabana que se extiende en la zona oriental desde Santa María de Escoria, al norte, hacia el sur, en las australes tierras de Pedasí, en la turística región que ilumina el lucero del sur.
Por estas tierras, que hegemonizó la Villa de Los Santos, han pasado tantas generaciones de campesinos, presbíteros y burócratas, los que encontraron aquí un espacio para el desarrollo de sus vidas. Desde el simple orejano, cuya existencia discurre en los minifundios, hasta el político que desde el siglo XIX ha luchado por el poder, aunque centrado en sus apetencias mercuriales e individuales.
Atisbo la calle Segundo de Villarreal y me parece ver caminar a La Niña Anita hacia el templo que fue refugio y escenario de su vida proba. Ella, la Sierva de Dios, que espera la bendición del Vaticano para ascender a los altares de su vida santa. Y cuánto debe la colonial población a la argamasa social y religiosa del cristianismo, que aquí en Los Santos está tan adherida a la cultura de la que es simiente y parte fundamental.
El parque Simón Bolívar trae muchas reminiscencias de la vida pagana que convive con la sacralidad del templo: liberalismo y conservatismo de que está hecho nuestro proyecto de vida colectiva. E inevitablemente hay sonido de castañuelas, satánicos rostros de diablicos y la custodia por las calles en ese Corpus Christi que tanto define al poblado y que el santeño atesora en su alma y corazón.
En esta mañana, sentado en el Café de Nelly, me abruma el peso de la historia y mi taza de la arábiga bebida levanta espirales de humo saludando al sitio en donde la libertad del Istmo, aquel 10 de noviembre de 1821, parió nuestro democrático poder popular que las ambiciones de clase convirtieron en grito agónico de los campos interioranos.
Pienso en los fundamentos ideológicos del Grito Santeño, tan ligado a los preceptos de la Revolución Francesa y la defensa de la libertad, igualdad y fraternidad. A la figura cimera de Bolívar y los deseos populares de mejores días para el istmeño. Porque el 10 de noviembre encarna aquellos propósitos que el tiempo ha desdibujado tras la imposición de los grupos criollos que abanicaban su proyecto hanseático y terminaron sepultando los prístinos deseos del Panamá agrario e interiorano.
Luego de más de doscientos años la propuesta libertaria se ha transmutado en otra cuyo propósito dista mucho de la original, democrática y liberadora. Las zonas del este y oeste de la capital de la república han terminado asumiendo un rol meramente vernáculo, contentándose con ser el rostro de la identidad istmeña o el sitio de los carnavales, festivales folklóricos y Semana Santa. Por este motivo, en el fondo, nuestros pueblos no se disputan la mieles del desarrollo, sino el efímero título de ser “la cuna del folklore”, como si el folclore tuviera cuna y esa fuera su máxima aspiración.
Entre el ruido de los voladores, las bandas colegiales y las batuteras, apenas asoma el rostro de la patria de Justo y Belisario, porque el humo de los cohetes y las ventas de chucherías no dejan ver al istmeño que el 10 de noviembre de 1821 es un canto y propuesta democrática de desarrollo nacional.
Al contrario del enfoque cientificista, poco importa que Rufina Alfaro sea una leyenda o un mito, con o sin acta de bautismo; lo relevante es que ha mantenido viva la participación popular en la construcción de un ideario que demanda mejores días para el panameño. Y esto ya es un salto de gigantes que, transitoriamente agónico, tarde o temprano se ha de imponer y despertar con la fuerza de su propósito primigenio.