Con un consumo per cápita de hasta 400 litros diarios —el más alto de la región—, Panamá enfrenta una crisis de eficiencia donde la mitad del agua procesada...
Abordar temas de corte político, a veces, resulta escabroso y temerario, ya que puede que en el análisis o en el abordaje del asunto haya ánimos exacerbados, puntos divergentes o falta de elementos de juicio que fundamenten lo planteado. Empero, esto no minimiza en nada el riesgo de opinar sobre diversos tópicos y problemáticas locales.
En nuestro país se instauró el 5 de mayo del año pasado un nuevo inquilino de la Presidencia, con su propio librito político bajo el sobaco y con su propio marco ideológico de interpretación del país, sus hechos, urgencias y soluciones inmediatas. Desde luego, hubo muchas expectativas y, tras nueve meses transcurridos, nos hemos encontrado con “más de lo mismo”, toda vez que se percibe que la deuda y el compromiso político pueden más que la honradez, principios sólidos y búsqueda permanente del rescate moral del país.
Tenemos la impresión de que por moda o tal vez por fuerza política interna de los partidos, quienes llegan a regentar el Ejecutivo desvirtúan cualquier sentido de apego a la ley y a la justicia; además, no cuentan con una tabla axiológica que regule su consciencia y actúan más por apetito voraz personal y acciones sectarias que por el bienestar colectivo.
Sería interesante que nuestro señor presidente, José Raúl Mulino, empleara los jueves para hablar “cara a cara” frente a los problemas del pueblo y presentar soluciones a dificultades de agua, carreteras, desempleo, infraestructuras escolares y médicas, un Ministerio Público justo y apegado a la norma, garantizando certeza del castigo, independientemente de quién o quiénes sean los que acudan a ventilar casos en él, el uso sensato de nuestros recursos naturales y garantizar una economía fuerte y sostenible que permee a toda la sociedad.
De ser así, estaríamos en presencia de una verdadera democracia, “gobierno del pueblo y para el pueblo”, nada de amenazas, falta de respeto y represión sistemática frente a un pueblo que quiere soluciones a sus problemas, que quiere humildad en la figura presidencial, no arrogancia y posturas absolutistas.
Prácticamente, estamos frente a un sistema que, dice el señor presidente, es democrático, pero arbitrariamente retiene dinero sindical, que es democrático y está dirigido a los intereses de sus amigos empresarios, que es democrático y no busca ni presenta soluciones efectivas a los grandes problemas del panameño de a pies, pues su gobierno va en una sola dirección: defender el derecho y bienes de los que más tienen, es decir, los expoliadores de siempre. Quizás al esbozar este señalamiento sea tildado de “comunista”, “ñángara” o cualquier expresión trasnochada de quienes buscan excusa para no prestar atención a la voz hiriente de un pueblo que clama justicia, hambreado y con un norte zozobrante.
Tenemos en el Ejecutivo a un señor presidente intolerante, díscolo y agresivo con quienes no comparten su visión de país y que, por ejemplo, esté en desacuerdo con su inmutabilidad ante la actitud prepotente y oprobiosa del coloso del norte y en defensa de la dignidad de la nación. Presumimos que el señor presidente no tiene una agenda formal, sino que su gestión es improvisada; no es político, sino impulsivo, no atiende a sus asesores y no cuenta con una ruta a seguir en temas nacionales e internacionales.
Señor presidente, ese 32 o 33 % de la población que le dio el Sí en las elecciones pasadas, hoy aborrece esa mala decisión y muchos están en las calles dispuestos a revertirla. Ojalá y usted con sus acciones dictatoriales y erráticas no condene al país a días de zozobra y de entrega de la soberanía nacional.