• 15/02/2026 00:00

La diplomacia ha perdido terreno

Si algo hemos aprendido los profesionales del campo de las Relaciones Internacionales en nuestros estudios y constantes actualizaciones es que la ausencia de la paz es la guerra, lo que supone llevar un conflicto al más violento de los escenarios, el uso de la fuerza (militar), el empleo de armas, sea cual sea las modalidades que la comprenden, en la cual la barbarie humana implica que una parte vulnere a otra para el logro de sus objetivos, dentro del espectro de sus propios intereses.

Sin embargo, la experiencia de los años me ha llevado a concluir que el concepto de guerra no es visto por todos desde la misma óptica, pues aun cuando existe un gran consenso en su más lógica definición que implica el uso de la fuerza militar, pareciera que para el principal organismo internacional, que se autogalardona de ser el garante de la paz mundial, la misma se refiere a eventos como los que terriblemente se vivieron a inicios y mediados del siglo pasado, y que precisamente inspiraron su creación, es decir las dos conflagraciones mundiales. No obstante, sería injusto dejar de reconocer el resultado de los grandes esfuerzos que ha logrado en sus ochenta años de peregrinaje para su principal finalidad, desde su propio punto de vista.

Ahora bien, son precisamente los eventos en que las partes (países) con grandes y demostradas capacidades bélicas, estatura internacional y peso ante ese organismo, las que hacen cuestionar la efectividad de esa labor, entendiéndose la supuesta aceptación de los principios rectores de su documento contractual, conocida por todos (los que nos dedicamos a estos temas) como la Carta de las Naciones Unidas.

La validez de la razón de ser de la Organización de las Naciones Unidas siempre dependerá de su efectividad en la solución de las diferencias que atentan con la ruptura del equilibrio alcanzado hasta el momento e incluso la propia existencia de los Seres Humanos en todos los rincones del planeta.

La atribución de las condiciones del orden de las cosas planteadas en función de este organismo y quienes lo conforman (las partes), comúnmente podría llevarnos a la idea que se trata de algo muy abstracto; sin embargo, dentro del mismo opera un sinnúmero de individuos, desde civiles hasta militares, quienes son los que tienen, dentro de sus roles la tarea de orientar las acciones desde su ámbito de competencia, sean diplomáticos, expertos, científicos, activistas, entre muchos otros que se ocupan del quehacer mundial, a escala local o global, en los formatos establecidos por la propia institucionalidad del cuerpo al cual pertenecen.

Ahora bien, el instrumento más loable que los individuos hemos podido desarrollar para las diversas situaciones que atentan contra la paz entre las partes de una diferencia es precisamente la diplomacia, que implica diálogos permanentes, concertaciones, negociaciones, arreglos, acuerdos y todo tipo de acciones con miras a ponerle fin a un determinado diferendo.

En ese contexto, resulta verdaderamente cuestionable y, para los que nos apegamos al ideal de un mundo mejor, difícil de creer que aun en estos tiempos persistan conductas que desmeriten la validez de las capacidades de razonamiento humano; que igualmente las capacidades de la organización y otros organismos, que deben ser garantes de la paz, queden reducidas por estos desentendimientos los cuales, en ese rejuego de verdades a media, desacreditan los valores y principios que revisten la integridad de los individuos.

La diplomacia ha perdido espacio, y ese es un elemento que desmotiva a todo aquel que abriga sus esperanzas en la posibilidad de mantener un equilibrio armónico para la convivencia pacífica en el concierto de las naciones del mundo. Las acciones militares emprendidas al tercer día de este año al sur del continente americano, y otros que en el curso de años anteriores han protagonizado este y otros actores con la misma capacidad bélica en distintos puntos del orbe jamás alcanzarán el sustento válido y aceptable que justifique el empleo de esa vía para los propósitos que ellos mismos plantean.

Como sujetos del orden internacional planteado y “reconocido por todos los actores”, dentro del marco de las instancias de las que formemos parte, tenemos la obligación de explorar las vías para incidir y contribuir de manera respetuosa con las decisiones que fortalezcan la paz y la seguridad internacionales. Con una riqueza histórica de vocación anfictiónica, país de diálogo y escenario de eventos internacionales que han dado como resultado entendimientos claves para una mejor comprensión entre las partes de un determinado diferendo, incluyendo los nuestros, debemos alinear nuestro posicionamiento con el concurso de los distintos sectores que conformamos nuestra distinguida e ilustre nación.

Considero que aún estamos a tiempo para orientar el curso necesario a nuestra contribución efectiva hacia los caminos de la paz en todas las regiones del mundo, y en ese orden animo a quienes nos dedicamos a este importante tema a organizar de los espacios necesarios, mediante foros, debates y consultas especializadas, para posicionarnos y alinearnos para crear las condiciones hacia esa realidad.

*El autor es diplomático de carrera
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