• 13/05/2024 23:00

La instrumentalización del aprendizaje

En su esencia más pura, la educación debería ser un proceso liberador y empoderado, que fomente el pensamiento crítico, la creatividad y el desarrollo de habilidades para la vida

En un ensayo publicado en 1904 en Die Zeit, Hermann Hesse, quien recibiría el Premio Nobel de Literatura en 1946, criticó enérgicamente que “nuestra educación se ha esforzado por arrebatarnos la libertad y la personalidad y por introducirnos desde la más tierna infancia en una situación de forzoso trajín y sin una pausa de respiro, y se ha producido una decadencia y una falta de ejercicio de la ociosidad”. Hesse aseguraba que nos habían arrebatado algo fundamental: el freizeit, es decir, nuestro tiempo libre.

En su esencia más pura, la educación debería ser un proceso liberador y empoderado, que fomente el pensamiento crítico, la creatividad y el desarrollo de habilidades para la vida. Sin embargo, en muchos contextos, la educación se ha convertido en un instrumento de control y manipulación, donde los sistemas educativos son diseñados y utilizados para servir a intereses ajenos que al verdadero propósito de la educación.

En nuestro país, lastimosamente se ha comprendido la educación desde una tesis basada en el enfoque de competencias o “modelo competencial”, estipulando que el punto central en la formación del estudiantado no es solo aprender, sino también -y sobre todo - saber aplicar lo aprendido.

Este modelo, a grandes rasgos, no resulta peligroso. El sector empresarial, a través de las cámaras, superintendencias y otros organismos no gubernamentales, han definido una línea que prioriza vender la competencia de los sectores de servicio como aquellas profesiones que, entre muchas cosas, prometen elevar la calidad de vida de los panameños y panameñas.

La preocupación con respecto a este modelo radica en su capacidad para transformar las instituciones educativas en meras fábricas de mano de obra, reduciendo el desarrollo integral de las habilidades intelectuales y personales de los estudiantes más jóvenes. Este énfasis excesivo en la productividad puede ocasionar trastornos emocionales duraderos, al imponerles una presión desproporcionada para cumplir con las expectativas laborales.

Ante esta situación, soy del pensamiento de que la educación no se ciñe a una mera transmisión de conocimientos y a su consiguiente aplicación; también consiste en el contagio de ciertas maneras de hacer, sentir y ver las cosas.

En este contexto, es fundamental reconocer la importancia de proteger la autonomía y la integridad de la educación frente a esta crisis de conocimiento. Los sistemas educativos deben ser diseñados con base en principios de equidad, pluralismo y democracia, que promuevan el acceso igualitario al conocimiento y fomenten el pensamiento crítico y la reflexión independiente. Es precisamente por esta idea, por lo que la educación universitaria juega un papel muy importante.

Leonardo Barbosa, en 1997, precisó que “La universidad debe construir la nación y para ello debe conocerla, examinarla, cuestionarla y ante todo transformarla”. Por otro lado, escribió Ortega y Gasset que “someterse, extrañarse, es comenzar a entender”.

Y es que, ese proceso de extrañamiento, de las propias costumbres y de nuestra circunstancia, lo que mantiene viva una educación fundada en la conquista de la libertad interior. En la grieta que genera el pensamiento, nos jugamos todo. No se trata de proteger ideas abstractas que desconecten a nuestros alumnos de su entorno, sino en detenernos a considerar qué estamos sacrificando cuando nuestra única meta es el éxito. Al convertir la vida en un simple juego de pérdidas y ganancias, a través de una mezquina retórica economicista, nos desviamos del camino hacia la verdadera libertad.

En definitiva, instrumentalizar el conocimiento como medio para asegurar nuestra futura empleabilidad equivale, en última instancia, a limitar la diversidad de experiencias humanas.

El autor es estudiante universitario
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