Con un consumo per cápita de hasta 400 litros diarios —el más alto de la región—, Panamá enfrenta una crisis de eficiencia donde la mitad del agua procesada...
Los misiles Tomahawk son armas subsónicas estadounidenses de largo alcance, que recorren una distancia de mil 600 kilómetros, caracterizadas por su precisión y son utilizadas en la artillería moderna. Su denominación proviene del hacha de guerra de las comunidades algonquinas, cuyo diseño se remontaba a las regiones vikingas. El origen guerrero está asociado con esta herramienta bélica y mortífera desde un principio.
La particularidad de salir de una embarcación, surcar el aire y dirigir su cabeza llena de carga explosiva, le da una eficiencia casi total en el fragor de los actuales combates. El vuelo casi rasante del proyectil, lo hacen imperceptible para ser localizado por las defensas en los sitios a donde es dirigido. Llegan y explotan con un alto poder destructivo, relacionado con el contenido de su nariz infernal.
Pese a la perfección de su orientada trayectoria, la mañana del sábado 28 de febrero pasado, uno de esos artefactos voló los cielos de la comunidad de Minab, en Irán, y cayó en las instalaciones de la escuela primaria de niñas Shajareh Tayyebeh, que significa en expresión árabe coránica “el árbol puro”. La desgracia se derramó en el recinto, destruyó totalmente el centro educativo y mató en principio a 168 infantes y unos 14 educadores.
Se cree que la cifra de los muertos alcanzó más de 200 personas, incluso al director de la escuela, y dejó centenares de heridos. Órganos y cuerpos humanos esparcidos por todo el edificio destruido fueron el dantesco escenario que ofrecía esa mañana, un capítulo de la guerra que empezaba a cernirse en el territorio persa.
¿Por qué una escuela de muchachitas que apenas empezaban a vivir? ¿Por qué detener el resplandor de miradas infantiles que buscaban el conocimiento en ese trágico fin de semana? Al parecer un error de data, en los registros de la inteligencia estadounidense, el local de la escuela destruida formaba parte hace años de un cuartel de las Fuerzas Armadas iraníes que también ahora sucumbió al bombardeo.
Aunque nadie se hizo responsable de esta matanza, los datos parecen indicar que hace un poco más de una década, la escuela no existía y la edificación pertenecía a una base del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI). Luego, el terreno dejó de ser parte del cuartel militar y se estableció allí la escuela. Incluso, ésta se aisló de la unidad castrense mediante un muro y estaba claramente separada.
La guerra siguió con el retumbar del fuego diabólico sobre los establecimientos en un Irán profanado con el estallido de los cañones de fragatas y la artillería de modernas naves que surcaban los cielos. La población, veía con impotencia cómo ardían en la Teherán, de los cuentos y literatura, las calles y zaguanes con llamas vomitadas por modernos pájaros metálicos que se asemejaban a los dragones milenarios.
No, no es un cuento. El propósito era destruir toda la tecnología de guerra, desde sus cimientos para evitar los riesgos de una represalia con armamentos que pudieran estar soterrados en bases, ‘bunkers’, en el interior de las montañas y sobre todo, un posible uso de material de implicaciones atómicas y cualquier otro combustible que pudiera poner en riesgo la misión de las fuerzas atacantes, cuyo objetivo era arrasar todo vestigio de peligro.
La agencia española EFE recoge declaraciones del director de Unicef, Ted Chaiban, quien luego de hacer un balance estadístico, resaltó en una conferencia de prensa, que 2,100 menores han resultado “muertos o heridos” y que, “...esto supone una media de aproximadamente 87 niños muertos o heridos cada día desde el inicio de la guerra”. Las niñas difuntas fueron sepultadas en un terreno, que desde el aire, daba la impresión de un inmenso panal rectangular cuyas células eran abiertas por tractores que hurgaban un suelo ennegrecido por el humo y el tizne. La lucha nueva por el petróleo hará que estos efectos colaterales se pierdan en el olvido y se apaguen estas sonrisas perdidas entre las ruinas de una escuela de niñas.