• 12/10/2026 00:00

¡Nosotros ya estábamos aquí!

De madrugada, a la hora del ladrón, fueron avistadas mis tierras por el forzoso cambio. El 12 de octubre de 1492 llegaba una expedición encabezada por Cristóbal Colón. Él había cruzado el Atlántico bajo el patrocinio de la Corona española. Al llegar nos llamaron indias, pensando que éramos parte de Asia. No éramos las tierras que buscaban; éramos algo que Europa todavía no sabía nombrar. Para quienes viajaban en aquellas naves, aquello podía representar el hallazgo de nuevas tierras para Europa; para los que habitábamos la isla... la aparición de unos desconocidos procedentes del mar.

Al pisar mis suelos, sus pies nombraron mi tierra, San Salvador, en honor a un único Dios que reprimía a mis libres árboles y a sus frutos. Denominaron descubrimiento el momento en que me abandonó la libertad y mis riquezas fueron saqueadas. En 1507, terminaron nombrándonos “América”, en honor a Américo Vespucio. La gloria de mi tierra se volvió mortal.

Su llegada no terminó cuando las tres embarcaciones desaparecieron en el horizonte. Colón regresó y esta vez no fueron tres barcos. En su segundo viaje, en 1493, llegó al Caribe acompañado por una expedición mucho mayor. Ya no se trataba solo de conocer; comenzaron a establecer asentamientos, buscar oro y explorar las islas que encontraban a su paso. La llegada comenzó a convertirse en presencia, la presencia, en ocupación y la ocupación, en dominio.

Desde La Española, los españoles continuaron hacia otras islas del Caribe, entre ellas Cuba, Puerto Rico y Jamaica. Para los pueblos que habitaban aquellos territorios, el cambio no llegó de una sola vez. Llegó en forma de nuevas autoridades, creencias, formas de trabajo y una creciente presión sobre sus tierras y recursos. Décadas después, las expediciones españolas alcanzarían territorios continentales. En Mesoamérica, Hernán Cortés y sus aliados indígenas derrotaron al Imperio mexicano entre 1519 y 1521. En los Andes, Francisco Pizarro y sus hombres, avanzaron sobre el territorio del Imperio inca y capturaron a Atahualpa en 1532.

Una misma historia que durante siglos sería contada desde la perspectiva de Europa, y la acogeríamos. Para Europa, 1492 significó un enorme acontecimiento geográfico, político y económico: abrió el camino a la expansión europea por América. Desde la mirada de los pueblos originarios, no hubo un continente “descubierto” que estuviera vacío: había sociedades, territorios, sistemas políticos, lenguas, religiones y culturas.

En el Caribe, la colonización produjo explotación, desplazamiento, enfermedad y una enorme reducción de la población indígena. Para 1550, los taínos estaban cerca de la extinción, aunque su legado cultural sobrevivió. Más de cinco siglos después, seguimos reuniéndonos bajo una misma idea de región: Iberoamérica. Compartimos lenguas, historias, religión, tradiciones y vínculos que atraviesan el Atlántico. También compartimos una historia marcada por un encuentro que no significó lo mismo para todos.

Por eso, cada 12 de octubre la pregunta no debería limitarse a qué ocurrió en 1492, sino a quién tuvo el poder de nombrar lo ocurrido. ¿Fue un descubrimiento? ¿Fue un encuentro? ¿Fue el comienzo de una conquista? ¿O fue, para quienes ya habitaban estas tierras, la llegada de un mundo que no habían pedido? En un artículo de hace varios años, el profesor René Hernández González preguntó... ¿Fue descubrimiento o salvajismo? No fue lo primero, pero sí, lo segundo.

El verdadero desafío puede que no se encuentre en decidir cual palabra debe ocupar el titular de la historia, sino preguntarnos cuántas voces quedaron fuera de él. Si cinco siglos después seguimos hablando de Iberoamérica, también deberíamos preguntarnos: ¿qué es, con exactitud, lo que conmemoramos al recordar aquel 12 de octubre? ¿Un descubrimiento... o el inicio de una historia que todavía estamos aprendiendo a contar?

* El autor es estudiante de la Licenciatura en Periodismo en la Universidad de Panamá
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