El mundo se encamina hacia un escenario cada vez más frágil en términos económicos y políticos. La rivalidad entre Estados Unidos y China se intensifica con fuerza en América Latina y otras regiones. En ese contexto, lo que sucede dentro de ambas potencias tiene repercusiones globales. Ejemplo de ello son las tensiones institucionales en Washington, como las controversias entre la Corte Suprema y el presidente Donald Trump, así como sus políticas arancelarias, cuyos efectos podrían trascender fronteras. De igual forma, las decisiones adoptadas por Pekín y sus cambios económicos inciden directamente en el equilibrio internacional. La globalización y la interconexión financiera amplifican cualquier crisis, haciendo que sus consecuencias se propaguen con rapidez. En este contexto, Panamá resulta especialmente vulnerable a estos vaivenes, debido a su estrecha relación con los mercados internacionales y al peso estratégico de su ubicación geográfica. Esa realidad exige transformaciones. Es indispensable preservar nuestra vocación comercial, bancaria y abierta a la inversión extranjera, pero también consolidar un aparato productivo propio que reduzca la dependencia externa. Aún estamos a tiempo de replantear el modelo económico desde una perspectiva soberana, orientada a fortalecer la empresa privada 100 % nacional, empresas públicas estratégicas y a diversificar nuestro esquema para producir riqueza en favor del desarrollo industrial y comercial propio; una tarea que viene aparejada al combate de la desigualdad y la corrupción, así como al robustecimiento de la institucionalidad. Ha llegado la hora de pensar en el país con visión de Estado, impulsar una estrategia nacional coherente y prepararnos para enfrentar la inestabilidad global para no quedar a merced de intereses foráneos.

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