El mundo asiste a una convergencia espiritual importantísima: con el inicio de la Cuaresma, la llegada del Ramadán y la herencia del Año Nuevo Chino. Esta tríada de introspección debería situar a Panamá frente a un espejo de renovación ética. Mientras el arzobispo Ulloa nos recuerda nuestra fragilidad con la ceniza en la homilía de ayer, la comunidad musulmana inicia su ayuno sagrado y la comunidad china celebra un nuevo ciclo de prosperidad. Esta coincidencia no es un azar del calendario, sino un llamado contundente a la cohesión social. En un mundo asfixiado por las dictaduras y autoritarismos y en una nación que clama por transparencia, estos tiempos sagrados exigen más que ritos: exigen una limosna entendida como justicia social y un ayuno de la corrupción que devora los recursos de los más vulnerables. La empresa privada y la fuerza trabajadora, pilares del desarrollo panameño, deben nutrirse de esta disciplina espiritual para construir un país donde la dignidad humana y los derechos humanos no sean negociables. La verdadera “vida nueva” solo germinará si barremos las cenizas del clientelismo para dar paso a tiempos reales de integridad y honestidad. Que este ayuno colectivo purifique, finalmente, nuestra democracia.

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