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28 de Oct de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Una constitución que perdure...

En su reciente escrito en un diario local nos dice el amigo y colega, el pedagogo Paulino Romero que: ‘La necesidad de una reforma integ...

En su reciente escrito en un diario local nos dice el amigo y colega, el pedagogo Paulino Romero que: ‘La necesidad de una reforma integral o de una nueva Constitución Nacional es un clamor popular’.

Concuerdo y comparto totalmente dicha opinión. Una reforma integral o, mejor aún, una nueva constitución política que sea visionaria, dinámica, que tenga la flexibilidad que nos permita respetar, velar y proteger los derechos humanos, sociales, económicos y culturales de nuestros compatriotas y a la vez mantener nuestra nave estatal a flote en un mar de justicia, democracia, y moralidad, es, en mi opinión, una necesidad de mucho tiempo y por ende de primer orden.

Empero, sostengo vehemente que el instrumento que ha de convertirse en nuestra nueva ‘Carta Magna’ no puede ser una amalgama de prejuicios sociales y económicos de antaño ni un tejido de intereses y agendas políticas que refleje y corresponda principalmente a intereses codiciosos, avariciosos y partidistas e ideológicamente cerrados. Nuestra nueva constitución política deberá ser un instrumento basado en principios morales y jurídicos progresistas que nos defina como nación, como pueblo, como seres humanos y que nos encamine a un futuro en el cual nuestras vidas, nuestras libertades y nuestra búsqueda por la felicidad individual y colectiva sean sagradas y salvaguardadas.

Nuestro país, opino, ha tenido demasiadas ‘constituciones’ producto de las condiciones políticas en las cuales se encontraba la nación; es decir, sus intentos fueron de darle solución a problemas inmediatos. Por esta razón, a mi parecer, estas han carecido de una visión amplia y duradera trayendo por consiguiente la necesidad de alterarlas con cada nueva marea o brisa política que azotaba nuestra nación. Bajo estas circunstancias nuestras constituciones no han tenido como en las naciones desarrolladas, una fundación permanente, raíces que firmemente nos sostienen.

No sé si los cambios por venir serán mediante una reforma o por una constituyente. Lo que sí sé es que lo que al final salga de nuestro horno intelectual jurídico dependerá de quienes son los ‘chefs’, los ingredientes que se utilizarán y qué horno se utilice. Pienso que el mecanismo que nuestro mandatario ha implementado carece de la proyección que vislumbro. Esto lo digo a sabiendas de que no tengo indicios de la dirección que ‘los notables’ tomarán. ¡Es muy posible que esté errado! No obstante, quisiera sugerir que aborden, entre muchos, temas como: raza, etnia, preferencia sexual, protección de los no pudientes, rol del gobierno en nuestra vida económica, salud pública—física, mental y ambiental, protección de nuestro patrimonio histórico y actual, la ‘doble nacionalidad’ y el mantenimiento y protección de nuestra soberanía. Una constitución nueva o reformada tiene que ser la columna vertebral de nuestra nación.

No soy ‘gringófilo’, pero como dice el refrán, ‘al diablo hay que darle su merecido’. Durante más de 335 años de existencia los Estados Unidos ha tenido una sola constitución —por supuesto con enmiendas fundamentales, mientras que nosotros en 128 años como República hemos tenido cuatro y estamos en vísperas de la quinta. No podemos continuar cambiando constituciones con cada nueva generación política o administrativa. Al final del día, nuestro pueblo tendrá que decidir, pues, será el agraciado o el agredido.

*DOCENTE UNIVERSITARIO.