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30 de Oct de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

La vida y el amor... ¿qué son hoy?

A manece en esta capital de Panamá, y sentado en mi máquina, luego de leer unos pasajes bíblicos contados por el Evangelista Lucas (18- ...

A manece en esta capital de Panamá, y sentado en mi máquina, luego de leer unos pasajes bíblicos contados por el Evangelista Lucas (18- 48), deseo enviar a seres muy amados por mí unas reflexiones sobre la Vida y el Amor; lo hago luego de que he vivido sobre la tierra un buen tiempo. Habré —seguramente— aprendido bastante de mis propios errores y experiencias. ¿Qué saldrá de mi mente o de mi corazón?

Tengo los ojos humedecidos por lágrimas, estoy sensible. La historia de la mujer pecadora (una prostituta conocida), que ingresa en la casa de Simón, que invitó a Jesús a comer, y se sienta detrás del Maestro, a sus pies, llorando copiosamente, mojándole con sus lágrimas (acordándose de su vida amarga, de sus pesares de niña y adolescente, que terminan conduciéndola a esa clase de vida, de seguro no es tan placentera como la gente cree, sino más bien de tristezas, puesto que los hombres que la frecuentan nunca le ofrecen amor, sino búsqueda de placer de minutos y desprecios finales). Mientras, el dueño de casa, Simón, está deslumbrado por los milagros de Jesús, pero a la vez le critica y censura en su interior ‘si fuera profeta jamás dejaría que una prostituta lo toque y lo contamine con sus pecados’...

Jesús conoce, en su poder interior magnífico, que su anfitrión no para de murmurar, pero no tiene la mínima preocupación por las críticas de la conciencia primaria y sin pulir de Simón. Su altísima conciencia está por encima de esos juicios morales hipócritas. Deja más bien que ese ser humano, adolorido, suelte el llanto que no le permiten sus amantes de ocasión, interesados únicamente en soltar sus tensiones.

Ella, sintiendo profundamente que del aura de ese hombre dulce y profundo solo sale amor, amor y amor, deja escapar sus inmensos dolores físicos y del alma. Ninguno de los dos, el Maestro y la Pecadora, sienten las murmuraciones. El inmenso amor que se dan el uno al otro, no es interrumpido por las vibraciones de moral falsa del otro. La ramera, joven sin duda, empujada a ese oficio por circunstancias de abandonos familiares y sociales, se va llenando de una inmensa paz, con la proximidad del único hombre que no la ha llamado para usarla y despreciarla. Al contrario, éste se deja tocar los pies, permite que le llene de lágrimas su piel, mientras derrama sobre él el perfume más caro, mientras que sus cabellos, muchas veces arrancados por la fuerza de los gritos de hombres en éxtasis pasajeros e impersonales, acarician y secan la humedad de esos pies consagrados al amor universal.

La escena que nos narra Lucas resume integralmente el drama de la vida y el amor; también el del juicio fatal e hipócrita del hombre con el hombre mismo. La sabiduría y el alma limpia se tropiezan con la ignorancia y la vanidad. En su estilo filosófico incomparable, nunca superado, Jesús —penetrado ya el corazón del juzgador hipócrita (que tiene más pecados negros que la mujer, que suelta sus confesiones sin palabras—, propone una parábola: ‘Simón si alguien de poder le ha prestado dinero a dos personas, a uno 500 y a otro 50, y a ambos les perdona sus deudas, ¿quién le agradecerá más?’. Simón esta vez responde bien: ‘A quien le perdonan más’. Entonces Jesús, molesto interiormente —y mucho— por la constante hipocresía de esa sociedad judía ambiciosa y falsa de aquella época, deja salir de él la sentencia moralizadora: ‘Simón, entré a tu casa y no me ofreciste agua para lavarme los pies ni me ungiste la cabeza con aceite y menos me diste un beso; en cambio ella, a quien tanto juzgas, no ha dejado de besarme los pies y de lavarme con su perfume —el más preciado, que guardaba para sus fiestas—, mientras su llanto dejaba salir sus amarguras interiores y su infelicidad’.

La mujer, que recién se entera que se está hablando de ella, con la profunda paz que ha recibido en su alma por vez primera en su vida, escucha finalmente la palabra acariciadora del Maestro: ‘Anda en paz mujer, que tus pecados te han sido perdonados por el inmenso amor que has mostrado’.

¿Qué sistemas políticos, sociales o económicos, que se autoproclaman ‘buscadores de los intereses colectivos’, reflejan en verdad un 1% siquiera de esa lección de vida y de amor? Todos somos más bien como Simón.

*ABOGADO Y MILITAR RETIRADO.