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27 de Feb de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Tributo a un buen hombre

Los últimos días los panameños vivimos la mayor crisis política y episodios de violencia de la época posinvasión. Una crisis que pudo ha...

Los últimos días los panameños vivimos la mayor crisis política y episodios de violencia de la época posinvasión. Una crisis que pudo haber sido evitada, si hubiese existido prudencia y buen manejo del gobierno en sus relaciones con los grupos indígenas con anterioridad a la crisis. Hubo tiempo más que suficiente.

¿Cómo es posible que a casi un año exacto de haberse firmado un acuerdo, resultado de una crisis y violencia anterior, el gobierno no logró solidificar dicho acuerdo, buscando su pleno entendimiento entre gobierno y grupos indígenas? ¿Fue negligencia o diseño? Nunca lo sabremos.

¿Cómo es posible que el gobierno no anticipara lo que se le venía encima, con tanto aparato de espionaje e ‘inteligencia’ con que cuenta? ¿Cómo es posible que no existiera un Plan de Contingencia ante el peor de los escenarios? La impresión que causó es ausencia de pericia en manejo de crisis y reacción con fuerza bruta como único recurso, amén, de contradicciones, violaciones del derecho a la privacidad y las comunicaciones de los ciudadanos.

Lo cierto es que de las crisis con frecuencia surgen héroes y líderes que con la fuerza de su personalidad, grado de credulidad, firmeza de carácter y valentía contribuyen con sus esfuerzos positivamente a la búsqueda de soluciones y fin de la violencia cuando esta se apodera de las circunstancias. En nuestro caso fuimos afortunados en encontrar ese personaje. Lo encontramos en la persona del Msgr. José Luis Lacunza, Obispo de Chiriquí y presidente de la Conferencia Episcopal Nacional. Un buen hombre.

Me siento obligado, como panameño y amigo, a rendirle público tributo a ese buen hombre, digno heredero de Fray Francisco de Vitoria y de Fray Bartolomé De Las Casas, por su dedicación e interés en promover los derechos y el trato humano hacia el indígena. Su conocimiento de la mentalidad, preocupación por el bienestar indígena y sobre todo su alto grado de respeto y credibilidad entre esos grupos y la ciudadanía en general fueron vitales para el éxito en su rol de conciliador. No cabe duda de que su actuación fue la clave de éxito en el logro del nuevo acuerdo; nadie mejor que Msgr. Lacunza para mediar entre las dos partes en conflicto. Le concedo méritos al funcionario del gobierno, gestor de la idea, quien hubiese sido, por lo acertado de la escogencia.

En todo momento durante la crisis, Monseñor Lacunza fue la persona que exhibió el mayor grado de prudencia y cordura. Lo más cuerdo que escuche durante la violencia del Domingo Negro fueron sus palabras que transcribo: ‘Cuando damos cabida a la desconfianza y la intransigencia, lo que gana es la fuerza, y cuando gana y se impone la fuerza, fracasa la razón, y cuando fracasa la razón, fracasa el ser humano’. ¡Cuánta sabiduría! Porque la desconfianza e intransigencia fueron los factores dominantes durante la crisis y al final prevalecieron sobre la razón. Ruego a Dios que el nuevo acuerdo restablezca el domino de la razón.

Los panameños estamos en deuda con Msgr. Lacunza. El país entero, no importa qué credo profese, ni a qué grupo social pertenezca, todos, en algún momento, tenemos la obligación de reconocerle solemnemente su contribución al restablecimiento de la paz social. Conociendo a Msgr. Lacunza estoy seguro de que él no espera nada en retorno, que considera su intervención en San Lorenzo como parte de su misión de Pastor de la Iglesia, en la búsqueda de armonía social y particularmente como parte de sus empeños en beneficios de los grupos marginados, pero, respetando esas justas consideraciones personales, debemos buscar la manera de expresarle formalmente nuestro agradecimiento.

Gracias, Monseñor.

BANQUERO Y EXDIPLOMÁTICO.