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26 de Feb de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Las minas que ya operan

El 9 de enero 1503, al descubrir lo que denominó Ver Agua, Cristóbal Colón informó a los Reyes Católicos de una realidad que persiste e...

El 9 de enero 1503, al descubrir lo que denominó Ver Agua, Cristóbal Colón informó a los Reyes Católicos de una realidad que persiste en las dos minas de Coclesito: allá no para de llover. Hoy cinco metros de lluvia caen anualmente sobre el área —el triple de lo que llueve en la capital, y mucho más de lo que cae en Portobelo. El meollo del problema es que ‘el agua corre hacia abajo’ y que tamaña cantidad de agua comprometería cualquier sistema de contención de daños en estas minas a cielo abierto (las que usan cianuro en su procesamiento industrial). Y toda fuga iría a dar, por gravedad, al Corredor Biológico Mesoamericano, cuesta abajo de dichas minas. Pero el error de percepción sobre esta minería que nuestro gobierno ocultó durante la crisis de la Comarca Ngäbe-Buglé, se origina con su nombre. ‘Coclesito’ no está en Coclé; pertenece a su vecina provincia de Colón. Está dentro la cuenca del Caribe y toda fuga de contaminación minera dañaría aquellas costas vírgenes. Dos puertos para exportar oro y cobre se construirán en Punta Rincón, que destruirán el paraje paradisiaco que encontraron los conquistadores españoles.

En 1513, la gran cantidad de oro que vestían los indígenas de la región llevaron a los Reyes Católicos a rebautizarla como ‘Castilla del Oro’. Pero Cristóbal Colón no ahondó en que los autóctonos acumularon ese oro, a lo largo de varias generaciones. Hoy, para comprar lo que no producen ellos mismos, sus descendientes todavía lavan en bateas en sus ríos, pequeñas cantidades de oro, que intercambian por azúcar, ropas, medicinas, motores fuera de borda, combustible, etc. De darse algún accidente industrial en las minas de la serranía, las decenas de ríos que nacen en Coclesito sufrirán una muerte segura y se pondrá fin a ésta minería artesanal. Pero antes de que pase eso, y pese a la extraterritorialidad de su legítima calidad comarcal, sus ngäbes serán lanzados de sus tierras ancestrales por el gobierno panameño, para entregárselas a los nuevos conquistadores —esta vez canadienses.

Esto no sería hechura de ningún gobierno anterior. A inicios de la presidencia de Ricardo Martinelli, su Autoridad Nacional del Medioambiente autorizó a Petaquilla Gold, S.A. (en circunstancias curiosas) semejante locura. Pero no es lo peor. Como para corroborar cuán ‘poderoso señor es don dinero’, al día siguiente a la fiesta de los Santos Inocentes 2011 (fecha en que la Corte Suprema dictaminó la inviolabilidad del Corredor Biológico Mesoamericano), ANAM autorizó su mina de cobre a cielo abierto a Minera Panamá, S.A. Y, tras el feriado del fin de año, la Bolsa de Toronto aumentó las cotizaciones de su casa matriz, la que antes ya había anunciado una disminución de sus ganancias por (otros) problemas financieros internacionales. Se desconoce si esta vez don Ricardo también telefoneó al presidente de Corea para compartir la primicia —tal como lo hizo hace un año, cuando la Ley Chorizo.

En Panamá es harto conocida la colaboración harmónica entre el Órgano Ejecutivo y el Judicial. Pero ésta ‘coincidencia’ en particular alimenta la percepción generalizada en Coclesito, de que no todos los accionistas de sus minas son canadienses. Algunos inclusive apuntan al Palacio de las Garzas...

Confieso una deuda de honor con los ngäbe del río Petaquilla, quienes salvaron mi vida durante reciente visita a las selvas del Corredor Biológico. Pero ella no nubla mi razón, de que quienes comemos 3 veces al día estamos en la obligación de velar por quienes no comen, y que la mejor forma de hacerlo es promoviendo un Estado de Derecho que funcione como debe, con probidad.

*TRADUCTOR OFICIAL E INTÉRPRETE SIMULTÁNEO.