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04 de Jun de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Entre Río de Janeiro y Timbuktú: dos caras del Patrimonio Mundial

Esta semana a la ciudad de Río de Janeiro le ha sido otorgada el reconocimiento de Patrimonio Mundial por parte de UNESCO. Río de Janeir...

Esta semana a la ciudad de Río de Janeiro le ha sido otorgada el reconocimiento de Patrimonio Mundial por parte de UNESCO. Río de Janeiro ostenta la categoría de paisaje cultural alegando su valor universal al presentar una interacción armoniosa entre su belleza natural y la intervención humana. Finalmente el paisaje natural y el perfil urbano de Río de Janeiro la arropa el reconocimiento de UNESCO.

La presidenta Dilma Rousseff expresó en un comunicado oficial sus ‘felicitaciones a toda la población de Río’ por la noticia, anunciada por la organización que se reunió en San Petersburgo. ‘El reconocimiento de la cidade maravilhosa como Patrimonio Mundial es motivo de orgullo para todo Brasil y un estímulo para que la ciudad prosiga su trayectoria de revitalización y crecimiento, que ha mejorado la vida de sus habitantes’.

Río se transforma y se prepara para los Juegos Olímpicos que albergará, próximamente y cuya intervención premeditada ha sido calificada como ‘orientada por claros principios sociales y resultante de una política, altamente redistributiva y realista, lo que ha permitido que las ciudades del Brasil vivan un auge importante... la calidad de vida de la población mejora y el espacio público se recualifica’. (Orlando Acosta, La Prensa, 2012).

Río de Janeiro se suma a sus ciudades hermanas de Ouro Preto en Minas Gerais, Olinda en Pernambuco y a Brasilia capital del país, que tienen la categoría de Patrimonio Mundial, mientras la capital carioca se apunta a sacar provecho en la puerta de celebración de los Juegos Olímpicos, esperando claro el turno que tiene Londres, que, en medio de todo, no tiene el atractivo que le reviste a Río su recién condición patrimonial.

Mientras esto se celebra en Río, en Mali se celebra la barbarie cuando en la ciudad de Timbuktú hordas islamistas destruyen mausoleos del siglo XVI amparados bajo preceptos fundamentalistas y atavismos religiosos. El contingente militar islámico amenaza la destrucción del resto de mausoleos, aduciendo que el acto de declaratoria de Patrimonio en Peligro es ‘haram’ (acto prohibido por el Islam).

En Panamá no se nos mueve un pelo por la caída de denominación de Portobelo y San Lorenzo y muchas cabezas pensantes se debaten en si es importante eso de ‘tener categoría mundial’ y preguntan: ‘¿La UNESCO qué me da por ello?’, ‘¿con qué se come eso?’. Otros sin desparpajo alguno preguntan: ‘¿Cuánto me toca a mí?’, ‘¿Cuánto me da UNESCO?’. No entraremos en aguas ni profundidades de la fe y otros referentes culturales para analizar el tema, el resultado entre la violencia africana, la indolencia y corrupción panameña da lo mismo: destrucción, desmemoria, pobreza material y espiritual.

Volviendo a Río de Janeiro los cariocas —y no bobos— capitalizan la declaratoria para preparar una gran campaña turística que atraerá a millones de visitantes al Corcovado, a la playa de Copacabana, al parque de la Floresta de Tijuca o Jardín Botánico. Los visitantes de Río se deleitarán con el magnífico paisaje de la Bahía de Guanabara, de las construcciones de Oscar Niemeyer, de la música y de la comida de Río como Patrimonio de la Humanidad.

En Panamá, dudamos entre hincar los pilotes en la bahía para generar un fritódromo en Barraza, desvirtuar los valores universales de la primada ciudad del Pacífico y robarle a la ‘ciudad maravillosa’ el Maracaná que no tenemos o bien sepultar del todo en el olvido a Portobelo y San Lorenzo. Mientras los políticos cumplen, los ciudadanos distraídos como loros, deportistas o ciclistas tarareamos el jingle publicitario ‘que priti: mi cinta costera va’. Se hace urgente preguntar ¿para qué somos Patrimonio de la Humanidad?

HUBERT HUMPHREY FELLOWSHIP.