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07 de Jun de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Naciones y gobiernos fracasados

Los gobiernos que tienen como prioridad fortalecer las instituciones políticas y democráticas, en lugar de apropiarse de la riqueza que ...

Los gobiernos que tienen como prioridad fortalecer las instituciones políticas y democráticas, en lugar de apropiarse de la riqueza que corresponde a toda la sociedad, son los que tienen éxito. Los demás están condenados al fracaso, porque representan una amenaza para el sistema que les dio la posibilidad de llegar al poder.

Esa es la conclusión de la periodista financiera, Chrystia Freeland, en su artículo ‘La autodestrucción del 1%’, publicado el domingo en The New York Times. Freeland recordó que Venecia era en 1330 una potencia mundial, construida bajo el fundamento de la solidaridad y el interés común. Su acelerada decadencia se debió a que la elite gobernante puso fin a la movilidad social y se dedicó a buscar su propio beneficio.

Freeland citó a Daron Acemoglu, profesor de Economía del Instituto Tecnológico de Massachusetts, y a James A. Robinson, profesor de Gobierno de la Universidad de Harvard, autores del libro de lectura obligatoria: ‘¿Por qué fracasan las naciones? Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza’. Esos autores ilustraron el auge y la caída de Venecia basados en la tesis de que lo que diferencia a los Estados exitosos de los fallidos es si sus instituciones de gobierno son inclusivas o extractivas.

Los Estados inclusivos son aquellos que dan acceso a las oportunidades económicas y que generan una prosperidad compartida por todos los ciudadanos. Al contrario, los extractivos, son los que extraen la riqueza y todo lo que pueden del resto de la sociedad. El principio es que el ganador se lo lleva todo.

En palabras de Freeland, autora de la célebre obra ‘La plutocracia’, existe el 1% de la población que se separa del resto de los ciudadanos, porque persigue su propia agenda económica, política y social que aumenta aún más la brecha entre los ricos y los pobres. Las fuerzas económicas están detrás de esa desigualdad, agravada por las políticas públicas que en lugar de mitigar la tendencia, aligeran la carga fiscal de los más ricos y la colocan sobre los más pobres.

Freeland afirmó que en la actualidad el capitalismo de amigos es mucho más sutil que en los tiempos de Venecia. Funciona en dos corrientes. Canaliza los recursos del Estado en su propia dirección para el disfrute directo de los beneficios fiscales, el proteccionismo arancelario, los negocios, los subsidios y las prebendas. Nadie debe sorprenderse, entonces, del afán de los poderosos por acumular poder. Los poderosos están siempre a la caza de poderes políticos que coincidan con su poder económico.

‘El peligro inevitable es que confundan sus propios intereses con el bien común. La ironía del ascenso político de los plutócratas es que, como los oligarcas de Venecia, amenazan el sistema que los ha creado’, resumió Freeland.

Afirmó que el mundo está dividido entre plutocracia y todo lo demás. Anticipó revueltas sociales como las que están registrándose en Europa. ‘A largo plazo solo pueden sobrevivir de dos maneras. Suprimiendo la disidencia o compartiendo la riqueza’, sentenció.

¿Por qué fracasan las naciones? ¿Cómo romper el nudo que impide que todos los ciudadanos de un mismo país disfruten de similares condiciones de bienestar? Las instituciones y las reglas del juego claras y preservadas a lo largo de los años determinan que haya naciones más prosperas que otras.

‘Aunque las instituciones económicas son esenciales, las políticas son más determinantes’, recalcó Freeland. De ellas depende la capacidad de los ciudadanos de controlar, influir y sacar provecho propio. Si son fuertes e incluyentes impiden que haya personas que abusen del poder para amasar fortunas y llevar a cabo sus agendas codiciosas en perjuicio del resto de la sociedad.

Freeland apeló a la organización ciudadana para derrotar a las elites que controlan el poder y crear sociedades en las que los derechos políticos sean más ampliamente distribuidos, donde los gobiernos sean responsables y sensibles a los ciudadanos y la mayor parte de las personas se beneficien de las oportunidades económicas. De cómo se organice la política dependerá cómo funcione la economía. Solo privilegiando la hegemonía de la política sobre la economía, se salvarán las naciones de convertirse en Estados fracasados o de estar a punto de colapsar.

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.