27 de Sep de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Resignarse a perder

R esignarte a perder tus derechos como ciudadano de tu país, significa someterte a la voluntad de alguien o renunciar a tus principios, ...

R esignarte a perder tus derechos como ciudadano de tu país, significa someterte a la voluntad de alguien o renunciar a tus principios, igualdades y legitimidad. Aceptar que nada cambia, que no se puede cambiar y vivir condenados a que las cosas permanezcan como están, en no buscar alternativas, en mantener un bajo nivel de aspiraciones y sentirse impotente ante todo, es convivir ante la desesperanza y existir bajo una frustración permanente y sin progreso alguno.

La resignación puede ser positiva cuando se tolera, como la muerte de un ser querido. Pero también es negativa cuando se caracteriza por la docilidad, rendición y sumisión, a la espera de lo peor. Es por ello, que es tan importante que sepamos distinguir cuando algo se puede cambiar y cuando no. Por ejemplo: que una comunidad sufra por las inclemencias del tiempo, es una terrible experiencia y, cuando no depende de sus habitantes, entonces con resignación se acepta esa eventualidad. Sin embargo, para que el daño no sea superior a las expectativas, todo aquel que viva en lugares susceptibles a inundaciones, terremotos, etc., debe estar preparado para cualquier contingencia de la naturaleza, buscando la ayuda de los expertos en la materia y no esperar a que el evento suceda, aunque no suceda.

Se puede resignar por desgracias personales, pero cuando se trata de tus valores ciudadanos nunca se debe renunciar, porque estás permitiendo que te quiten el derecho a la vida, a la libertad en todas sus dimensiones, a ser feliz y a vivir en paz. La historia nos enseña que cuando un pueblo se resigna a lo peor, entonces sucede lo peor. Los genocidios han existido precisamente por la resignación y sumisión. Cuando se habla de derechos humanos y de los valores intrínsecos de la Humanidad, hay que tener la valentía para resistir y para cambiar lo que se tenga que cambiar, cueste lo que cueste.

Nos pertenecemos a nosotros mismos. Cada ser humano es dueño de su conciencia. Debe pensar por sí mismo y tomar sus propias decisiones. Ninguna persona sueña, siente, inventa, imagina, idea, planea o razona por otra. En el caso de los padres muchos han de pensar que sus hijos les pertenecen cuando inadecuadamente interpretan el concepto de patria y potestad, que sí le corresponde por derecho universal. Recordemos las palabras de Gibrán Khalil en El Profeta: ‘Vuestros hijos no son vuestros hijos. Ellos son los hijos y las hijas de la Vida. Ellos vienen a través de vosotros pero no son vosotros. Y aunque ellos están con vosotros no os pertenecen. Les podéis dar vuestro amor, pero no vuestros pensamientos. Porque ellos tienen sus propios pensamientos’.

Cuando un ser humano le pertenece a otro es un esclavo de aquel. Sin embargo, no podemos negar que cada quien siente dentro de sí un sentido de pertenencia a la familia, a la escuela, a una religión, a una nación y formamos parte de una etnia, una identidad nacional, y de una cultura. Esto se debe, primero por seguridad y, en segundo lugar porque nos agrada ocupar una posición en un grupo porque somos aceptados. Y, al ser aceptados se eleva la autoestima, nos sentimos más seguros y nos adaptamos a una mejor convivencia social. Nos interesa compartir pensamientos, actitudes y opiniones con otros y ser reconocidos por ellos. En la medida que confíen en nosotros, más confianza tendremos. Al final se deseará ser parte de una identidad social o nacional, lo cual ayudará a desarrollar al país donde ‘pertenecemos’. Cuando los ciudadanos de una nación no poseen el sentido de pertenencia, la cohesión social sucumbe en un estado donde cada quien atenta en contra de sus compatriotas. El crimen se propaga y la sociedad se autodestruye. Sin sentido de pertenencia perdemos la seguridad individual y social.

Para ello, hay que ser valientes para asumir responsabilidades, la cobardía se asocia a permanecer inmóviles. Abstenerse de hacer algo para enfrentar un problema o alcanzar un objetivo es un error, porque nunca se conseguirán las metas que se quieren lograr. De igual forma, tampoco el problema desaparecerá si no hacemos nada, por el contrario, lo más probable es que se agrave. El valor personal es una condición, un estado anímico, una forma de ser que nos impulsa a emprender conductas o acciones que involucran riesgos en nuestra seguridad, a pesar del miedo que tengamos. Es afrontar situaciones de peligro con entereza sin dejarnos atemorizar ante una amenaza. Durante la vida también se expondrán situaciones, en donde la valentía será un valor que nos hace luchar por nuestra familia y por ser consecuentes con nuestras ideas y actos, aunque tengamos que pagar un costo o sortear riesgos.

En el trabajo, en la sociedad, con la pareja o en los grupos sociales que frecuentemos, en ocasiones tenemos que diferir o ir contracorriente, lo cual nos coloca en posibles eventualidades como perder el empleo, dejar de ser aceptado por otros, o hasta rechazados. Podemos optar por quedarnos callados y que todo siga igual. De esa forma quizás conservemos el trabajo, la relación de pareja o nos sigan invitando los amigos. Pero si expresamos nuestras ideas probablemente seamos ascendidos, el amor crezca y ganemos mayor aprecio. La práctica de la cobardía siempre ha permitido el despotismo tanto en familia como en comunidades, y hasta en pueblos completos. Evítalo...

ESPECIALISTA DE LA CONDUCTA HUMANA.