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21 de Apr de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

El mal de amores en un partido político

S e supone que un partido político debiera ser una organización con objetivos comunes, sentido de pertenencia y unidad, de relaciones pe...

S e supone que un partido político debiera ser una organización con objetivos comunes, sentido de pertenencia y unidad, de relaciones permanentes y fuertes, en función de actividades e intereses compartidos. Un partido político tiene sus reglas, normas y estatutos, y una estructura administrativa y organizativa e integrado por hombres y mujeres con una dinámica ideológica. Si un partido político lo integran seres humanos, entonces las relaciones interpersonales es un elemento a considerar. Las relaciones interpersonales pueden construir o destruir su vida interna y bien puede dar un vuelco total a su existencia afectando el logro de sus metas.

En un partido político hay vínculos, comportamientos, conductas e interacción humana y estrecha relación con el Estado y sus recursos. En un partido político te encuentras de todo desde héroes, victorias y hasta traidores y, muchas veces es liderado por personas con cierto poder, una especie de ‘caudillo iluminado’ que impone criterios y que se reúne en secreto con los que él o ella considera sus aliados. Desde esta perspectiva los miembros subsisten formando grupos, subgrupos y minigrupos, unidos a la formación de facciones y tendencias que compiten entre sí, por intereses particulares, y en función de motivaciones individuales. Elementos contrarios al espíritu y naturaleza de la agrupación y, el panorama se proyecta hacia el deterioro. Entonces, el colectivo se convierte en un productor de desigualdades que se generan y manifiestan a lo interno, dando lugar a conflictos irreconciliables influenciados en asuntos de eficiencia, y satisfacción personal y de grupo, particularmente en su funcionamiento organizativo.

Las peleas entre copartidarios cuando no se ponen de acuerdo, dividen, y la acumulación de poder es afín a una coalición imperiosa. Por un mal manejo de las desavenencias, se provoca un sinnúmero de separaciones y rupturas y heridas difíciles de sanar. Las desavenencias no son destructivas, pero las peleas que pueden ocasionar, sí. Por ello, se debe hacer lo posible por evitar los conflictos sin renunciar al punto de vista, desacuerdos, y modo de pensar de cada copartidario. Para tal efecto, hay que dejar la vanidad y la pedantería a un lado y practicar la tolerancia y humildad, pero con sentido y sentimiento. Los vanidosos y endiosados se van quedando solos, conviviendo con su propia ‘grandeza’ y algunas fantasías de supuestos éxitos, de poder o de excepcionalidad e imponen sus criterios sometiendo a presión a los demás. Los líderes convencen con sus puntos de vista tomando en consideración la opinión de todos. Los autoritarios son ‘jefes’ y necesitan de una ‘posición’ de jerarquía para ‘obligar’ a los otros; e igualmente necesita de un grupo que le conviene y depende. El líder no impone criterios, los discute, enseña, y guía. Su autoridad no está sujeta de un cargo o posición de jefatura, sino de su fuerza moral y del respeto que se siente hacia su persona. El autoritario no admite perder y generalmente tendrá la razón (según él o ella). El líder entiende y está consciente de que se puede equivocar, que la verdad absoluta no existe y que es vital reconocer la opinión de la mayoría.

Líderes como Mahatma Gandhi, Óscar Romero, Martin Luther King, la madre Teresa de Calcuta, Nelson Mandela, entre otros, han trabajado con ahínco por la paz en sus países y por la paz mundial. Ellos entendieron que, así como la paz necesita lo mejor del espíritu de cada uno de los habitantes, de la misma manera requiere de la responsabilidad de los líderes de un partido político que tengan en manos el futuro de un pueblo.

Y te digo esto: ‘ahora puede que estés arriba, pero el mundo da muchas vueltas, y cuando menos te lo esperes, quedas tocando fondo, por tal motivo, hay que saber convivir en grupo y eso se aprende desde que se es pequeño, en el hogar’. En ningún partido político debe haber desigualdades, claro que no. Todos por igual. Nadie debe ser considerado menos que otro. ¿Por qué? Porque, como organización, empezará a cerrarse en torno a un grupo, cuyo objetivo es mantener el control de las principales decisiones en materia de política interna.

Una cosa es ser precandidato, otra cosa es ser candidato y otra presidente de un país. Como consecuencia te vas a encontrar de todo, desde los amigos hasta los enemigos. Y vas a tener que aprender a lidiar con el enemigo, que no es manco. Y si no estás preparado, te veo mal. No pienses que las tienes todas contigo. ‘No way’. De ninguna manera. Porque vas a necesitar de cada uno de los votos de tus copartidarios y de los que en este momento respaldan a tus colegas precandidatos. ¿Cómo se logra esto? Fácil: sumando y no restando. En un partido político toda persona, grupo, y movimientos son necesarios. La tolerancia y la humildad, la lógica y el sentido común, la razón sobre la emoción son componentes muy necesarios en cualquier contienda electoral. El pueblo los mira, el pueblo observa, el pueblo juzga al emitir su voto. El mal de amores les va a costar caro. Del mal de amores se aprende, pero de los errores se aprende mucho más, siempre y cuando se hagan los correctivos. Es necesario saber reaccionar a tiempo, saber identificar los obstáculos y realizar cambios y decisiones antes de que sea demasiado tarde.

ESPECIALISTA DE LA CONDUCTA HUMANA.