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13 de Apr de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

La jaula del candidato

Si de candidatos a la Presidencia se trata, muchas veces el problema número uno, no es su enemigo político. Tampoco los medios. Ni siqui...

Si de candidatos a la Presidencia se trata, muchas veces el problema número uno, no es su enemigo político. Tampoco los medios. Ni siquiera la magnitud de las dificultades que atraviesan su sociedad y su gobierno. Nada de eso. Su principal problema es la jaula donde está encerrado. Mejor aún o peor aún, su principal problema es que no sabe que está encerrado en una jaula construida por barrotes muy sólidos, debido a los errores más comunes que cometen. Y, a mi parecer son tres los errores: El narcisismo, las complejidades y las excentricidades.

El narcisismo es ese ego mal canalizado que necesitan como impulso para ascender en la política. Piensan que ya lo saben todo. Les cuesta neutralizar o apartarse de ese ego y eso les impide mejorar en todo lo que pueden. Las complejidades no son más que ese afán que tienen por hablar sin sentido. Haciendo que la comprensión de los enfoques e ideas sea difícil, confuso. A menudo usan frases tan largas que no saben ni cómo han empezado y se pierde la esencia del mensaje. Simplificar las frases es imprescindible para ser comprendido. Y, las excentricidades es ese apasionamiento por las macropropuestas en programas, en políticas de Estado y en inversiones y hablan en términos que el cerebro del elector no puede procesar, llegando a un estado de inanición, porque no entiende o, si entiende, no escucha. Estos errores fácilmente pueden causar la desconfianza hasta en sus propios copartidarios. La falta de confianza se puede convertir en el punto de partida relevante en un círculo donde hay grietas y donde fácilmente se puede caer en ellas y hundirse hasta el fondo, llevándose consigo todo el entramado doctrinario ya existente.

Cuando la comunicación no ha sido efectiva y mucho menos de cercanía entre copartidarios suelen suceder cosas que a la larga afectan de sobremanera el triunfo de unas elecciones. Solo un milagro puede hacer que cambie el rumbo de las situaciones adversas. Para ello, hay que despojarse de actitudes ‘yoistas’. Creerse el primero, donde no hay segundos, pero sí hay segundones, aduladores. Más allá de la actitud o personalidad del aspirante, me refiero a lo que siente la gente cuando tiende a verlo más lejos y más difícil de alcanzar. Su arquitectura física se ubica en lugares altos, en corredores de acceso restringido. Su agenda generalmente es muy mal administrada. Siendo el tiempo escaso por definición, sin espacio para las cosas importantes, que en realidad son pocas y la de mayor importancia entre sus copartidarios y el pueblo, los principales actores de su campaña.

El cerebro tiene sus trampas. No importa lo inteligente, bueno y bien intencionado que sea. Cuando se está en situación de poder, en el cerebro se activan algunas zonas primitivas. Zonas que pueden hacer que el poder se vuelva adictivo. O, que se piense se es para siempre. O, que se tenga una peligrosa sensación de dominio. Y, habrá de cuidarse del entorno humano: familiares, amigos, copartidarios cercanos, asistentes, jefe de campaña, colaboradores; en fin, de todo aquel que busque protegerle, aislarle, y casi sin quererlo le van construyendo alrededor una espesa capa de lenguaje y de silencios. Y es así como se va construyendo una jaula invisible. Un encierro. Como el de Pamplona. Solo que quien está en la cima no ve venir los toros. Y cuando los ve venir, pues cree que va a poder lidiar con ellos. ‘Que no, que no es para tanto, que esas cosas no me pasan a mí. Que estoy preparado para dar la batalla. Que ninguna jaula, que ningún cerco. Que nada’. Y, aparece en los medios confiado y feliz. Y allá vienen los toros. Bravos. Dispuestos a embestir. Puedes imaginar el final. Porque tarde o temprano hay un final. Y de repente estás más solo de lo que imaginas. ¿Es inevitable que el candidato viva en una jaula? Sí. Sí, pero lo único que puede salvarlo es tener conciencia de la existencia de esa jaula. Verla. Palparla. Olfatearla. Entenderla. Abrirla. ¿Te cuesta abrirla? ¿Cuál es la llave, la clave, el código? La respuesta a todas esas preguntas es idéntica: comunicación. Comunicar no es solo emitir mensajes, sino también escuchar.

La mayoría de los políticos escucha a los otros políticos y se olvida de la gente de la calle y de la base de su propio partido, que es el alma y cuerpo de todo colectivo. Y escucha a su círculo más íntimo, el cual muchas veces le construye con palabras bonitas una realidad virtual ajena a la otra realidad. Los políticos ensimismados ven lo que quieren ver, lo que cierra y calza con sus prejuicios, lo que sirve a sus estrategias. Ven solo su mundo en su circuito interno.

Una campaña es una batalla comunicacional. Una batalla con comienzo, desarrollo y fin; y, para trabajar en sintonía con el cerebro del votante necesita del pueblo, que somos todos, como un pez necesita del agua. Debe darle sentido a la realidad, para construir significados. En última instancia, la realidad está siempre llena de contradicciones, de complejidades, de zonas difusas, de opacidades, hasta de hipocresías.

Formatea lo malo de esa realidad. De lo malo se aprende. Debes compartir la historia de tu partido, de su doctrina, de su gente. Magnetiza, atrae y captura la atención del cerebro de todos. Pero eso sí, debes hacerlo fuera de esa jaula.

ESPECIALISTA DE LA CONDUCTA HUMANA.