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02 de Dec de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Ética política

La convocatoria de la Iglesia Católica de abrir un proceso electoral con un conjunto de reglas que posibilitaran un torneo sin los extre...

La convocatoria de la Iglesia Católica de abrir un proceso electoral con un conjunto de reglas que posibilitaran un torneo sin los extremismos en las actividades y los discursos políticos, fue la ocasión para un intercambio de opiniones y un diálogo sobre el comportamiento de las colectividades, los medios de comunicación y de la población en función de seleccionar a quienes encabezarán el Estado en la próxima administración.

El centro del debate descansa en ponerse de acuerdo sobre cómo será el contenido de los enfrentamientos a través de los múltiples canales que ahora brinda la tecnología. Para algunos, sobre el carácter de las campañas y para otros, la noción de verdad. Esta diferencia es la que ha hecho que no sea unánime la adscripción al pacto ético electoral.

En política es difícil obtener un consenso sobre los conceptos y sus usos. Sobre todo si no se cuenta con un conjunto de principios que la sociedad haya aceptado previamente y que defina el comportamiento de los actores de ese proceso que implica el actuar de la población para suscribir un documento, que encerrará un programa de trabajo para un Gobierno y que éste lleve al país por un derrotero próspero.

¿Cuál es el panorama que debe esperar la ciudadanía para el próximo periodo de elecciones? Habría que mirar posiblemente hacia atrás y preguntarse si en alguna ocasión los protagonistas de un ejercicio electoral han respetado sus palabras, acuerdos, limitaciones y si han definido esas reglas que conduzcan a un clima adecuado, exento de violencia y atentados contra las libertades civiles.

Cada vez que en los últimos años se ha propuesto hacer un pacto, una o ciertas fuerzas en pugna, se oponen y por tanto, eximen de involucrarse y sentirse obligadas a actuar con los debidos frenos y evitar desbocarse. En una sociedad de sangre tan caliente, tropical y caribeña es difícil mantener un criterio objetivo, amplio y tono respetuoso en el tratamiento de los pares en la contienda.

Aunque el Tribunal Electoral de Panamá ha avanzado a un nivel que hoy es un ejemplo para otros países; pues vienen a observar y piden consultoría a sus colegas panameños sobre cómo dirigir elecciones y mantener la confianza hacia la institución por su independencia, capacidad, transparencia y rectitud, quizás haya un débil saldo en la formación ética de las agrupaciones que participan en esta realidad.

¿Qué es el otro y qué representa en su condición de candidato opuesto? ¿Cuáles son las acciones que permite un código de principios y cuáles son las que están vedadas? ¿Cómo se ‘ataca’ una candidatura contrapuesta? ¿Con alegatos desde la perspectiva del discurso dialéctico o con la anulación de la imagen del ‘enemigo’ por cualquier vía? ¿Qué es lo que necesita saber la población sobre mi programa y el contrario?

El más delicado asunto en el manejo de la campaña es alcanzar la sinceridad, sin ser ingenuo o falso. ¿De qué manera se construyen las propuestas políticas; son ellas una radiografía participativa de las condiciones de las comunidades y los diferentes grupos de la nación o constituyen una lista telegráfica de municiones para consignas que atenúan y alienan la conciencia y reflexión de la masa?

El próximo periodo electoral se nos ha caído encima y queda poco tiempo para analizar en relación al carácter ético que encierra esta etapa y que supone mirar lo que ha pasado, nuestras necesidades reales y culminar una agenda que no constituya una oportunidad para soltar el fantasma del clientelismo, sino la oportunidad para un crecimiento político y social frente a retos propios de estos tiempos.

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.