16 de Ago de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Felicidad interna bruta

En algún momento del proceso evolutivo cuando el cerebro del género Homo creció lo suficiente para surgir al juicio crítico y el pensami...

En algún momento del proceso evolutivo cuando el cerebro del género Homo creció lo suficiente para surgir al juicio crítico y el pensamiento abstracto, debió dar inicio a las preguntas filosóficas fundamentales: ¿Quiénes somos? ¿Qué hemos venido a hacer en este mundo?

Esas preguntas quedaron grabadas hace aproximadamente seis mil años, cuando se inventó la escritura y todavía se siguen formulando, sin encontrar una respuesta que satisfaga las inquietudes de todos. Lo que considero esencial, tan esencial que parecería una pregunta tonta, es si los humanos aparecimos en el escenario terrestre para disfrutar o para sufrir. Los estudios antropológicos señalan que los cazadores recolectores, que poblaron la tierra desde hace 250,000 años y que se desplazaban en grupos nómadas, sin estado y sin jerarquías sociales, eran felices. Su preocupación era la búsqueda de alimentos, que resolvían solidariamente. Eran seres libres e iguales, hasta hace cinco mil años, cuando fue creado el estado por una clase social que se arrogó el derecho de gobernar, de diferentes modos hasta la actualidad. Una clase es libre y feliz; la otra sufre la enfermedad de la libertad, porque la perdió, como también perdió la felicidad.

En el Himalaya hay una ciudad de 700,000 habitantes llamada Bután que apareció en el mapa político mundial el 2 de junio de 1974, el día de la coronación de su joven monarca de apenas 18 años de edad, Jigme Singye Wangehuck, quien dijo que ‘la felicidad interna bruta es mucho más importante que el producto interno bruto’. A simple vista, esto parecía una quimera o, a lo sumo, buenas intenciones en un mundo tan materializado y consumista, como es el occidental, acostumbrado a medir progreso solo con cifras; o dicho con más precisión: con crecimiento económico.

Podemos decir que Bután tiró la primera piedra en el camino hacia la democracia absoluta. No es eso exactamente lo que persigue, pero habla de cuatro premisas básicas: promoción del desarrollo socioeconómico sostenible, preservación y promoción de valores culturales, conservación del ambiente y establecimiento de un buen gobierno. La pregunta que surge es: ¿Se puede medir? Recordemos que desde 1950 se está aplicando en varios países el Índice de Progreso Real, que sirve para determinar el desarrollo económico y el progreso social de un país. Caminando en esa dirección se define lo siguiente: salud física, mental y espiritual; educación; cuidado del ambiente; relaciones sociales; justicia; seguridad; satisfacción laboral, etc.

Se trata de un tema que está tocando las puertas a varias organizaciones internacionales, porque como vamos, vamos mal. Se necesita un cambio radical en la organización de la humanidad. Sabemos que los amos del mundo y sus gobiernos satélites establecidos en la mayoría de los estados nación, no van a aceptar que se mida la felicidad interna bruta, cuyos resultados a priori saltan a la vista; pero tiene que ser una exigencia de todos nosotros obligarlos a incluir ese parámetro dentro de los índices rutinarios de medidas socioeconómicas.

*MÉDICO Y ESCRITOR.