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25 de Oct de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Medio siglo dando batalla

Nunca pensé que cuando en 1963 barría los pasillos de las oficinas del Partido Demócrata Cristiano en el viejo chalet de la avenida Perú...

Nunca pensé que cuando en 1963 barría los pasillos de las oficinas del Partido Demócrata Cristiano en el viejo chalet de la avenida Perú, llegaría el día que sumaría medio centenario de años de vida política.

Allí mirábamos a los dirigentes de la talla de José Antonio Molino y Antonio González Revilla, como prohombres que se embarcaban en la lucha democrática a sabiendas de que, ante lo que se vivía, era poco probable que un partido doctrinario recién fundado, basado en la ética y el respeto a la justicia social pudiese tener futuro a corto plazo.

Por eso decían que todos cabíamos en un pequeño Volkswagen.

Para esa época las fuerzas políticas se debatían entre el caudillismo de Arnulfo Arias y sus huestes, y los liberales, tipos rudos y pragmáticos que hacían cualquier cosa para mantenerse en el poder. La Democracia Cristiana se presentaba ante la vida nacional como alternativa frente al tradicionalismo imperante. Profesionales de diferentes ramas, dirigentes obreros curtidos, empresarios renovadores y fogosos líderes estudiantiles, fueron la inspiración a los más jóvenes que nos iniciábamos en el partido.

Años de aprendizaje, de luchas, de persecuciones por los políticos criollos, de carencias económicas, porque éramos un partido sin dueños; dábamos sin esperar nada, porque nada era posible prometernos. En aquellos tiempos hablar de justicia social era peligroso y por eso nos decían que éramos como la sandia: verdes por fuera y rojos por dentro o sea comunistas disfrazados. Teníamos presencia en la mayoría de Latinoamérica y poco a poco la comenzamos a tener en nuestro país, hasta convertirnos en 1989 en el partido más votado de esas elecciones.

En este medio siglo participé en la gesta del 9 de Enero, fui a la cárcel en tres ocasiones, tanto por liberales como por militares. Fui dirigente estudiantil de la Universidad de Panamá. Demoré casi nueve años para graduarme de abogado por el cierre de la Universidad por los golpistas, a quienes combatimos desde el mismo 11 de octubre del ‘68. Estuve en las lides periodísticas como columnista de diferentes diarios, en radio y televisión. Fui diputado (legislador) en dictadura (84-89), con mucho peligro y riesgos, y en democracia (90-91), cuando serlo proporcionaba prestigio y reconocimiento ciudadano. Fui alcalde de la ciudad capital por 15 meses después del 20 de Diciembre y su reconstrucción nos animó a muchos.

En esos 50 años son múltiples los recuerdos que quedan. Las lides estudiantiles en la Universidad, los 17 años consecutivos en la dirección del PDC, ya como secretario general o vicepresidente. Los viajes realizados para denunciar la dictadura que padecíamos. Los nueve años de propuestas en la Asamblea Legislativa. Los 15 meses al frente de una ciudad bastante destruida por la invasión. Fuimos políticos de tiempo completo promoviendo la justicia social, el respeto a la dignidad nacional y el combate a la corrupción. Servimos a la Universidad de Panamá como docente con esos mismos principios por 33 años seguidos. En los tres años y medio que ejercí como representante panameño ante la OEA llevé a los foros internacionales el compromiso de tantos años de militancia ciudadana.

Los sacrificios existieron, sobre todo en dejar a un lado el lucro personal por dedicarnos a la política sin esperar nada a cambio. Pero sobre todo postergando el cuidado y la atención de la familia, poniéndola en ocasiones en segundo lugar ante los requerimientos del país. Eso sería de lo que único que tendría que lamentarme en haber tomado ese camino.

No me arrepiento de lo que hice; me queda la satisfacción del deber cumplido. Espero que en los años que el Señor me tiene aún guardados pueda seguir sirviendo al país en las capacidades que de mí se requieran, aunque espero que la primera línea la ocupen quienes por su juventud tienen más bríos, más energía y deben también servir a su país.

Panamá, el momento así lo exige, requiere del concurso de sus mejores hombres; de políticos honestos que den testimonio de que por el país se debe dar todo sin esperar recibir absolutamente nada.

ABOGADO Y CATEDRÁTICO.