Temas Especiales

31 de Mar de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Kennedy... ¡ni santo ni ogro!

Con el correr de los años las imágenes de aquellas figuras, hoy históricas, quienes, aunque brevemente, se adueñaron de nuestra imaginac...

Con el correr de los años las imágenes de aquellas figuras, hoy históricas, quienes, aunque brevemente, se adueñaron de nuestra imaginación, tienden a convertirse —dependiendo de nuestra proclividad ideológica, en ‘santos’ u ‘ogros’. Además, en cuanto más transcurre el tiempo entre su instancia en la pantalla pública y nuestra memoria histórica, más alejada de la realidad es, generalmente, la imagen que de ellos pintamos. Tal es el caso, opino, con la figura de John F. Kennedy.

Hoy, al conmemorarse 50 años desde su asesinato, muchas de las incógnitas que surgieron han perdido su urgencia y vigencia, siendo reemplazadas por un aura de romanticismo y deificación que, para muchos quienes compartimos aquel espacio histórico, tiende a ofuscar y distorsionar su persona.

Creo que fue Napoleón quien comentó —y parafraseo, ‘la historia es un compendio de mentiras que los hombres han aceptado como verdad’. Kennedy no fue un Simón Bolívar ni un ‘Rey Arturo’; no fue la figura romántica que hoy muchos ‘adoran’ y añoran. Kennedy fue un político pragmático, sin disposición a arriesgarse en aras de una visión, como lo fue su hermano Bobby. Algunos lo llamarían ‘oportunista’.

Comparto algunas observaciones: Bendecido por el poder político y económico de su padre; héroe naval, elocuente, atractivo, lógico era que pocos dudaban de que llegaría a ser presidente. Su gran obstáculo... ¡era católico! y la población norteamericana temía que Kennedy sería marioneta del papa.

En 1967 conocí a Harris Wofford, quien fungía como presidente del ‘College of Old Westbury’ —parte del sistema universitario del Estado de Nueva York y autor del libro ‘Of Kennedy’s and Kings’. Luego llegaría a ser senador federal por el Estado de Pennsylvania.

Wofford me había empleado como director de ‘Asuntos Urbanos’ y conjuntamente enseñábamos un seminario. Años anteriores, Harris había sido director del ‘Peace Corps’ en Etiopía y muy allegado a Kennedy. Fue él quien como asesor lo convenció de que llamara a ‘Daddy’ King —padre del Dr. King, para consolar a Coretta King, ya que su esposo estaba encarcelado. ‘Daddy’ King era presidente de la ‘Southern Baptist Conference’ —tal vez la organización de protestantes más influyentes y poderosa en el Sur del país. Kennedy llamó a ‘Daddy’ King y este, movido por el gesto, instó a la conferencia a que apoyara a Kennedy. El resto es historia, porque uno de los elementos cruciales en su elección fue el voto negro sureño.

Existe la tendencia de atribuirle el triunfo del movimiento por los derechos civiles a Kennedy, pero la realidad es otra. Lyndon Johnson, y no Kennedy, fue quien, como presidente usó cuantos trucos políticos para torcerle las manos a los demócratas sureños y pasar la legislación de 1965. Kennedy, si nos acordamos, estaba en contra de la Marcha en Washington, temiendo que soltaría una oleada negativa de los ‘Dixiecrats’, obstaculizando sus planes para la nación. Por ende, no permitió que John Lewis, líder estudiantil, hoy congresista, pronunciara su discurso de barricada. También fue JFK quien aprobó la invasión de Cuba.

Estas palabras no las comparto para restarle méritos ni negarle su posición de prominencia histórica... al contrario, reconozco sus logros y opino que su muerte fue producto de una conspiración que tuvo como autor intelectual a J. Edgar Hoover y su FBI, en combinación con aquellos elementos ultraderechistas, quienes temían que Kennedy con su carisma alteraría por siempre la dirección política del país. Pienso, por la misma razón, que el presidente Obama debe cuidarse.

Opino que no debemos convertir en dioses a seres mortales; pues, como tales, todos cometemos errores. Ha habido y habrá en el futuro hombres y mujeres dispuestos a sacrificarse por el bienestar de la humanidad. A ellos los debemos abrazar y darle gracias al Creador por su existencia, pero no transformarlos en dioses. Con tristeza y orgullo tengo en mente la imagen del hijo de Kennedy, saludando al ver pasar el cortejo fúnebre de su padre.

ESCRITOR Y DOCENTE UNIVERSITARIO.