A caballo, Ubaldino llevó alimentos a una comunidad incomunicada

Desde el albergue de Torio, Ubaldino veía los deslizamientos que dejó el terremoto. Preocupado por sus compadres y vecinos, ensilló a Canelo y recorrió caminos dañados para llevar seis bolsas de alimentos a las familias de Zapotal y Torio Arriba. Días después, un helicóptero llegó a la zona con ayuda

Ubaldino Ramos es un hombre de la montaña. Conoce sus caminos, sus pendientes y los peligros que forman parte de la vida en el campo. Sabe cuánto puede tardar un recorrido a caballo y cuándo el terreno obliga a avanzar con cuidado. Durante años transitó por esos senderos, ligados a su historia familiar y a su trabajo. Pero el terremoto del viernes 9 de octubre cambió lo que conocía.

Desde uno de los albergues en Torio, donde buscó refugio junto con su esposa y su nieta, observaba las laderas. Los deslizamientos dejaron cicatrices visibles en los cerros, señales de la fuerza con que tembló la tierra en el área de Mariato, en la provincia de Veraguas.

A las 12:56 de la tarde, un sismo de magnitud 7,5, con epicentro en La Pitaloza, provincia de Herrera, sacudió la región. Después del movimiento, las grietas y los derrumbes alteraron los caminos que conectaban a las comunidades. Desde el albergue, Ubaldino podía ver parte de los daños, pero no sabía cómo estaban sus compadres y vecinos de Zapotal y Torio Arriba.

Los caminos afectados por el terremoto dificultaron el acceso a comunidades apartadas de Mariato, en Veraguas. Ubaldino conocía la ruta y decidió llegar hasta sus vecinos montado en Canelo.

La incertidumbre lo acompañaba. En Zapotal tenía una pequeña finca cuyo estado también desconocía. Mientras esperaba noticias, pensaba en las familias que vivían montaña adentro y que podían tener dificultades para conseguir alimentos.

Una madrugada despertó con esa preocupación. Habló con su esposa y le explicó que debían hacer algo por aquellas personas.

“Mira, tenemos que hacer algo por esa gente porque somos seres humanos igual que todos”, le dijo.

La frase resume el motivo de su decisión. Ubaldino no tenía maquinaria para despejar los caminos ni recursos para atender a toda una comunidad. Pero conocía la ruta y tenía a Canelo, su caballo. Con lo que pudo reunir, intentaría llegar hasta sus compadres.

Seis bolsas

Ubaldino se comunicó con Manuel Camarena, quien estaba en el refugio, para organizar la ayuda. Pensaba en su compadre Ramiro y en otras familias de las comunidades apartadas. De ellas no se sabía mucho, y las dificultades para llegar hasta sus viviendas aumentaban la preocupación.

En las comunidades apartadas, la solidaridad de los vecinos fue importante para afrontar los primeros días posteriores al terremoto.

Reunió seis bolsas de alimentos. Era lo que tenía a su alcance para compartir con quienes necesitaban ayuda. No se trataba de un cargamento capaz de resolver la emergencia, sino de una contribución concreta para personas a las que conocía.

El lunes 12 de octubre, tres días después del terremoto, ensilló a Canelo por la mañana, acomodó las bolsas y tomó rumbo a Zapotal.

En condiciones normales, el trayecto le tomaba alrededor de una hora y media a caballo. Esta vez necesitó cerca de tres horas. Las grietas, los derrumbes y los tramos afectados por el terremoto exigían más cuidado. La ruta que conocía desde hacía años ya no ofrecía las mismas condiciones.

El Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá identificó 2.351 deslizamientos asociados al terremoto mediante el análisis de imágenes satelitales. La cifra dimensiona el impacto del sismo sobre el terreno. Para quienes vivían en comunidades apartadas, cada derrumbe representaba una dificultad para desplazarse y recibir asistencia.

Ubaldino no necesitaba un informe para entenderlo. Lo encontraba en el camino que debía recorrer para llegar hasta sus vecinos.

El abrazo de su comadre

Cuando finalmente llegó a Zapotal, su comadre lo recibió con un abrazo. Hubo lágrimas. Después de días de incertidumbre, verlo aparecer montado en Canelo significó mucho para quienes esperaban noticias y ayuda.

“Una cosa es contar y otra es que ustedes hubieran visto la alegría de esa gente cuando yo llegué en mi caballo a llevarles algo”, relató.

El encuentro le confirmó que el viaje tenía sentido. Las seis bolsas no podían resolver las necesidades de toda la comunidad, pero llevaban alimentos y permitían conocer de cerca la situación de las familias. Su llegada también rompió, por un momento, la incertidumbre de quienes no sabían cuándo podrían recibir ayuda.

Ubaldino observó los daños que afectaban los accesos. La tierra se había desprendido en distintos puntos y algunos pasos exigían mucha precaución. Llegar hasta las familias era solo una parte del problema; restablecer el tránsito por aquellos caminos requería otros recursos.

1. Los deslizamientos dejaron huellas visibles en las montañas de Mariato, donde varias comunidades quedaron con dificultades de acceso tras el terremoto.

Aun así, aquel día pudo encontrarse con sus compadres, entregar los alimentos y escuchar sus necesidades. Lo que más recuerda no es la duración del recorrido, sino la emoción de su comadre cuando lo vio llegar.

Segundo intento

Ubaldino regresó al campamento donde estaba con su familia y el resto de la comunidad de Torio, con la intranquilidad de que la ayuda que había llevado era insuficiente.

Al día siguiente volvió a agarrar su caballo para llevar más alimentos, pero había llovido y el camino se tornó más peligroso. Al intentar cruzar un río crecido, sintió que Canelo comenzaba a hundirse.

“El río está muy peligroso. Yo traté de cruzar y sentí que el caballo se me iba hundiendo y vámonos para atrás mejor”, contó.

Tuvo que volver sin poder entregar la ayuda a sus compadres y al resto de la comunidad de Zapotal. Para Ubaldino, conocer la montaña no significaba poder controlar sus condiciones después del terremoto. También era consciente de que ayudar exigía reconocer cuándo no era seguro seguir.

Canelo era fundamental para sus desplazamientos por la zona, pero no podía exigirle atravesar un cauce que comenzaba a hundirlo. En aquella ocasión, regresar fue la decisión más prudente.

Las familias de Zapotal enfrentaron días de incertidumbre por los daños en los caminos y las dificultades para recibir alimentos.

La nieta que cumplió tres años en el albergue

Mientras Ubaldino pensaba en las familias aisladas, su esposa y su nieta permanecían en el albergue de Torio. La pequeña, a quien él llama sus ojos, cumplió tres años durante aquellos días.

El terremoto sorprendió a la familia alrededor del mediodía del viernes. Ubaldino estaba con su esposa, la niña y un peón cuando la tierra se sacudió. Sus hijos, Giovanni y Yuri, acudieron a rescatarlos. Después, por temor a las consecuencias del sismo, buscaron refugio en el albergue.

El cumpleaños de la niña llegó lejos de su casa, mientras la familia enfrentaba la incertidumbre sobre lo ocurrido en la región. No hace falta imaginar una celebración para comprender el contraste: la pequeña cumplió tres años en un albergue, y su abuelo, aunque también tenía motivos para preocuparse por los suyos, decidió salir en busca de quienes necesitaban ayuda.

La preocupación por su familia y la solidaridad con sus vecinos convivían. Ubaldino no dejó de pensar en su esposa y su nieta; tampoco pudo ignorar la situación de las personas que seguían aisladas.

Al hablar de lo que se necesita para afrontar una situación como aquella, expresó una convicción sencilla:

Canelo fue el compañero de Ubaldino en el recorrido hacia Zapotal. Las grietas y los deslizamientos hicieron más difícil un camino que antes transitaba con regularidad.

“Uno tiene que tener fe sobre todo. Y valentía”.

El sexto día, el helicóptero llegó a Zapotal

Durante el sexto día posterior al terremoto, Ubaldino vio llegar un helicóptero con ayuda al albergue donde permanecía su familia. En una segunda vuelta, la aeronave sobrevoló la zona y llegó hasta Zapotal con suministros.

Ese mismo día, La Estrella de Panamá también llegó a la comunidad y pudo acercarse a la situación de las familias. La llegada de la aeronave representó otro paso en el esfuerzo por llevar asistencia a un lugar donde los daños en los caminos complicaban el acceso.

La ayuda aérea podía transportar suministros hasta sectores difíciles de alcanzar por tierra. El viaje de Ubaldino había ocurrido cuatro días antes, con Canelo y seis bolsas de alimentos. Fueron esfuerzos distintos en alcance y recursos, pero ambos forman parte de la historia de cómo la ayuda llegó a una comunidad afectada por el aislamiento.

Ubaldino no provocó la llegada del helicóptero ni podía sustituir una operación de asistencia. Su aporte fue más cercano y limitado: reunió alimentos, recorrió un camino difícil y se encontró con personas cuya situación le preocupaba.

Una finca que todavía espera

La relación de Ubaldino con Zapotal comenzó mucho antes del terremoto. Su padre llegó a aquellas montañas en busca de tierras, cuando la vida rural exigía abrir terreno y trabajar con las herramientas disponibles. Ubaldino lo acompañó desde los 13 o 14 años y ayudó a despejar la tierra con machete y hacha.

Con el tiempo, ese lugar se convirtió en parte de su historia familiar. Por eso, no poder llegar hasta su pequeña finca después del sismo también significaba quedarse sin respuestas sobre un terreno que conocía desde la adolescencia.

“Todavía no podemos llegar hasta allá donde tenemos la finquita”, dijo.

La incertidumbre persiste. Ubaldino logró llegar hasta sus compadres, pero todavía necesita saber qué ocurrió con su propiedad. La montaña guarda una parte importante de su historia, y regresar depende de que las condiciones permitan el acceso.

Lo que pudo llevar

Los daños en el terreno evidenciaron la fuerza del terremoto que sacudió el occidente del país y afectó varias comunidades de la península de Azuero y Veraguas.

A sus 56 años, Ubaldino no podía reparar los caminos ni garantizar que todas las familias recibieran asistencia. Tampoco podía cruzar un río cuando el agua amenazaba con hundir a Canelo. Lo que sí pudo hacer fue reunir seis bolsas de alimentos y emprender el viaje hasta Zapotal.

El abrazo de su comadre y sus lágrimas quedaron entre los recuerdos más fuertes de aquel recorrido. Para él, esa reacción expresó lo que significaba llegar hasta una comunidad que necesitaba ayuda. Una ayuda que llegó primero de las manos de Ubaldino, a caballo, y que, aunque limitada, tuvo su complemento seis días después, cuando también llegó por aire.

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