En Cúcuta, principal paso fronterizo entre Colombia y Venezuela, la tensión por el despliegue militar de Estados Unidos en aguas del mar Caribe parece...
- 21/06/2009 02:00
PANAMÁ. Vive en un tiempo que no cuenta. Arcadia Santos no sabe cuántos años tiene. Sabe que es una darienita de Majé, quien se refugia en un cuarto que le da un conocido en Curundú. “No me gusta vivir ahí”, habla con un español roto.
La señora no sale de su casa sin un vaso de “foam”, y su camisa tiene un bolsillo cosido por ella misma, para ir pasando las monedas que le echan desde cierta distancia prudente.
El viaje hasta La Peatonal de la Central, lo hace a pie. Sale a las 5:00 a.m. y a las 8:00 a.m. ya está sentada frente a las vitrinas de una financiera. A menos que caiga la lluvia no se mueve de allí.
Todas las mañanas Arcadia ve pasar la gente como hormigas. “Van subiendo”, comentó. Su recolecta, el día que la entrevistamos había sido baja, a penas dos dólares”. Cuando era niña le enseñaron a trabajar las figuras de madera. Hoy día eso es tiempo pasado. Muestra los brazos con venas a punto de reventar. “Estoy para morirme”, resumió.
En medio de la charla, alguien le trajo un café. “¿No tiene sin leche?”, preguntó ella. La persona regresó al restaurante más cercano a comprar otro. Entre los sorbos me preguntó qué habrá sido ese edificio en ruinas que tiene al otro lado de la calle. Parece un hotel que luego de la invasión de 1989 no hospedó a ningún cliente, le contesté.
Es viuda, su esposo se murió de una “brujería” en Darién, explicó. Entonces buscó mejores días en la capital la cual no conocía bien. Dijo tener un hijo en Majé, que no se interesa por ella.
Lo que le dan en la calle sólo alcanza para guineos y pollo, decía cuando en eso pasó, un carro de raspa’os chorreando agua y música: “son caros, antes costaban 25 centavos, ahora 35”. En la queja se acomodó en la dureza del piso.
La incomodidad también le viene de la gente y reniega: “vienen muchos a dar consejos y no dan nada”. Quizás lo dijo por mí. Así siguieron los parroquianos, sin siquiera mirarla.
Al día siguiente regresé por la fotografía y el humor de Arcadia no era el mismo. Preguntó si era para que la Alcaldía se la llevara. Al final cedió, tuve que empeñar mi palabra.