LA INFANCIA FRENTE AL CÁNCER

‘El cáncer no me define’: crecer, resistir y sonreír en medio de la enfermedad

  • 12/05/2026 22:45
Diana Mosquera tenía 14 años cuando el cáncer irrumpió en su vida y sacudió a toda su familia. La enfermedad trastocó temporalmente su juventud. Su historia, como las de Yoshua y Arturo, refleja la realidad silenciosa de niños y adolescentes en Panamá, que no escogieron su destino, pero sí decidieron luchar, inspirar y vivir

Vestía pantalón blanco, zapatillas deportivas y una camisa de rayas azules. A simple vista, parecía un atuendo casual para una entrevista, pero la elección guardaba un propósito: el azul, confiesa, le transmite paz.

Esa fue la antesala de una conversación distinta en la redacción de La Estrella de Panamá. La calma y la gratitud caminaban con ella.

Diana Mosquera, la joven que venció al cáncer, desprende un aura serena que no se improvisa; se construye tras atravesar la tormenta.

-“Si pudiera definirme con una sola palabra, diría que soy resiliente”.

Lo dice sin dudar. A sus 18 años, habla desde un lugar que no corresponde a su edad , sino a su experiencia vital. Su voz es pausada, como si cada palabra hubiera sido pulida antes de salir. “Trato de no pensar que es el fin del mundo. Respiro y busco una solución”. Así es ella ahora y, sorprendentemente, así fue siempre.

El rompecabezas de un diagnóstico

A los 14 años, el silencio se instaló en su vida. Cuando aparecieron los primeros síntomas, Diana solo sabía que algo no marchaba bien. “Nunca imaginé que fuera cáncer”, admite. En su mente adolescente, el proceso sería simple: ir al médico, recibir pastillas y volver a casa. La realidad dictó otra sentencia.

Su mente recreó un escenario cercano a su vida cotidiana y a sus deseos juveniles: ir al médico, recibir pastillas, volver a casa y nada más. La historia siguiente sería otra.

“Se sintió algo en el abdomen... y ahí fue que salió que tenía un tumor”, reseñó la madre de Diana en una entrevista cargada de emociones y recuerdos.

Diana se sometió a seis sesiones de quimioterapia y a hospitalizaciones de cuatro o cinco días.

El diagnóstico llegó después de la operación. No fue una conversación directa. Fue un proceso. Diana vio a sus padres ser llamados aparte. Vio a su mamá llorar. Vio a su papá sentarse a su lado en completo silencio. “Se quedó ahí como unos cinco minutos sin decirme nada”, recordó la joven.

Luego vinieron las palabras, pero no completas. Al contrario fueron como un juego de rompecabezas: su padre tratando de no lastimar el corazón de su hija y Diana tratando de entender qué sucedía. “Te van a hacer unas terapias”, dijo el padre .

”No me dijo quimioterapia. No me dijo cáncer (...) Luego vi una doctora afuera que tenía su bata con cintas. Las cintas características de cáncer infantil. Ella se acercó y me dijo: ‘Hola, voy a ser tu doctora’. Y me dije: okay. Es cáncer”. Su aurora de paz se mantuvo firme. Su motor de lucha no retrocedió. Su poder de procesamiento parecía ignorar la lucha de su diagnóstico. Diana, seguía...

Su madre, entre lágrimas y sonrisas de orgullo, recuerda: “Yo pensé que se deprimiría, pero mostró una madurez increíble”. El diagnóstico oficial llegó el 18 de marzo de 2022: un teratoma inmaduro en el ovario izquierdo.

Entre silencios, lágrimas y sonrisas, la madre de Diana se convirtió en uno de sus mayores pilares durante la enfermedad.
El botón de pausa

El momento de shock llegó tarde. Diana tardó en procesar la noticia. Ingenuo, pero ese fue su mecanismo de defensa ante el diagnóstico que inquieto a su familia. “Dos semanas después de mi primera quimioterapia... se me empezó a caer el cabello”, evocó.

Ahí entendió. “Estoy enferma. Voy a pasar por un proceso difícil”.

Ese fue el momento en que todo cambió. Como si la vida hubiera tocado el botón de off. A partir de ahí, los días se volvieron distintos.

Seis sesiones de quimioterapia. Hospitalizaciones de cuatro o cinco días. Tratamientos ambulatorios. Meses enteros entre salas, doctores, medicamentos y cansancio.

“Había días malos y días más malos”, relata Diana en un tono grotesco. No quería comer. No tenía fuerzas. A veces no quería hablar con nadie.

Pero incluso en medio de eso, intentaba sostener algo de normalidad. “Trataba de seguir siendo yo dentro de mi normalidad”.

Hubo un momento que la marcó. Uno que todavía recuerda con total claridad. Estaba en una de sus peores etapas del tratamiento. Vomitaba todo. No tenía ánimo. Simplemente le costaba sacar sonrisas que en su interior no tenía. Pero la vida le continuaba diciendo: “sigue”.

En ese instante la vio. “Había otra niña... de tres años”. Era una pequeña que estaba conectada a la quimioterapia. Cantaba. Bailaba. Sonreía. “Eso a mí me devolvió absolutamente todo”.

Diana recibió su última sesión de quimioterapia el 28 de julio de 2022.
Impacto familiar y el bastón de lucha

El proceso no solo era físico. También era emocional. No solo era en Diana, trascendía a su círculo cercano: “Yo a todos los veía mal”.

Su mamá lloraba en silencio. Su papá intentaba ser fuerte. Su familia entera cargaba con el miedo de un diagnóstico difícil, y lleno de amargos y crudos pensamientos que atormentaban sus mentes.

Diana lo sabía. Por eso decidió sostenerlos aún cuando ella también se estaba cayendo por dentro. “Si ellos están mal y me ven intentándolo con una sonrisa... ¿qué va a pasar si yo me deprimo?”. Entonces sonreía.

El miedo también estuvo ahí. “No voy a mentir. Sí, llegué a pensar... tal vez pueda perder la vida”. Lo dice sin rodeos. Porque el cáncer no es solo un diagnóstico. Es todo lo que viene junto a él.

Pero incluso en medio de ese miedo, hubo algo que no soltó. “Luego voy a poder decir que vencí al cáncer”. Ese se convirtió en su bastón.

Finalmente el tratamiento terminó. “Tocar la campana fue... wow, lo logré”. No fue solo el final de un proceso médico. Fue el cierre de todo lo vivido. “Fue dar gracias... a los doctores, a los enfermeros... y a Dios”, expresa..

Pero la vida después del cáncer tampoco es igual. Regresar no es tan simple. “Sentía que mi vida estaba en pausa”, expresa Diana. Mientras otros avanzaban, ella tenía que empezar de nuevo. Volver a socializar. Volver a sentirse parte.

Fue muy difícil hasta que entendió que su proceso era distinto y no tenía por qué ir a la par de nadie.

Hoy, Diana habla desde otro lugar. Uno que no borra lo vivido, pero lo transforma. “El cáncer no me define, pero me enseñó muchísimas cosas”.

Actualmente, la joven de 18 años estudia Licenciatura en derecho y ciencias políticas, y escribe un cuento para niños y adolescentes que atraviesan una lucha similar a la suya. Con una finalidad clara: ‘que sepan que no están solos y que hay alguien que los entiende’.

Y si algo resume su historia, no es el miedo. Es la forma en que decidió enfrentarlo.

- “Es normal sentir miedo... lo importante es no dejar de sentir, de vivir y de sonreír”.

El vínculo que trasciende la quimioterapia

En la sala de quimioterapia, el papel de enfermería va mucho más allá de administrar un tratamiento. Son quienes permanecen al lado del niño durante todo el proceso, quienes conocen sus reacciones, sus miedos y también sus silencios.

Estamos 24/7 con ellos”, explica Miss Gloria, enfermera oncóloga del Hospital del Niño Dr. José Hernán Esquivel, describiendo una labor que combina precisión técnica —desde canalizar venas frágiles hasta vigilar medicamentos altamente irritantes— con un acompañamiento emocional constante.

En un entorno donde hay pacientes que entran sonriendo y otros que llegan llorando desde la puerta, la atención se vuelve profundamente personalizada: juegos, palabras, distracción y cercanía para hacer más llevadera la experiencia.

Ese vínculo, inevitable con el tiempo, también deja huellas. Miss Gloria recuerda a un niño que conoció al inicio de su carrera, con quien construyó una relación marcada por cartitas, visitas y pequeños gestos de cuidado. Aun fuera de turno, regresaba a verlo.

Un mes después de que el niño volvió a su comunidad, supo que había fallecido.

Enfermera oncóloga del Hospital del Niño.

Lloré días”, confiesa con la cercanía de quién conserva los mejores recuerdos de alguien que físicamente no volverá pero que sí vivirá en su corazón por siempre.

Ese fue su primer duelo. Pero también, asegura, fue una lección que no olvidará jamás: incluso en medio del tratamiento, ese niño nunca dejó de sonreír.

Las historias de valentía que no aparecen en los reportes médicos

En Panamá, cada año se diagnostican alrededor de 167 nuevos casos de cáncer infantil, una cifra que, lejos de disminuir, refleja también que hoy más niños están logrando llegar a tiempo a un diagnóstico.

De ese total, el 40% corresponde a leucemias, pero el otro 60% son tumores sólidos, como el que enfrentó Diana: enfermedades que crecen en silencio, en órganos, huesos o tejidos, y que muchas veces tardan más en ser detectadas.

Las historias de Yoshua, Arturo y Diana no son aisladas. No llevan el cáncer como única similitud. Son historias de lucha, de amor y de esperanza. Realidades silenciosas de niños y adolescentes en Panamá. Con esta entrega especial, que constó de tres partes, este diario mostró la humanidad y las murallas que los sostienen. Desde la propia voz. Desde el testimonio único de un paciente que no escogió su destino, pero que sí decidió continuar, inspirar y vivir.

Lo Nuevo