El silencio que dejaron las balas frente a la Escuela Bilingüe El Japón

  • 19/06/2026 00:00
La comunidad educativa enfrenta el duelo por la muerte de una estudiante de 10 años alcanzada durante un ataque armado

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A las afueras de la Escuela Bilingüe El Japón, en La Locería, el día después no se parecía a un día cualquiera.

La barbería ubicada frente al plantel estaba cerrada. También el local de tatuajes que funciona junto a ella. Las calles seguían abiertas, los autos continuaban pasando, pero el movimiento parecía distinto, más lento, más cauteloso. Como si el barrio entero estuviera conteniendo la respiración.

Detrás de algunas ventanas se intuían miradas discretas. Los vecinos permanecían dentro de sus casas y pocos estaban dispuestos a hablar sobre lo ocurrido apenas 24 horas antes, cuando una ráfaga de disparos acabó con la vida de una niña de apenas 10 años.

La mañana del jueves 18 de junio transcurrió bajo una mezcla de silencio, miedo e incredulidad.

La tragedia ocurrió el día anterior, a las 6:50 de la mañana: sicarios atacaron un vehículo en el que viajaba un hombre junto a la menor. Ambos murieron. La madre de la pequeña, quien también se encontraba en el auto, resultó herida y permanece estable tras ser trasladada a un centro hospitalario. El crimen ocurrió a escasos metros de la entrada de la Escuela Bilingüe El Japón, justo cuando estudiantes, docentes y padres de familia comenzaban a llegar para iniciar la jornada escolar.

Sin embargo, el impacto más profundo no quedó marcado en el pavimento ni en las cintas de seguridad que retiraron las autoridades. Quedó dentro de la escuela.

“En diez años aquí nunca había visto algo así”, contó una colaboradora del plantel que aceptó hablar bajo condición de anonimato, siguiendo recomendaciones de las autoridades por motivos de seguridad.

La mañana del ataque había comenzado como cualquier otra.

La educadora recordó que se encontraba compartiendo con varios estudiantes cuando escuchó lo que inicialmente pensó que eran “bombitas” en celebración del debút de Panamá en el mundial.

“Les dije a los niños: ‘Vamos a bailar’”, recordó.

Pero segundos después llegaron los gritos. Personas corriendo cuesta arriba. Voces desesperadas. Confusión. Sin entender todavía qué estaba ocurriendo, comenzó a pedirles a los estudiantes que buscaran refugio.

“Vayan adentro, protéjanse”, recuerda haber repetido una y otra vez.

Dos padres de familia la ayudaron a dirigir a los niños hacia zonas seguras mientras el caos se extendía afuera.

Todavía no sabía que una de sus estudiantes acababa de perder la vida. “Alguien me dijo: ‘La niña murió’. No entendía nada”, relató.

La noticia llegó fragmentada, entre rumores y llamadas telefónicas. Primero escuchó que una niña había sido alcanzada por los disparos. Después supo que era una estudiante de la escuela. Finalmente descubrió quién era.

Entonces lloró.

“Era una niña muy carismática, muy angelical, muy tierna, muy cariñosa”, recordó entre lágrimas.

La menor cursaba quinto grado y era una presencia constante en las actividades escolares. Participaba en la banda musical del plantel y también formaba parte de los programas artísticos desarrollados junto a la Fundación Danilo Pérez.

Según la educadora, era una de esas alumnas que siempre encontraba una razón para acercarse a saludar.

“Cada vez que pasaba venía a darme un abrazo o un besito”, contó. Mientras hablaba, la descripción parecía repetirse una y otra vez.

Angelical.

Tierna.

Noble.

Sonriente.

Como si quienes la conocieron estuvieran intentando aferrarse a esos recuerdos para comprender una pérdida que todavía parece imposible de aceptar.

El impacto fue tan profundo que el Ministerio de Educación activó inmediatamente su gabinete psicopedagógico para brindar apoyo emocional a estudiantes, docentes y familiares.

Las clases fueron suspendidas y se retomarán el próximo lunes 22 de junio, cuando especialistas desarrollarán talleres psicológicos dirigidos a la comunidad educativa.

Para las próximas horas también se ha convocado una marcha de blanco en memoria de la menor.

Mientras tanto, agentes de la Policía Nacional permanecen patrullando los alrededores del centro educativo, algunos en moto, otros a pie.

Al mediodía, cuando los estudiantes del turno matutino comenzaron a salir de clases, la zona recuperó algo de movimiento.

Los niños caminaban acompañados de sus padres. Algunos iban de la mano. Otros permanecían muy cerca de sus familiares. Quizá era una medida de precaución. Quizá una reacción natural después del miedo. Quizá ambas cosas.

Lo cierto es que la escena transmitía una sensación difícil de ignorar: la de una comunidad intentando proteger a sus hijos después de haber comprobado que la violencia puede irrumpir incluso frente a una escuela.

El caso también provocó reacciones en las más altas esferas del Gobierno.

Durante su conferencia de prensa semanal, el presidente José Raúl Mulino exigió la captura de los responsables y aseguró que el crimen no quedará impune. El mandatario también anunció medidas más severas dentro del sistema penitenciario, mientras las autoridades avanzan en las investigaciones para determinar quiénes ordenaron y ejecutaron el ataque.

Por su parte, el director de la Policía Nacional, Jaime Fernández, informó que las pesquisas apuntan a que el ataque estaría vinculado a una disputa entre estructuras criminales rivales. Según explicó, el objetivo principal de los sicarios era el hombre que viajaba junto a la menor.

Fernández detalló que el fallecido tenía antecedentes penales, había permanecido más de cinco años en prisión y sobrevivió recientemente a otro atentado armado ocurrido hace aproximadamente un mes.

“A esta persona se le estaba dando algún grado de seguimiento por el atentado que tuvo hace 30 días”, señaló el jefe policial.

Las autoridades sostienen que la niña quedó atrapada en un hecho de violencia dirigido contra un adulto, una realidad que ha profundizado la indignación y el dolor entre familiares, docentes y vecinos del corregimiento.

“Como sociedad, también debemos poner de nuestra parte y evitar relacionarnos con quienes forman parte activa de grupos delincuenciales”, expresó Fernández frente a los medios.

Sin embargo, la tragedia del pasado miércoles no es un suceso ajeno al escenario actual del país. El pasado lunes 11 de mayo en el sector de El Crisol se reportó un asesinato en el que un conductor de la plataforma InDriver perdió la vida tras hallarse en el medio de un ajuste de cuentas y sin saberlo, trasladaba al delincuente en su vehículo.

“Tenemos que entender que Panamá no es el Panamá de hace 10, 20 o 30 años”, dijo el ministro de seguridad, Frank Ábrego, en una entrevista en exclusiva a este diario el pasado mes de abril. “No le podemos seguir vendiendo al panameño de a pie que nosotros vivimos en una sociedad bonita y perfecta. Tenemos que cuidarnos”.

Pero en La Locería, al menos durante este jueves, las declaraciones oficiales parecían quedar en segundo plano.

Porque el dolor tenía otro rostro.

El de una escuela que perdió a una de sus estudiantes. El de docentes que todavía intentan procesar lo ocurrido. El de compañeros que deberán regresar el lunes a un salón donde faltará una sonrisa.

Y el de una comunidad que, 24 horas después, seguía preguntándose cómo es posible que una niña de 10 años haya terminado convertida en víctima de una violencia que nunca le perteneció.

Las balas dejaron dos muertos.

Pero el silencio del día después reveló algo más profundo: una herida que permanecerá mucho tiempo en la memoria de quienes estuvieron allí.

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