Laumerino Serra, olvidado por el tiempo

¿Quién podría pensar que una van estacionada a un costado del Archivo Nacional es también la residencia de alguien?

Han transcurrido 760 minutos del día. Aunque es miércoles, a esta hora, las 12:40 p.m., no se ve ningún movimiento en la Plaza Víctor Julio Gutiérrez, donde generalmente se realiza el sorteo de la Lotería. Una señora que intenta vender sus últimos billetes dice: ‘Hoy hay sorteo. No sé dónde es, pero puede ver que aquí no’.

Cruzando la acera, Laumerino Serra está sentado en la entrada de su habitación, mirando hacia afuera mientras abre un paquete de cinta adhesiva. El olor del incienso se confunde con el de las salchichas en salsa de tomate que está calentando en una pequeña cacerola. Su habitación está conformada por un pedazo de tabla con seis patas de madera rústica donde descansa, a la cual llama cama; una estufa eléctrica de un quemador con la que cocina; un envase donde guarda galletas y otros alimentos; una botella de seco y un extintor; algo de ropa, y telas; además de uno que otro cachivache.

Serra vive entre la calle 32 y Avenida Perú. Cuando se dice ‘entre la calle’, no se hace referencia a ninguno de los edificios de esa área de Calidonia; sino, literalmente, en la calle. Laumerino lleva aproximadamente 70 1,265,022 horas radicado en la parte de atrás de la vagoneta que tiene estacionada lateral al Archivo Nacional. En palabras llanas: ocho años encerrado en ese mínimo espacio de poco más de metro y medio de alto que, a simple vista, no supera los 120 centímetros de ancho ni de largo.

Hosco al principio; pero mucho más afable a medida en que pasan los minutos, en su confuso ‘portuñol’, este relojero brasileño radicado en Panamá explica que él posee una casa en Veracruz (Arraiján), en donde tiene un ‘taller grande, muy grande’. Sin embargo, por órdenes de la justicia, él no puede pisar su residencia y, aunque asegura que hace poco una jueza en La Chorrera ordenó que le devolvieran todas las cosas que habían adentro, tampoco puede ingresar al estudio que armó en la residencia.

–No hay pruebas, ni periciales ni testimoniales ni psicológicas, que comprueben que es cierto– indica Laumerino en referencia a la condena por maltrato que se le imputó hace ya varios años, luego de que su entonces esposa lo denunciara–. El expediente fue completamente manipulado– reitera el extranjero–. Yo cumplí con la ley , y durante un año recibí atención psiquiátrica en San Miguelito. Lo único que quiero es justicia, porque no es cierto que yo hice nada de lo que se me acusa.

EL MAESTRO RELOJERO

Serra llegó a Panamá como empleado de la Casa Fastlicht, una empresa distribuidora de joyería, relojes y ropa, en la década de 1960. Tras graduarse en el ‘Instituto Brasileño de Relojería’, abandonó su cálido país para radicarse en Canadá: ‘Mucho frío. No me gustó’. Por lo que él llama ‘la fuerza del destino’, recibió una oferta en Panamá ‘y me vine para acá’, indica.

El tema idiomático no fue problema, en el istmo se casó y formó una familia: Él, su esposa (‘una chiricana’, comenta) y dos hijas. Una es fruto de la relación de ambos y otra, de una relación anterior que tuvo su pareja.

A pesar del conflicto con su madre, cuenta que su hija de crianza vive en Chiriquí y, con mucho orgullo, resalta que tiene una nieta de 14 años a la cual ya le está haciendo su anillo de quinceaños. Es más, comenta que ninguna de las dos jóvenes guardan contacto con la madre, solo con él.

Sobre la hija que tuvo con ‘la chiricana’, cuenta que pudo pagarle una carrera universitaria y hoy es bióloga; sin embargo, entre risas comenta: ‘Hijo de tigre sale manchado’, pues la muchacha, a pesar de su licenciatura, decidió dedicarse a lo mismo que él: La reparación de relojes. Inclusive, comenta Serra, la hija le enseñó el oficio a su entonces novio, con quien al final se casó. ‘Mi yerno sabe de esto gracias a mi hija’, comenta muy orgulloso el brasileño, quien añade: ‘Hoy ambos trabajan conmigo’. A punta de relojes, así como hizo él, su hija y el yerno mantienen un hogar en Ciudad Bolívar y crían a una bebé de un año, la otra nieta de Laumerino.

EL NEGOCIO RODANTE

Hace más de 105,189,753 minutos; es decir, 20 años, la Casa Fastlitch cerró y Laumerino se quedó sin trabajo. Entonces, decidió instalarse en un local que estaba en la misma calle 32, pero del lado de Calidonia. Ahí puso un taller. ‘Un día me fui a Brasil y cuando regresé, el dueño del edificio me dice: ‘Te tengo una mala noticia, he vendido el edificio y tienes que desalojar, porque lo van a demoler’. Con la indemnización, terminé de pagar mi casa en Veracruz y construí un taller donde realizaba los trabajos más grandes’.

Luego de solicitar un permiso municipal, procedió a poner su local de cuatro ruedas. Inicialmente, lo tenía frente al edificio del Archivo Nacional, sobre la avenida Perú; pero luego, por solicitud de los funcionarios de esa entidad gubernamental, se movió a la calle del costado, la calle 32. Comenta el relojero que la actual administración ha sido muy amable con él y le han puesto sus instalaciones a disposición; pero que él casi no las usa para no molestar o incomodarlos.

El tiempo hace estragos. Por lo menos, los ha hecho sobre la van, que está oxidada y cuya pintura se ha ido cayendo por partes, a la cual le falta el guardafangos, y que tiene por frenos unas piedras, que le dan un aspecto de chatarra al vehículo. Las ventanas, la lateral y la trasera, están cubiertas por unos banners que anuncian los servicios que ofrece y que, además de reparación de relojes y cambio de baterías, también incluyen soldadura de piezas de oro y acero. Las pancartas ocultan que, ‘por una pedrada’, los cristales del costado están rotos. Algo que sí es evidente son los golpes que tiene la carrocería. Por insólito que parezca, Serra explica que un día, a pesar de llevar todo este tiempo estacionado, otro vehículo lo chocó.

Pese a todo, asegura el relojero que su van es funcional y que si él quisiera podría encenderla y recorrer las calles de la ciudad. Si no lo hace es por un asunto de comodidad: ‘Aquí adentro tengo todas mis cosas, si arranco el carro y lo muevo, ¿cómo hago para que no se caigan todas?’, se pregunta.

EL MUNDO DE HOY

–Yo soy amigo de mis vecinos, de los piedreros, de todos los que viven por aquí– asegura Laumerino, quien lo único que critica es cómo la violencia se ha ido apoderando de la sociedad: ‘Todo empezó en el gobierno anterior, el de Martín Torrijos, con esa ley de Teresita de Arias que se inventaron de que uno no puede entrar al cuarto de los hijos; pero cuando andan en droga o matan a alguien, entonces sí eres responsable’, dice.

Dice que, a partir de ese momento, las cosas se han puesto más violentas: ‘Yo antes, cuanto terminaba de trabajar, me iba allá abajo a bañar– señala sin indicar un lugar específico– y me iba caminando hasta Jimmy’s en la 5 de Mayo y cenaba. Ahora, además de que la cafetería se mudó para Obarrio, no me atrevo a andar por las calles cuando cae el sol’, asegura.

El tiempo pasa factura. Cuando llevas 666,201,771 horas de vida, el cuerpo empieza a pedir un descanso. El mismo Serra lo confiesa: A sus 76 años le cuesta ver y se nota en el tono azul, característico de las cataratas, que han ido adquiriendo sus ojos. Sin embargo, a pesar de los achaques y el cansancio, comenta que, con 29,979,079.7 minutos de ejercicio de la profesión, obtuvo su diploma de ‘relojoeiro’ en 1957, el retiro no es tan siquiera una opción. ‘¿Retirarme? ¿cómo? Yo dependo de aquí, mi hija come de aquí, mi yerno y mis nietas comen de aquí... Necesito cubrir mis necesidades ’.

EL OTRO TALLER

–Cuando la señora me devuelva mis cosas– especifica Laumerino Serra– me las voy a llevar a la casa de mi yerno en Ciudad Bolívar. Allá voy a instalar el nuevo taller.

Serra cuenta que hace ya un tiempo envió una carta a la primera dama, Marta Linares, para que lo ayudara con su situación legal, pues, reitera, las acusaciones por violencia doméstica ‘son falsas’ y el expediente fue ‘amañado’. Pasó el tiempo, y su misiva no tuvo contestación. Entonces, buscó el directorio y encontró el teléfono del Despacho. ‘Me la pasé de telefonema en telefonema’, indica, hasta que alguien le dio un nombre con quién comunicarse. Hoy no lo recuerda; pero, dice, se trataba de una de las asistentes de Linares de Martinelli, quien le comentó que por ser un asunto judicial, la primera dama no podía hacer nada a su favor.

–¿Qué sintió al quedarse sin hogar un día?

Yo tengo una casa, ‘minha’ casa está en Veracruz, yo pago el agua, la luz, todos los gastos los cubro yo. Lo que quiero es que me devuelvan mi taller.

–Si no puede vivir en Veracruz, y su hija tiene un hogar en Ciudad Bolívar, ¿por qué no se va con ella?

–Yo podría irme a vivir para allá con ella y mi yerno, si inclusive todos los sábados me voy a su casa a visitarla; pero no quiero– explica Serra–. Mi mundo está aquí– asevera en un perfecto castellano mientras que con los brazos hace un gesto que lo rodea todo. Tras un breve silencio, reasume lo que estaba haciendo antes de que fuera interrumpido.

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