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- 14/08/2022 00:00
Hace 45 años salió publicado un libro, Del buen salvaje al buen revolucionario (1977), del ensayista y periodista venezolano, Carlos Rangel (1929-1988), un libro que, si bien fue escrito, bajo otra circunstancias, cuando el mundo estaba dominado por la Guerra Fría, no deja de ser hoy un testimonio fiel y sincero de una postura y una crítica intelectual que va más allá de la época que le dio nacimiento.
Y a diferencia de otros autores que manifestaron, en su momento, que no podrían leer su texto otra vez, como Eduardo Galeano, con respecto a Las venas de América Latina (1971), no creo que lo mismo habría pasado con Rangel que escribió un libro a contracorriente, porque fue un libro que no pretendía ser levantado como bandera, un libro que fue escrito, precisamente, para enfrentarse a mitos discursivos sobre América Latina.
Estos fueron mitos que fueron fraguados a la luz de la conquista de América, como el del “buen salvaje”, quien sería la representación del indígena americano, un ser prendido en el paraíso, y cuya destrucción por los europeos (leyenda o no), creó la culpa histórica de este que trató o ha tratado de expiarla a través de otro mito, el “buen revolucionario”, el guerrillero o luchador emancipador, quien sería la personificación del “hombre nuevo” en el hemisferio occidental.
El libro de Rangel, hay que decirlo: es un libro contra las dictaduras y, especialmente, contra las dictaduras de izquierdas que encuentra en el “buen revolucionario” el mito que justificaría todas las atrocidades de un régimen que, poniendo toda la culpa de nuestros atrasos y fracasos sobre el imperialismo, justificaría cerrar filas bajo el mando único y prepotente del líder visionario.
Y dentro de este contexto, hace un recorrido de las producciones literarias americanas que nacen bajo estos mitos de barbarie y civilización, de redentores y dictadores, que se expresan en el Facundo (1845) de Faustino Sarmiento, Eurindia (1924) de Ricardo Rojas, Ariel (1900) de José Enrique Rodó, La raza cósmica (1925) de José Vasconcelos. Pero sería muy poco afirmar, además, que este libro se detiene allí, es decir, en describir la galería de mitos que inundan la galería de fantasmas y leyendas europeas del (y sobre el) continente, porque el texto, en el fondo, persigue su objetivo o se detiene a explicar, el porqué del fracaso de América Latina, como lo expresa en sus propias palabras: “En todo caso, desde Bolívar hasta Carlos Fuentes, todo latinoamericano profundo y sincero ha reconocido, al menos, por momentos, el fracaso -hasta ahora – de la América Latina”.
Al escuchar el discurso de investidura del entrante presidente de Colombia, Gustavo Petro, uno se da cuenta que este sentimiento de fracaso no fue o es solo de Rangel. El antiguo guerrillero, quien habría podido ser el “buen revolucionario” en su momento, habló de una “segunda oportunidad” para Colombia, un país sumido históricamente en la violencia, la desigualdad y el narcotráfico. Poco, en verdad, le faltó para decir que Colombia, como proyecto republicano y liberal, había fracasado en su intento de crear un mejor país para todos. No obstante, a nombre de aquel liberalismo colombiano, que “liberó” a los negros africanos de la esclavitud en el siglo XIX, y representó no pocas veces a los de abajo, dentro de las instituciones democráticas, Petro estuvo muy lejos de los lugares comunes de esa izquierda tercermundista, de la Guerra Fría, cuyos discursos son guiones ya salidos de los escritorios enmohecidos. No se buscó al culpable imperialista. Lo único que se podría afirmar con respecto al discurso de Petro es, hablando en términos de Rangel, que “el fracaso de América Latina” no termine devorando otro sueño de emancipación salido de la utopía de la redención.
El libro está dividido en once capítulos, precedido de un prólogo del francés Jean-François Revel. En este prólogo, Revel hace alusión también al “fracaso” de América Latina, “en contraste a la historia norteamericana”, y, desde luego, como anota el autor, Rangel está tras la búsqueda de una explicación. Ahora bien, en el siglo XXI, cuál podría ser el sentido de esta narrativa, que, además, no deja de estar dentro del paisaje maniqueo de poner al mundo en blanco y negro.
En verdad, ¿todavía podemos poner a los Estados Unidos como modelo de éxito para los latinoamericanos? Sin duda alguna, estas representaciones dualistas y simplistas que, seguramente, no soportarían un análisis detallado y a profundidad, porque, hay decirlo, tras el “éxito” norteamericano hay también muchos mitos y leyendas, Rangel, que no ahorraba tampoco argumentos muy críticos a los Estados Unidos, habría agregado en su lista la inmigración latinoamericana y caribeña hacia este país, como una prueba más del fracaso de la América Latina. No terminamos de sorprendernos por las recurrentes caravanas humanas que serpentinamente cruzan el continente entre playas, carreteras, montañas y selvas. Y, como van las cosas, el éxodo no se detendrá nunca.
Leer Del buen salvaje al buen revolucionario lo he hecho con décadas de retraso. Y no me arrepiento de haberlo hecho ahora. A través de sus páginas, que transcurren entre países y regiones, del continente, aprendemos y nos informamos sobre las conexiones intelectuales y culturales sobre el “complejo de inferioridad crónico” que sufrimos los latinoamericanos. Ahora bien, es inevitable leer este libro a contraluz de lo que somos hoy, de lo que hemos logrado o hemos padecido, y no hay la menor duda de que como país, región o continente, podríamos estar mucho mejor de lo que estamos ahora. ¿Cómo es posible que hayamos perdido tanto tiempo?
En Venezuela, la querida y escabrosa tierra de Rangel, por su tortuosa vida política, hay un régimen que lucha a duras penas por ganar cierta legitimidad y algunos candidatos a diputados, para ganar el favor de sus electores y vergüenza de un país como ese, piden gas, electricidad y agua para sus comunidades. Es un país que se cae pedazo a pedazo, a pesar de lo que digan algunas estadísticas. Precisamente, en Venezuela, el “buen revolucionario” se transformó en el “buen estafador” o aquí se reveló su máscara entre las ruinas de un discurso que revuelve a Rangel en su tumba.