Un encuentro sensorial

Actualizado
  • 09/12/2012 01:00
Creado
  • 09/12/2012 01:00
F acetas conversó con la autora y académica panameña B.B.P. Bethancourt -seudónimo de Ariadna García Rodríguez- que desde Grecia revela ...

F acetas conversó con la autora y académica panameña B.B.P. Bethancourt -seudónimo de Ariadna García Rodríguez- que desde Grecia revela -con su primer libro de poesía, publicado en España- una voz lúcida, crítica y en movimiento.

VIVES FUERA DE PANAMÁ DESDE HACE MUCHOS AÑOS: ESTADOS UNIDOS, FRANCIA, ESPAÑA, GRECIA Y ESCRIBES UN LIBRO DE POESÍA EN MEDIO DE TU VIAJE. ¿SE NECESITA BUEN OLFATO PARA VIAJAR?

Los olores envuelven, vivimos inmersos en ellos sin comprenderlo. Del olor, hermano de la respiración -según Süskind-, nadie escapa. Es el más misterioso de los sentidos y el menos conocido. Asociado a la memoria y las emociones urgentes, es una ventana directa al mundo, es nuestro laboratorio químico personal como experiencia subjetiva. Siendo un órgano primario para la sobrevivencia, vital también en la coexistencia entre individuos. Está a la sombra de la vista y la audición en el imaginario humano como herramienta de autodefinición o forma de conocimiento filosófico. Aunque la importancia de nuestra capacidad olfativa es conocida desde antaño por artistas y médicos, sólo ahora los aromas cobran verdadero interés público en un contexto mercantil. Las esencias, que siempre han tenido una connotación y función religioso-curativa, son usadas hoy por la industria cosmética para hacernos atractivos, para disfrazar olores humanos, animales y ambientales. Así, relacionar fragancias con la marcha no es nuevo, se venden incluso perfumes que representan ciudades específicas (Scents of Departure, Paris) como souvenirs que harán del viaje un recuerdo más vívido. Visto que los procesos mnemónicos pasan por lo corporal como forma de inteligencia emotiva, la memoria será una forma de trasladarse en el tiempo y el espacio. El poder evocador del olfato, esa nostalgia nasal, llamado también fenómeno Proust, hace más difícil navegar el mundo sin olor que sin visión u oído. Y si de memoria y viajes se trata no debemos olvidar que el olor de una flor salva a Odiseo de Circe y que las musas son hijas de Mnemosine (diosa de la memoria). En este sentido, lo poético transita también por el olfato’.

TU POEMARIO SE TITULA: ‘ABRAZOS DE UNA NARIZ SIN OLFATO’. ¿SÓLO ASÍ ES SOPORTABLE LLEGAR AL MUNDO, ES DECIR, A TRAVÉS DE LA POESÍA?

El título/poemario es un ensayo sobre una ironía inherente al olfato y al abrazo. Aunque el humano reconoce casi 10 mil olores separados carece de un vocabulario adecuado para describirlos. Las moléculas odoríferas, al variar extensamente en composición química y estructura tridimensional, no pueden medirse usando la escala lineal utilizada para calcular longitud de onda de luz o frecuencia de sonido. No existe una escala del olor que defina sus tonos/tintes. Para explicarle a alguien en qué consiste una fragancia que desconoce contamos con escasos adjetivos, por lo cual recurrimos a la asociación y analogías: algo huele co mo a rosas o se parece al sudor. Contrario a los otros sentidos, el olfato tiene un efecto inmediato en imágenes y emociones sin pasar por la aduana de la razón/lenguaje. Este sentido mudo, sin palabras, no necesita intérprete, de allí su asociación con el instinto/intuición. Describir una esencia es un reto para cualquier escritor: si no logra comunicar la experiencia aromática de un espacio, cómo podrá representar los recovecos del alma; ejemplos de ello serían: la apestosa San Petersburgo de Dostoievsky, Baudelaire y sus flores malignas, Sinán en su brumosa Semana Santa, Flaubert oliendo el calzado de su amante, los delicados símiles florales de Shakespeare o Cecília Mireiles, la obsesión por el aroma a licor de Huysmans, la Atalaya de Sara de Ibáñez o la ropa en el armario ‘lleno del mudo tumulto de recuerdos’ de Milosz. Un abrazo implica un encuentro sensorial con el cuerpo/olor del Otro, cosa que no siempre aceptamos o hacemos obligadamente. Al mismo tiempo, asumir que la otra persona sienta rechazo hacia nuestra corporalidad nos deja con la incógnita de saber cómo es nuestro propio aroma. No obstante, éste nos está vedado. Cómo acercarse pensando que aquello repulsivo en otros puede también ser parte nuestra, cómo abrazar dudando de si nos mienten o si debemos fingir. Quizás por esto los abrazos escasean. Invariablemente, los abrazos se convierten en gestos vacíos, mecánicos, o bien se suprimen. Su carencia hace del gesto un acto histriónico o conmovedor según el caso. No sólo vía lo poético se puede acceder al mundo, más bien diría que olor y abrazos serían formas más eficientes si sólo se ejercieran debidamente. Al no hacerlo, queda únicamente enunciar su ausencia. Y quién mejor que Rilke para expresarlo al decir que es casi eternidad lo que los amantes se prometen en cada abrazo mientras nuestra emoción se desvanece como perfume.

EN UNO DE LOS POEMAS SE LEE ‘SUICIDAS/ SON AQUELLOS/ QUE YA NO CREEN/’. ¿CÓMO VES EL MUNDO DESDE ESA EUROPA QUE PARECE QUE HA PERDIDO LA FE Y LA ESPERANZA?

Remitiéndonos al poema, estos mismos suicidas piden milagros y curiosamente imploran al ‘milagro suicida/ de todos los días’ no dejarlos caer ‘en la tentación/ de volver a creer/ otra vez’. La decisión sobre morir o vivir lleva al auto-cuestionamiento sobre la calidad de vida deseada: sea ésta enajenación cotidiana, vejez solitaria, muerte honrosa, etc. Pero ni el suicidio ni su contrario están cifrados en el momento de la resolución, más bien es la puesta en marcha de la misma lo que hace de ambos lo que son: dos caras de una misma moneda. En ambos casos hay que creer que lo resuelto es lo correcto (axioma), creer que vale la pena el esfuerzo (intención) y creer en el empeño propio de llevar a cabo el cometido (voluntad/praxis). He allí lo paradójico: ambos son producto de un acto de fe por cuanto hay certidumbre en lo que se espera y convicción en algo intangible. Fe en la idea de una felicidad postergada, fe en una vida después de la muerte o fe en el derecho individual a poner fin al dolor/deshonra. Esto recuerda el gesto del poeta Karyiotakis, al fallar su primer intento deja una nota diciendo que escribirá las impresiones de un ahogado, matándose de un tiro horas después. En esa expectativa segura del porvenir se pierde contacto con lo real y esto es lo que diferencia la fe de la esperanza. La primera impondrá la dictadura de lo divino como parámetro absoluto; en la segunda, se asume el fracaso como algo posible dentro de la esfera de la acción, tornándola más humana. Curiosamente, la fe resurge en momentos de crisis como ceguera, miedo, inacción, mientras que la esperanza, aquello último que se pierde, se ve mermada por la incertidumbre. La actual Europa en crisis no es una sin fe sino una Europa desesperanzada, con fe en un paradigma civilizador que dictamina castigo y la estanca, fe en sus identidades nacionales exclusivistas que la aíslan, fe en sus antiguos discursos proteccionistas que la canibalizan, fe en la salvación por medio de sus instituciones político-administrativas aletargadas. Les ciega una fe en volver a ser lo que fueron, pero como naciones individuales, y al mismo tiempo les paraliza el miedo a volver a empezar.

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