El primer recorrido de prueba del monorriel, desde Patio y Talleres hasta Ciudad del Futuro, se registró la tarde del lunes 13 de abril, con esta prueba...
- 30/05/2010 02:00
Siempre se ha dicho que hay tres verdades, la tuya, la mía y la Verdad. Lo más grave del asunto es que en la Historia con mayúsculas la cosa va más o menos por ahí, pero empeorada. O sea, que existe la verdad de un bando, la del otro, la Verdad y la versión del historiador. Los seres humanos, desde la primera vez que el hombre miró la Luna e inventó un mito, han adorado que los engañen. Generalmente la verdad es demasiado cruel, demasiado compleja o demasiado simple para la gran mayoría de la gente, y desde el mito del creacionismo hasta las grandes hazañas heroicas, la historia se trufa de fábulas y leyendas, mitos y medias verdades. Historias de derrotas escritas con despecho y rabia por los vencidos, historias de victorias escritas con desprecio y burla por los vencedores. Justificaciones posteriores o negaciones tardías apoyadas en nombre de la verdad propia, que la mayor parte de las veces no es la Verdad.
Todas estas reflexiones me las estoy haciendo a raíz de unos cuantos hechos que se han confabulado para darse en el mismo lapso temporal: dos notas de prensa leídas hace unos días en un periódico de la localidad, en una de estas noticias se leía que una universidad en EEUU ha decidido reescribir varios hechos históricos según las convicciones de su comité curricular y en otra se anunciaba que la Iglesia polaca decidió molestar a los restos de Galileo Galilei para darle lujosa sepultura, unos cuantos siglos después y con todos los honores eclesiásticos habidos y por haber (si yo fuera él me estaría retorciendo en mi nueva tumba de granito negro. ¡Hipócritas!); en España niegan cuarenta años de historia tumbando estatuas y cambiando el nombre de calles y por otro lado revuelven la memoria desenterrando muertos que, curiosamente, solo cayeron de un lado (sin duda tendremos que esperar unos años más a que la desmemoriada memoria histórica haga aparecer los muertos olvidados del otro bando); en América Latina, este año muchos de los países celebran con bombos y platillos los dos siglos de su independencia de la madrastra España. Con todo esto en el aire, las medias verdades campan en periódicos, libros de texto, noticieros… y en el medio está la gente, viviendo la vida real.
Soldados que son víctimas o héroes, balas disparadas de lado y lado de las trincheras, y políticos siendo salvadores o villanos según las circunvoluciones de la historia o según qué mano pague y qué mano reciba. ¿Realmente piensan los dictadorzuelos de quinta que reescribirán la historia cambiándole el nombre a sus países? ¿Realmente creen los adalides bíblicos que lograrán hacer creer a la gente que la tierra es plana y que Adán y Eva no tenían ombligo? Pues, para desdicha de los que tratamos de ver más allá de los árboles la inmensidad del bosque, sí lo consiguen. Ahí tienen como ejemplo por si no me creen las magnas celebraciones de la independencia de los países latinoamericanos, fastos y boatos y discursos que narran una lucha digna de Homero. Cuando la realidad la mayoría de las veces, si nos ceñimos estrictamente a los hechos, debió de ser mucho más prosaica, en unos casos adornada por intereses económicos de las clases criollas pudientes, y en otros, aderezada con los intereses de las potencias de turno interesadas en meter mano a un mercado que durante siglos les había sido negado. Pero los hechos puros y duros son muy feos y no inflaman orgullos. Los hechos generalmente están hechos de traición, intriga e intereses galloferos. Por eso los políticos, los historiadores y los ideólogos han decidido que es más bonito mostrar a sus héroes a caballo con el brazo en alto y la espada desenfundada. No queda nada bien mostrarlos en retaguardia, sobresaltándose cada vez que cae un cañonazo cerca de ellos, o negociando crudamente, con una copa de coñac en la mano, jugando con las vidas y las fronteras de los que estaban peleando creyendo hacerlo en nombre de la libertad.
Si pudiéramos leer nuestra propia historia dentro de doscientos años cómo nos reiríamos de todas las ridiculeces que se contarían. Lo malo es que dentro de cien años todos estaremos calvos y alguien contará nuestra historia como le venga en gana. Las calaveras no tienen lengua, por eso es que un diálogo con ellas se llama monólogo.