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- 06/07/2014 02:00
Es El Mundial. Se celebra en Brasil y en la justa estaba el equipo de Uruguay, país futbolero desde hace mucho tiempo. En ese equipo está Luis Suárez. Suárez ha mordido en el hombro a un oponente. Suárez ha cortado con sus dientes a un jugador de la selección italiana. La FIFA, iglesia de la religión del fútbol, ha decidido expulsar a Suárez del torneo. El presidente de Uruguay, Pepe Mujica, lo ha defendido públicamente, ha dicho que a Suárez lo han buscado para futbolista, que no para filósofo ni para tener buenos modales. Mujica ha llamado a los dirigentes de la FIFA una manga de viejos hijos de puta, fascistas. Fascistas, hijos de puta ¿lo mismo? Bueno, a decir verdad, a mí no me importa el fútbol, pero sí el drama. Al fútbol le sobra drama y me entretiene. Lo miro y lo vivo a mi medida. Me cae bien Mujica. Me da un poco igual el destino de Suárez, por lo contrario me interesa mucho Uruguay y su cultura: su música, su literatura. Estuve en Uruguay cinco días. Hice un puñado de amigos uruguayos. Me los banco a los uruguayos. Esta pequeña introducción me sirve para pasar (como a la deriva, sigilosamente, como quien no quiere la cosa; como gallina degollada, pues) de los mordiscos y la inofensiva fatalidad deportiva al verdadero terror: el terror en la palabra. Es decir, quiero hablar de Horacio Quiroga, un uruguayo que también mordía, pero con el poderío de sus cuentos, el arrastre de la muerte en medio de su frente, con todo y próstata hinchada y su mala fortuna, su mala puntería y su gusto por las mujeres jóvenes.
Horacio Quiroga, un vampiro de verdad, heredero de Allan Poe y contemporáneo de Lovecraft, y mejor (hay que decirlo) que ambos. De Quiroga supe mucho alguna vez, pero lo he olvidado casi todo. Mi mente casi cuarentona ha decidido desechar la información que de su vida tenía guardada y quedarse con sus relatos de selva, veneno, machete enterrado en el pecho, perro miserables y almohadones que chupan sangre, es decir vida.
Esta columna es culpa de La Yurchenko, quien justo anoche lo ha descubierto y se ha puesto a leerlo. Estuvo toda la noche, libro abierto sobre los senos, metida en Quiroga y su perversión, metida hasta el fondo en la angustia y los callejones sin salida propios de la época en que vivió Quiroga. La Yurchenko fruncía el ceño, pelaba los ojos y torcía los labios con dolor; terminaba un cuento, ponía el libro sobre su vientre, suspiraba y decía: Uf, carajo.
Luego de leer tres cuentos me ha dicho: Javier, tengo un nuevo enamorado y voy a dibujarlo. Me parece excelente, le he contestado yo, es lindo descubrir a Quiroga, enamorarse de él y sus desgracias, aprender a sufrir de su mano, entregarse a la pesadilla y su pulso. Quiero leer más de él. Claro, Kat, tengo más libros suyos en casa. Sí, sí, quiero más. Y ¿qué dibujarás? Aún no lo sé, aquella noche de Dalí he aprendido a dejarlo fluir, a ser vena; solo sé que el verde… ¿El verde? Sí, el verde, Javier, el verde; el verde es la jungla (la jungla y su araña). El verde es Quiroga. Mordisco en el cuello. Corta. Quiroga. El verde muerde. El verde muerte.
MÚSICO Y POETA