Decir no a todas las guerras

  • 19/04/2026 00:00
Con su novela ‘Cuando la bruma se desvanece’, el escritor español Miguel López García quiere transmitirles a los lectores la inutilidad de las guerras.

El día que la viuda Veneranda encontró el cadáver de un forastero, a las afueras de la humilde aldea donde residía, reinaba una gruesa neblina y una bruma opresiva.

Este hecho de sangre ocurrió en la España profunda, años después de una guerra civil que partió en dos a este país durante el siglo XX.

Este es el punto de partida de la novela Cuando la bruma se desvanece (Golden Books), de Miguel López García (Barres Castropol, 1954), quien visitará colegios panameños para conversar con estudiantes y profesores sobre esta obra.

¿A qué atribuyes la buena recepción de tus libros en Panamá?

La experiencia en Panamá me hace sentirme inmensamente feliz porque he logrado romper el espacio; la razón, está en el alma humana, la esencia del hombre es la misma en todo el mundo. Asturias, mi hermosa tierra, con sus pueblos, y aldeas, escenarios de muchas de mis obras, en nada se parecen a Panamá, pero las personas que los habitan, tienen los mismos sentimientos, y quizás ese sea el camino para llegar al corazón de los lectores.

¿Te sientes adoptado por Panamá?

Rotundamente sí, mi vida por mi profesión de marino, fue un viaje eterno, quizás eso y los años, hacen que me canse físicamente, pero mientras me quede aliento, y me reciban con ese inmenso respeto e interés, haré todo lo posible por coger los aviones necesarios para no faltar a mis citas en Panamá. La juventud de tu tierra me da tanto cariño, en un mundo donde esa palabra suena cada vez más distante, que hacen que me sienta obligado a compartir con ellos vivencias como si de mis hijos se tratara. También siento una gran deuda con sus profesores y los departamentos de español de los colegios, por la dedicación constante que hacen a la protección de nuestro idioma, en un momento que recibe ataques constantes.

¿Se interpretan igual tus novelas en Panamá y España?

Siempre las sitúo en una época con la que me siento más identificado: entre los años 1950 y 1970 en mi patria, un tiempo marcado por el frío, el hambre y la oscuridad, la entrada en un túnel negro que resultó eterno. Tiempos de sufrimiento, soledad, y añoranzas que, a las personas de una determinada edad, cuando los ven reflejados en las novelas les llegan a lo más profundo del alma, mientras los jóvenes de cualquier lugar se conforman con el suspense, sin percibir que es un grito desesperado por la paz.

¿El territorio en que se vive condiciona la escritura?

Nací en Villadun, allí trabajé desde niño en el campo, cultivando la tierra y con el ganado, al tiempo que estudiaba. La escasez, y la frialdad, eran predominantes en esa época, aún a día de hoy siento ese frío en mis huesos. A pesar de las dificultades, siempre he tenido el apoyo de mis padres para estudiar y, desde esa aldea, con 17 años, salí para hacer la carrera de náutica, y a los 33 años, estaba de capitán en un barco que transportaba contenedores, pero aquellos pocos años en Villadun son los que dejaron la huella más profunda en mis escritos.

Esta novela ganó el Premio Zayas.

El presidente del jurado era el Premio Cervantes, Don José Giménez Lozano, y me comentó el día de la entrega del galardón, que el personaje de Veneranda había sido suficiente para que esa obra fuera la vencedora. Esa mujer con dotes extrasensoriales, junto con una boda por poderes, de las muchas que se celebraban en aquellos lejanos tiempos, debido al gran número de hombres exiliados por la guerra; fueron el germen de esta obra.

¿Qué función cumple la posguerra española?

Mi intención cuando escribí esa novela, era hacer un retrato de la España rural de la posguerra, hoy sería extrapolable a todo el país de aquella época. La descripción de los personajes intenté que fuera lo más profunda posible, así como el escenario donde se movían, algunos de esos lugares los recorro con frecuencia, y en la soledad de mis caminatas, espero cruzarme con Veneranda.

¿Esta novela aborda las secuelas invisibles del conflicto?

Por supuesto, cuando los dirigentes se convierten en bestias, y llevan a sus pueblos a encarnizadas guerra, quizás sean tan inconscientes de creer que cuando termina la última batalla se ha terminado el conflicto; nada más lejos de la realidad; las guerras, y peor aún las guerras civiles, se convierten en un odio eterno que pasa de padres a hijos como la más cruel de las herencias. Recuerdo mi niñez, en la cocina de nuestra casa, donde los hombres se reunían por las noches para escuchar las emisiones de radio clandestinas, así como las conversaciones en medio del humo de los cigarros, sobre los vecinos del otro bando, y podría asegurar que después de cerca de cien años desde aquellos días, aún hoy permanece ese odio flotando en el ambiente. Decir no a todas las guerras, es algo que intenté plantear. En la novela se muestra un mundo de vencedores y vencidos; los triunfadores ordenaban, y los perdedores sin otra alternativa lo aceptaban, alimentándose la desconfianza y el odio.

La atmósfera opresiva, ¿está vinculada a las consecuencias psicológicas de la posguerra?

Sí, indudablemente. España se vio dentro de un túnel oscuro, donde todo era confusión, los amigos como por arte de magia se habían convertido en extraños, las familias se habían roto, las viudas formaban parte del paisaje, los huérfanos eran devorados por la indigencia, y los cadáveres aún calientes desde las cunetas de los caminos clamaban venganza.

¿Qué función simbólica cumplen la bruma y la niebla?

En mi faceta de marino, aún recuerdo aquellos días de espesa niebla por el Mar del Norte, ordenando a un marinero ir a proa a tocar la campana en las proximidades de los fondeaderos, el silencio espeso era roto por aquellas campanas que parecían tocar a muerto, mientras el barco ciego se deslizaba hacia su meta. Quizás venga de ahí ese ambiente sepulcral de la novela.

¿La atmósfera es la protagonista?

Es el personaje más importante. Mi vida en la aldea me resultó muy útil para reflejar ese contexto. Estudiaba en las gélidas noches, y por las ventanas penetraban al unísono el relente, y los ladridos de los perros, que respondían unos a otros con interrogantes, y cuando escribí esta obra los imaginaba como cadáveres sin nombre ni lugar.

¿Cómo influye la condición de “forastero” del cadáver en la dinámica social?

Si ese cadáver fuera una de las personas del pueblo, habría dos alternativas, que fuera de un bando o de otro, esa era la situación del país en ese momento, una situación que se daba con demasiada frecuencia. Un coche negro, varios sicarios, en plena noche, entrada en el domicilio del desgraciado, un tiro en la nuca, y un cuerpo más en la cuneta. Un desconocido muerto, abría un abanico de posibilidades, y en medio de las desconfianzas de la aldea surgían nuevos argumentos, ocultos en aquella pequeña sociedad. El crimen funciona como detonante, y es la excusa para explorar temas más profundos

¿Cuáles son esos temas?

Mostrar la complejidad de una guerra civil. Quería que quedara claro la relación del Estado con sus ciudadanos, en función de su ideología, también la represión sin sentido, el odio que se enciende como un fósforo, y enfrenta a hermanos, a padres e hijos, familias, amigos. Deseaba mostrar el dolor, las miserias humanas, el odio, el aislamiento forzado, la muerte como solución a los problemas.

¿Qué papel juega la ambigüedad para la resolución del misterio?

Cuando el miedo flota en el ambiente, un modo de protegerse es la vaguedad, tomar una postura siempre puede ser peligroso, y eso los pocos habitantes de aquella aldea lo sabían, y si en algún momento intentaron cooperar era porque creían que se trataba de un extraño, alguien de otro lugar, y los de otro lugar, como vemos con frecuencia, siempre son los culpables.

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