La Guillotina del Pueblo y el Proceso Octubrino

Actualizado
  • 23/02/2024 11:56
Creado
  • 23/02/2024 10:51
El gobierno marchaba con sus falsas banderas, pretendiendo amparar sus prácticas corruptas

El proceso militar fenecido tuvo la virtud de acabar con todo lo que pasare por sus manos. Lo primero que hizo fue ensañarse con lo que significa una revolución. La acción golpista del 11 de octubre de 1968 no logró cambios de estructura alguna, consolidó el poder económico de las clases tradicionales e hizo más dependiente al país.

El nacionalismo tan lozano y hermoso en 1968 lo fue reduciendo a la nada por sus incongruencias, por la adulteración de la verdad histórica, por la manipulación intelectual y sectaria de ideas y de consignas, por la ninguna continuidad entre la palabra y los hechos, por su irresponsabilidad de ir desvalorizando la posición histórica de reafirmación nacional ante toda la injerencia foránea perturbadora de la nacionalidad (pactar intervenciones “potables”, celebrar maniobras conjuntas con el ejército de los Estados Unidos precisamente los 9 de enero, una fecha sagrada para los panameños, etc.).

El nacionalismo panameño, en el pasado a flor de piel, vital, creador y defensivo, fue adulterado y convertido en tambor y pantalla para convocar a los gesticulantes internacionalistas y hacer ver al mundo, falsamente, que en Panamá se libraba la batalla libertadora de su vida, cuando en verdad, al compás del canto “nacionalista”, el pueblo perdía sus derechos, su libertad y su seguridad y vivió en ese falso “nacionalismo”, la sobrevivencia del despotismo y la negación absoluta de la Democracia.

El gobierno marchaba con sus falsas banderas, pretendiendo amparar sus prácticas corruptas. El pueblo, simultánea y paralelamente, caminaba con sus emblemas democráticos e identificaba la corrupción gubernamental con el falso nacionalismo. Nada hizo variar al pueblo de su perspectiva. Si había maniobras militares norteamericanas, incursiones indebidas en el suelo patrio, para el gobierno aquello era intervención; para el pueblo aquello le resultaba indiferente. El nacionalismo auténtico quedó neutralizado. No quería correr el riesgo de que la publicidad totalitaria confundiera y capitalizara a favor del régimen la dinámica vertical del nacionalismo ortodoxo.

El proceso octubrino en ese tiempo histórico había logrado también la desvalorización del concepto nacionalista.La política del militarismo había cumplido una nueva y extraña misión. Estableció todas las condiciones incluyendo las psicológicas para que la soberanía fuera finalmente guillotinada por la invasión norteamericana.Igual lesión recibió lo que simplemente podríamos llamar el intervencionismo estatal. Un proceso de muchos decenios logró que el individualismo rígido, manchesteriano, articulara un entendimiento entre los particulares y el Estado en materia de actividades económicas. Se buscó un equilibrio conceptual: tales actividades económicas corresponden primordialmente a los particulares, pero el Estado “las orientará, dirigirá, reglamentará o creará, según las necesidades sociales”.

Llegó el proceso militarista y sin ningún criterio que desarrollara legalmente la participación de los particulares y las del Estado, se dedicó tal vez febrilmente a crear empresas estatales. Pero en cada una de ellas dejó la huella de su ética. Después de 21 años de proceso, casi todas las empresas del Estado están en quiebra y sin duda por razones delictivas. Otra obra institucional del proceso. Desvirtuó el significado de la empresa estatal y el gobierno no descuidó su oportunidad ideológica y levantó la guillotina de la privatización.Sin embargo, ni el concepto auténtico de revolución como acción transformadora de la sociedad; ni el real concepto nacionalista que entre nosotros los panameños tiene una significación de permanente afirmación nacional; ni el alcance de la empresa estatal como gestión de profundo contenido social, pueden echarse por la borda como fardos inútiles.

El proceso militar los desprestigió porque fueron pésimos directores de orquestas y peores intérpretes. Es como si una banda de música pueblerina interpretara a golpe de tambor, tumba, timbales y maracas la Quinta Sinfonía y alguien al oír el mensaje musical exclamase que es muy mala la Quinta Sinfonía. ¡No! No es mala la sinfonía de la empresa estatal. Fueron malos, pésimos, deficientes, los intérpretes. Una empresa estatal rentable, una empresa estatal de servicio, no tiene por qué ser privatizada. Lo que no puede ser, en nuestro sistema, es que el Estado se convierta en arrocero, en productor de naranjas, en fabricante de cemento.

El Estado no puede ser alfarero de minucias para competir con la empresa privada. Ese no es el alcance del intervencionismo estatal. Lo que cabe, entonces, como decía Prébisch, es reglamentar, es crear el semáforo de la Ley que advierta cuáles son las luces verdes y rojas para el Estado y cuáles para la empresa privada. Al final, el proceso todo lo ha dejado desprestigiado bajo la guillotina de lo controvertido: la “revolución” vencida por la dependencia, el “nacionalismo” vencido por la invasión, y la empresa estatal en el bolsillo de la empresa privada. Y lo que produce lástima es escuchar a los gesticulantes internacionales que vagan por el mundo, como ánimas en pena y con nostalgia metálicas residuales, alabando la “revolución” y el “nacionalismo” del proceso, simulacros de realidades que pasaron todas por la guillotina del pueblo.Ante tanto naufragio, ¿qué hacer? Volver a las aguas primigenias. ¡Volver a la autenticidad!

Publicado en su obra Testimonio de una Época, vol.4 p.231.

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