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- 05/05/2010 02:00
En los últimos días hay preocupación porque se destine parte del Parque Natural Metropolitano, a usos diferentes al de parque urbano. Localizado en el centro de la capital, este terreno revertido de 276 hectáreas fue destinado desde la negociación de los Tratados Torrijos-Carter, a servir de Parque Central de Panamá. Por diversas razones, esa intención fue desvirtuada y se mantuvo el terreno boscoso para uso restringido, de manera que sólo recibe como máximo alrededor de 64 personas al día, cuando el Parque Omar y el área peatonal de la Cinta Costera, mucho más pequeños, acogen muchísimas personas más. Con sus restricciones de uso y su pobre infraestructura, los habitantes del Gran Panamá nunca podrán poner el pie en ese parque natural, que ha funcionado en detrimento de la mayoría de los habitantes de la ciudad.
Sin embargo, la acción de un pequeño número de influyentes ciudadanos aupados por el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, propietaria desde 1990 de una grúa de observación del dosel del bosque en esa área, ha evitado, de manera sistemática y por más de veinticinco años, el uso del parque por la población de la ciudad. En pasadas administraciones, la dirección del Patronato del Parque Metropolitano fue abandonada por la principal autoridad municipal, a un grupo de personas decididas a permitir su uso sólo por los observadores de aves, algunos científicos y un máximo de 24,000 visitantes al año. Una campaña mediática sistemática, plagada de falacias, ha creado la falsa impresión, en amplias capas de opinión calificada de clases medias y altas, de que el parque tiene ya el mejor uso posible.
Así, durante más de treinta años se ha mantenido, con la bendición de las autoridades y de grupos de pensamiento “políticamente correcto” y new age , un costoso colchón espacial entre la ciudad de Panamá y áreas de la antigua Zona del Canal, el cual ha evitado que las poblaciones mayoritarias de la capital, en especial de niveles socio-económicos subordinados, tengan acceso a esas áreas que revirtieron gracias a la lucha de panameños de todas las capas sociales y de todas las épocas, mediante argumentos falaces como que el parque es el “pulmón” de la ciudad, cuando los alisios y la brisa entre el mar y tierra firme cumplen esa función; que su bosque primario es eslabón esencial en el corredor biológico entre el Atlántico y el Pacífico, cuando está prácticamente desconectado del mismo; que sirve para recibir a los visitantes y estudiantes interesados en la naturaleza, cuando su ingreso es restringido, y que es el único bosque virgen que existe en el corazón de la urbe, lo que sería ¡una primicia universal!
Convendría lograr que el Parque Natural Metropolitano se convierta en un verdadero Parque Central, con su flora y fauna tropical preservadas en todo lo posible, pero también teniendo como objetivo principal la satisfacción de las necesidades de los habitantes de una ciudad que requieren, urgentemente, un lugar de esparcimiento con todas las facilidades para acogerlos con seguridad y comodidad. Que se inspire, en los parques centrales de Nueva York (Central Park), San Francisco (Golden Gate Park), Madrid (El Retiro), París (Bois de Boulogne y de Vincennes), México (Chapultepec) o Bogotá (Simón Bolívar). Que acoja, en su seno, todos los fines de semana, a los millares de panameños, sobre todo de menores recursos, que no tienen otra alternativa cercana. Para hacerlo, existe la Ley N° 21 de 2 de julio de 1997, Anexo I, Plan Regional que trata de Áreas Silvestres Protegidas, ampliada por la Ley 29 de 1985 que crea el Parque Natural Metropolitano.
Mi propuesta es que el Patronato libere el Parque Natural para que se convierta en el Parque Central de todos los panameños y se le otorgue, atravesando la calle de la Amistad y al norte, un terreno boscoso y equivalente en el Parque Camino de Cruces que tiene 4,590 hectáreas, para sus actividades más privadas y selectivas y, si quieren, que se lleven la grúa de Smithsonian para allá. Se haría para reconocer, como positivo, haber conservado hasta hoy el área libre de los apetitos de la urbanización salvaje y se le ofrecería la oportunidad a dicho patronato de convertirse en ejemplo de respeto de la ley, de rectitud cívica y de cumplimiento de una auténtica función social. En ello su presidente, el alcalde de la ciudad de Panamá, tiene un reto, una responsabilidad y, sobre todo, una gran oportunidad. Veremos entonces si es verdad que en esta materia ¡Ahora le toca al pueblo!