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Más allá del peso: el 70% sufre de obesidad en medio del ‘boom’ por terapias inyectables
- 22/08/2026 00:00
En Panamá y la región del Caribe, más de 70 de cada 100 adultos viven con sobrepeso u obesidad. Cifras de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) ubican la prevalencia regional del sobrepeso en un 37% y la obesidad en un 31%, una realidad epidemiológica agravada localmente: en el país, el 76% de los panameños presenta un Índice de Masa Corporal (IMC) elevado y un 40% de los adultos convive directamente con obesidad, con una tendencia al alza continua desde 2010, según datos del World Obesity Atlas 2025. Con proyecciones que prevén que para 2030 unos 2,72 millones de panameños registrarán un alto IMC (igual o superior a 25 kg/m²), el país enfrenta una crisis sanitaria que sitúa a la gran mayoría de la población en riesgo inminente de sufrir muertes prematuras y desarrollar patologías crónicas como diabetes tipo 2, hipertensión arterial, hígado graso y más de 14 tipos de cáncer.
Sin embargo, el abordaje clínico de esta condición enfrenta hoy una encrucijada entre el avance de la ciencia médica y los peligros del uso cosmético e indiscriminado de nuevos fármacos.
A raíz de su participación en el foro regional especializado “Más Allá de la Obesidad”, organizado por la empresa farmacéutica Adium, la endocrinóloga y nutrióloga dominicana Hilda Escaño, presidenta de la Asociación Dominicana para el Estudio de la Obesidad, conversó con La Estrella de Panamá sobre la urgencia de redefinir esta condición. La especialista enfatizó que no se trata de un defecto de “fuerza de voluntad”, sino de una patología compleja, biológica y multifactorial.
“La obesidad es una enfermedad crónica no transmisible. Fue declarada formalmente como tal en 2013 por la Organización Mundial de la Salud y diversas sociedades internacionales. No es un tema estético; es un fallo en la biología y la genética del paciente. La acumulación excesiva de grasa responde a factores de riesgo añadidos y a una condición biológica que no se trata simplemente con dietas de dos o tres meses, las cuales nunca serán una solución definitiva”, explicó la especialista.
El desarrollo de moléculas derivadas de los análogos de las hormonas intestinales ha transformado el tratamiento médico. Medicamentos como la semaglutida (análogo del GLP-1) y la tirzepatida (mecanismo dual que combina GLP-1 con GIP) actúan directamente a nivel cerebral e intestinal para regular la saciedad, retrasar el vaciamiento gástrico y optimizar la liberación de insulina por parte del páncreas.
La doctora Escaño detalló la fisiología de estas hormonas sintéticas y su impacto directo en el metabolismo: “Nosotros producimos naturalmente GLP-1 en el intestino, pero una enzima la inactiva rápidamente. Al unir la acción del GLP-1 con el GIP, como lo hace la tirzepatida, se logra un potente estímulo que disminuye las hormonas del hambre, aumenta la saciedad y logra que el páncreas libere insulina de forma eficiente. En los pacientes con obesidad se genera una resistencia a la insulina donde esta hormona se acumula, no trabaja bien y se desperdicia”.
Esta optimización hormonal rompe el círculo vicioso de la glucotoxicidad en el cuerpo. “Cuando el sistema de producción natural de insulina funciona de manera efectiva, disminuyen los picos de glucosa después de las comidas y se reduce la hemoglobina glucosilada, la cual mide el perfil del azúcar de los últimos tres meses. El exceso de azúcar circulante es tóxico y va dañando los órganos gradualmente; al eliminar esa glucotoxicidad, se obtienen beneficios cardiovasculares extraordinarios”, argumentó la experta.
La endocrinóloga recordó que estos medicamentos se descubrieron inicialmente para el control de la diabetes tipo 2, pero al observar la notable pérdida de peso en las investigaciones clínicas, se abrieron protocolos exclusivos para pacientes con obesidad sin diabetes. “Un paciente califica para estas terapias desde un Índice de Masa Corporal (IMC) mayor a 27 kg/m² si presenta comorbilidades asociadas. En la evaluación inicial, si vemos glucosas por encima de 100 mg/dL, resistencia a la insulina, hipertensión, enfermedad renal, hígado graso o apnea obstructiva del sueño, la inclinación clínica se orienta hacia estos fármacos”, añadió.
Respecto a la aplicación y administración de los tratamientos, la especialista detalló que la vía de administración es inyectable, subcutánea y de periodicidad semanal. La terapia debe iniciarse siempre mediante un proceso de titulación. “Se comienza con la dosis mínima —2.5 mg en el caso de la tirzepatida o 0.25 mg en la semaglutida— para que el organismo se adapte gradualmente, ya que los principales efectos secundarios son de carácter gastrointestinal, como náuseas, acidez, flatulencias o estreñimiento”, precisó Escaño.
En el mercado farmacéutico privado de Panamá, el costo de referencia de estos tratamientos varía de forma directa según la dosificación prescrita. La gama de presentaciones en dispositivo KwikPen comercializados por el grupo Adium / Asofarma —que abarca tanto líneas de insulinas análogas como agonistas del receptor de GLP-1 (ar-GLP1) y tirzepatida— oscila según la farmacia y la presentación específica entre los $115 y $390 por caja o pluma individual. En tanto, la presentación de Mounjaro KwikPen de 2.5 mg / 0.6 ml se ubica aproximadamente en $391.58, mientras que la dosis de 10 mg / 0.6 ml ronda entre $464.75 y $619.68, dependiendo de precios regulares o promociones en cadenas de farmacias. Al no contar con cobertura dentro del sistema de salud pública ni en la mayoría de las pólizas privadas, este desembolso directo de bolsillo representa una barrera económica de acceso para la población.
No obstante, la médica expresó profunda preocupación por el fenómeno del consumo sin control guiado por modas digitales. “Actualmente hay un ‘boom’ tan fuerte que muchos pacientes se automedican para bajar diez libras por razones puramente estéticas, sin calificar clínicamente ni contar con prescripción médica. Lo hacen aconsejados por un amigo, por la red social o por un entrenador personal que no es médico, interrumpiendo el tratamiento en dos meses. Es ahí donde aparece el rebote, porque la obesidad es una condición crónica que requiere seguimiento a largo plazo y una transición posterior a terapias de mantenimiento”, enfatizó.
A este problema se suma el riesgo inminente del mercado informal. La doctora Escaño advirtió sobre la venta irresponsable fuera del canal farmacéutico legal: “Los fármacos originales y seguros provienen de laboratorios con más de cien años de trayectoria en el manejo de inyectables y solo se despachan en farmacias con registro sanitario. No se pueden comprar en un gimnasio ni en un centro de estética. Muchas de las copias que circulan en el mercado negro llevan etiquetas que advierten ‘solo para uso en investigación’ (research use only); ponerse eso representa un riesgo altísimo que el paciente asume bajo su propia responsabilidad”.
Asimismo, la especialista recalcó la necesidad vital de un tamizaje médico previo para descartar contraindicaciones absolutas. “Estos fármacos están totalmente prohibidos en mujeres embarazadas o en periodo de lactancia. Además, debemos evaluar rigurosamente la tiroides, el páncreas y la vesícula. Pacientes con antecedentes de pancreatitis, piedras en la vesícula o antecedentes familiares de carcinoma medular de tiroides —un tipo de cáncer genético— no deben utilizar estas terapias debido al riesgo de proliferación celular observado en los estudios iniciales”, aseveró.
Uno de los aspectos clínicos más críticos destacados por la doctora Escaño es la composición corporal durante el proceso de reducción ponderal. “Se ha comprobado que hasta un 25% de la pérdida de peso con cualquier intervención metabólica corresponde a masa muscular. Si un paciente utiliza un inyectable que le bloquea el hambre y solo consume pequeñas porciones sin el aporte proteico adecuado, bajará de peso de forma insostenible, perdiendo músculo y colágeno. Por eso es obligatorio realizar ejercicios de fuerza al menos dos veces por semana y entrenamiento cardiovascular tres veces a la semana”, puntualizó.
El tratamiento tampoco puede desligarse del estilo de vida ni de la salud mental del paciente. “El fármaco es una herramienta poderosísima que ayuda a apagar el llamado ‘ruido de la comida’ (food noise), pero debe ir acompañado de una reestructuración de la calidad y cantidad de lo que se consume. También es necesario vigilar la higiene del sueño, limitar el consumo de alcohol y abandonar hábitos nocivos como el tabaquismo”, aconsejó.
Finalmente, la presidenta de la Asociación Dominicana para el Estudio de la Obesidad abogó por derribar el estigma social que rodea a esta patología y adoptar una red de apoyo integral. “La obesidad no se resuelve con la receta de un lapicero inyectable. Requerimos un equipo multidisciplinario donde participen nutriólogos, ortopedas, cardiólogos, neumólogos y, de manera muy especial, psicólogos. El componente emocional y conductual es clave para procesar el cambio de relación con los alimentos. Durante años se ha culpado al paciente de falta de motivación, cuando en realidad su biología no lo acompaña. Hasta que no entendamos esta realidad biológica, no podremos avanzar como sociedad”, concluyó Escaño.