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Taboga rescata dos cañones históricos para fomentar la cultura y el turismo
- 23/03/2026 00:00
Taboga ha rescatado dos cañones históricos del olvido para convertirlos en una atracción turística más que ayude a comprender la importancia histórica y estratégica de esta isla en la defensa del Canal de Panamá durante las dos guerras mundiales del siglo pasado.
La inauguración del Canal de Panamá coincidió en 1914 con el estallido de la Primera Guerra Mundial lo que, además de limitar las celebraciones por la apertura de la vía interoceánica, obligó a establecer su seguridad militar como una prioridad fundamental.
Así se construyeron los fuertes Randolph y Sherman en el extremo atlántico y Fort Grant, posteriormente rebautizado Fuerte Amador en honor al primer presidente de Panamá, en el Pacífico, todos ellos fuertemente dotados con piezas de artillería.
Pero fue durante la Segunda Guerra Mundial que el Canal de Panamá se consolidó como uno de los puntos estratégicos más importantes del hemisferio occidental, sobre todo por la ampliación del teatro de operaciones al Pacífico. Su capacidad para conectar los dos océanos lo convirtió no solo en una arteria comercial vital, sino en un objetivo potencial de ataque de las potencias del Eje (la Alemania nazi, la Italia fascista y el Japón imperial).
En este contexto, la isla de Taboga emergió como un componente clave dentro del sistema defensivo del canal, desempeñando un papel discreto, pero fundamental.
Lejos de los grandes relatos bélicos de Europa y Asia, el istmo panameño fue escenario de una intensa militarización preventiva. Estados Unidos, consciente de que la interrupción del canal habría significado un golpe logístico devastador, fue perfeccionando un sistema de defensa en profundidad que incluía artillería costera, baterías antiaéreas y unidades móviles desplegadas en puntos estratégicos como Taboga y Taboguilla, integrados en el complejo defensivo de Fuerte Amador.
Entre los elementos más destacados de este sistema se encontraban los cañones de 155 mm GPF (Grande Puissance Filloux, modelo 1917), piezas de diseño francés adoptadas por el ejército estadounidense. Estas armas, montadas en plataformas circulares conocidas como Panama mounts, permitían una cobertura de 360 grados y eran fundamentales para responder ante posibles incursiones navales.
El investigador panameño Álvaro Visuetti, en sus estudios sobre la defensa del istmo, subraya la relevancia de estas posiciones:
“Las baterías móviles de 155 mm instaladas en áreas como Taboga representaban una respuesta flexible ante amenazas cambiantes, integrándose a un sistema defensivo que priorizaba la vigilancia constante del Pacífico”.
También destaca que la defensa del canal no dependía exclusivamente de grandes fortificaciones, sino de una red coordinada de observación y respuesta:
“La eficacia del sistema radicaba en la articulación entre puestos de observación, comunicaciones y artillería, más que en la potencia aislada de sus cañones”.
En Taboga, además de las posiciones de artillería, se establecieron puestos de observación en elevaciones estratégicas, desde donde se monitoreaba el tráfico marítimo y se coordinaban posibles respuestas. Estas instalaciones estaban conectadas todas ellas con centros de mando en la Zona del Canal, formando parte del Caribbean Defense Command, encargado de la seguridad regional.
A pesar de los temores, el canal nunca fue atacado directamente. Sin embargo, la amenaza fue lo suficientemente seria como para justificar el despliegue de miles soldados y una infraestructura militar considerable. Planes japoneses, como el uso de submarinos con capacidad para bombardear esclusas, evidencian que el peligro era real, aunque nunca se concretó.
Hoy, los vestigios de estos búnkeres de concreto, caminos militares y restos de baterías permanecen como testigos de un capítulo poco conocido de la historia panameña. Taboga, conocida popularmente como la “isla de las flores”, fue también, en su momento, un puesto de vigilancia clave en la defensa de uno de los activos más importantes del siglo XX.
La revisión de este pasado, apoyada en trabajos como los de Visuetti, no solo enriquece la historiografía nacional, sino que invita a valorar el papel de Panamá en un conflicto de escala global.
El biólogo Samuel Pérez Flores, de la empresa Thelmar y responsable del proyecto, guiado por taboganos conocedores del terreno, se dio a la tarea de localizar y rescatar dos de los cinco cañones de cuya existencia se tiene noticia, y que permanecían olvidados en un lugar remoto de la isla. Los otros no pudieron ser extraídos debido a lo complicado de la orografía. Estos cañones de 155 milímetros de calibre, unas dos toneladas de peso y que datan de 1917, estaban abandonados en la parte oeste de la isla, en una zona conocida como Santa Catalina.
Pérez, encargado de un proyecto de la Autoridad de Turismo de Panamá (ATP) de mejora de los senderos de la isla para la promoción del ecoturismo, la historia y la cultura de Taboga, tuvo que arrastrarlos con grúas por cinco kilómetros, en su mayoría de espesa vegetación, para llevarlos a su nuevo emplazamiento, un bunker rehabilitado en lo alto del cerro El Vigía, testimonio de la importancia capital que tuvo Taboga como sitio de defensa en la Segunda Guerra Mundial.
Este proyecto de la ATP para la promoción de Taboga como destino turístico, de próxima inauguración, aparte de la rehabilitación del bunker del cerro El Vigia, incluye la recuperación de los senderos para conocer El Morro, el islote situado en el norte de la isla, que queda unido a ella por un tómbolo durante la marea baja, y es su centinela natural desde la época colonial.
El Morro fue primero punto de referencia y vigilancia para las rutas del imperio español y, siglos después, pieza también integrada al sistema defensivo del Canal de Panamá, convirtiéndose en un lugar histórico donde convergen la navegación, el control territorial y la protección estratégica de una de las vías más importantes del mundo.
Hoy se puede visitar el Morro gracias a un sendero rehabilitado, con escaleras de plástico reciclado, respetando la flora y la fauna, e imaginar cómo pudo ser el embarco y desembarco de las naves que partían a la conquista del Perú.
Tanto en El Morro como en el cerro El Vigía, el proyecto turístico incluye carteles explicativos, miradores y bancos desde los que se pueden disfrutar las vistas de la entrada al Canal y soñar con los numerosos acontecimientos históricos de que ha sido testigo esta isla.