28 de Feb de 2020

Cultura

Esencia de la idiosincrasia

PANAMÁ. El jolgorio, alegría, lujo y esplendor de las fiestas carnestolendas trae consigo tradiciones que datan de 89 años atrás y que ...

PANAMÁ. El jolgorio, alegría, lujo y esplendor de las fiestas carnestolendas trae consigo tradiciones que datan de 89 años atrás y que han hecho de Panamá, el epicentro del carnaval en Centroamérica.

En principio, el hecho de alegrar con reinas los deslumbrantes carnavales capitalinos son propias de mediados del siglo pasado.

Según informes históricos en 1910 nacieron los carnavales y se seleccionaba una acaudalada dama para engalanara los festejos del dios Momo, naciendo entonces una tradición que se ha mantenido latente en la idiosincrasia del panameño.

Por tradición, la bandera del carnaval era izada el 20 de enero, fecha en la que se conmemoraba la fiesta de San Sebatián; sin embargo, no era hasta el miércoles, con el entierro de la sardina, cuando culminaba la celebración en medio del júbilo y la satisfacción de la población.

Los carnavales desde entonces han ido ganando vistosidad y colorido. Gratos recuerdos evocan personajes que vivieron aquellos carnavales de antaño como Aristides Herrera Bravo, donde según él predominaba el lujo de los carros alegóricos, las alegres murgas y la majestuosidad de los desfiles nocturnos, que eran esperados por la población.

Para Herrera Bravo, reportero gráfico de amplia trayectoria, la participación de la mujer engalanaba las principales avenidas. Su gracia, hermosura y simpatía hacía que distinguidas damas de sociedad resplandecieran.

En aquellos años, sólo ellas podían lucir hermosos trajes. Las reinas pertenecían a la elite del Club Unión, donde se organizaban actividades afines, pero definitivamente el jolgorio tenía lugar en Barraza y Ancón, de allí que la Avenida Central se constituyera como la ruta oficial del Carnaval.

Curiosamente, los festejos no siempre tuvieron reina, pues el Carnaval panameño contó en 1913 con un soberano: Julio Alvarado, quien se hizo llamar Julio I logrando imprimirle energía a las festividades.

Aquel año, le acompañó Laura 1ª y ambos estuvieron ataviados con alegorías monárquicas. Cetros y mantos le brindaron a los carnavales un matiz imperial.

Aún por circunstancias políticas o de trascendencia internacional, como la Primera Guerra Mundial, los carnavales capitalinos nunca perdieron fuerza, pero si bajaron su intensidad.

Un ejemplo fueron los últimos años de la década de los ochenta y los primeros años de los 90, situación que se prolongó hasta 1995 cuando sorpresivamente volvieron a tomar impulso luego de la formación de una junta pro-rescate. Catorce años han transcurrido desde que los carnavales variaron su esencia. Ahora se abre paso a las tarimas artísticas que contagian de ritmo a los que disfrutan del carnaval, época de desenfreno y diversión.

Los carros cisterna, las murgas y las comparsas siguen siendo la base de la alegría que en países como Brasil, Italia y Bolivia dan paso al encuentro de culturas y festejos religiosos. Una de estas características hacen de Panamá, ese lugar interesante y tropical donde la alegría y el agua son las propuestas a la diversión.

Los nombres que enmarcan la celebración carnestolenda siempre ha rayado en la alegría. “Carnavales de la Victoria”, hacían alusión al término del conflicto armado en 1946, mientras que en 1947 durante los “Carnavales de la Concordia” se izó por primera vez la bandera del dios Momo en la Zona del Canal. Otros apelativos como el “Carnaval de las Américas”, “Carnaval Tropical”, relámpago, candela, rumba, salsa y el milenio han mantenido la esencia de los disfraces y las alegorías que identifican la vistosidad del Carnaval panameño que en los últimos años se ha convertido en una oferta turística rentable en la región.