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26 de Jan de 2021

Cultura

¿Hacemos cuentas?

E ntre dos que se aman, hablar de dinero es necesario aunque resulte incómodo. Hemos crecido con la idea de que el amor y los asuntos ec...

E ntre dos que se aman, hablar de dinero es necesario aunque resulte incómodo. Hemos crecido con la idea de que el amor y los asuntos económicos no se mezclan (¡qué falta de romanticismo!, pareceríamos interesadas, dicen sobre todo las mujeres). Y, sin embargo, el ‘vil metal’ tiene mucho que ver con el amor y con los sentimientos. Porque la forma de compartirlo y repartirlo -o, mejor, la manera de repartirse el poder que el dinero otorga- refleja los modos de amar y ser amado y es en muchos casos motivo de discordia conyugal.

Clara nos cuenta que su matrimonio fue ‘cuesta abajo’ a partir de que se dejó convencer por Mario, su marido, para dejar de trabajar: Ambos éramos divorciados y con hijos (yo dos, de 2 y 5 años, y él tres, de 5, 8 y 10 años), y acordamos que yo me dedicara a los niños porque él ganaba lo suficiente para mantener a la familia. Al principio todo iba bien, pero poco a poco él empezó a controlarme más los gastos; hacía alusiones a lo que podíamos o no gastar y se fue creando mal ambiente entre nosotros. Yo vivía sus alusiones como reproches y fui perdiendo libertad de acción y confianza en mi criterio.

El dinero está relacionado con la libertad, el poder y el control. Por eso es fácil que dé lugar a situaciones de dependencia. Cuando sólo uno aporta dinero, ambos han de estar atentos a estas señales y corregir el rumbo: legitimar los deseos -no los caprichos- y si el dinero que gana la pareja no se siente como propio, hablarlo y buscar soluciones.

Y es que lo que llevó a la relación de Clara y Mario a la deriva no fue una cuestión económica, sino de falta de complicidad. Las cosas habrían sido distintas si ambos hubieran valorado el trabajo de ella en casa y si hubieran compartido la administración del presupuesto familiar.

UN VALOR SENTIMENTAL

Se suele pensar que el dinero significa lo mismo para todos, pero no todos lo utilizamos igual ni le damos el mismo valor. Esto ocurre porque el dinero no es sólo un elemento de intercambio económico, sino que está cargado de connotaciones emocionales: habla de la historia de cada persona y de sus aspiraciones. Para uno puede significar seguridad y tenderá a ahorrarlo; para otro, éxito social y buscará gastarlo con cierta ostentación, y para un tercero, algo útil pero a lo que no hay que dar tanta importancia, por lo que será indiferente a su posesión y tenderá a delegar los asuntos monetarios.

Es importante que cada miembro de la pareja sepa del otro, y de sí mismo, qué tipo de persona es respecto al dinero: austero, gastador, una hormiguita ahorradora, buen administrador o un desprendido. Eso les ayudará a elegir una forma de administrarse que se les acomode. Yo soy muy desorganizada y un poco manirrota -comenta Rocío- y mi marido es muy organizado. Los gastos generales los lleva muy bien y gracias a él ahorramos algo.

Conocer el bagaje económico-emocional del otro también ayuda a evitar reproches cuando hay desacuerdos sobre si ahorrar o gastar, y cómo, cuándo y en qué. Tiras el dinero, ¡que inconsciente eres!, trabajas tanto que desatiendes a la familia, hay que controlar las compras, etc. (¿Te suena?)

Lógicamente, cuanto mayor es la conexión respecto a los valores de la vida y del dinero, mayor es la probabilidad de que la relación fluya feliz.

LO MÍO, LO TUYO Y LO NUESTRO

Al iniciar la vida en común hay que pactar un régimen económico y una forma de administrarse. Algunas parejas deciden seguir con cuentas separadas y aportar una cantidad a un fondo común. Como Lola y Toño: Nos lo aconsejó una amiga experta en finanzas. Y desde el punto de vista práctico nos parece el mejor sistema: cada uno es responsable de lo suyo, y eso te da independencia, e ingresa una cantidad en la cuenta familiar, lo que nos da tranquilidad.

Aún así, lo más habitual es que al dar algún paso que aumenta el compromiso de la pareja, como comprar una casa o tener un hijo, las cuentas se unifiquen. Jorge y yo teníamos cada uno nuestro sueldo y pagábamos a medias el alquiler y los gastos domésticos. Después, en sólo dos meses, me quedé embarazada, nos casamos y nos compramos casa. Y lo juntamos todo en una sola cuenta, relata Laura.

Compartirlo todo es la única opción posible cuando sólo entra un sueldo en casa.

Lo explica Raúl, padre de tres hijos: Al nacer nuestro primer hijo mi mujer pidió una excedencia. Y vimos que era absurdo mantener aparte una cuenta de cada uno, porque los gastos se multiplicaban, así que optamos por tener una cuenta para todo.

Claro, que no basta con juntar el dinero sin más, hay que precisar la forma en que se va a funcionar. La fórmula típica de la familia tradicional (él lo gana, ella lo administra) cada vez es menos habitual. Y el hecho de que uno gane más que el otro puede generar sentimientos de inferioridad en el de menor poder adquisitivo o, al contrario, de sentirse explotado en el que más gana.

Es lo que les ocurría a Miguel y a Elena, una pareja a la que traté en consulta. Los dos ganaban casi lo mismo y decidieron juntar los salarios y disponer de la cuenta al libre albedrío, sin precisar conceptos de gastos comunes y gastos propios.

Cuando él vino a verme, estaban a punto de divorciarse: Es caprichosa, lo mismo cambia las tapicerías y las cortinas que me sorprende con un regalo? Dice que el dinero es para gastarlo, es su lema. Pero a mí me toca cuidar lo que gasto y a veces tengo que pedir prestado para pagar el colegio de los niños y el alquiler de la casa. Y cuando intento hacer cuentas, se ríe de mí y me tacha de tacaño.

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En un caso así, en el que uno cae en el exceso y sabotea el presupuesto, hay que cambiar la queja por un diálogo abierto, con mensajes claros en primera persona y con propuestas concretas de cambio.

Para Miguel y Elena la solución fue bastante fácil: abrir una cuenta para gastos familiares, que deciden en común, y dos cuentas individuales, a las que transfieren mensualmente dinero, para gastos de cada uno.

“Nos funciona tan bien que ahora incluso ingresamos una pequeña cantidad en otros dos depósitos: uno para ahorro/imprevistos y otro para darnos un capricho juntos una vez al mes, o cada dos meses...” ¡Qué buena idea! Una cena romántica, una escapada sin niños, una noche de hotel en tu ciudad.. Son ‘locuras asequibles’ que unen a la pareja.

Dicen los expertos que una pareja no puede durar si cada miembro no se siente cómodo con el papel que asume en la administración económica. Y es cierto.

La experiencia demuestra que cualquier fórmula puede ser válida: que uno gane más que otro, que uno sea ahorrador y el otro despilfarrador, que uno consuma y el otro pague? Cualquier medida de reparto, aunque no coincida con los esquemas habituales, es asumible siempre y cuando ninguno sufra o se sienta humillado. La clave está en el autoconocimiento, el diálogo y el respeto al otro: poner de relieve las diferencias es el primer y gran paso para llegar a un acuerdo. ©ELPAIS.SL.