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31 de Oct de 2020

Cultura

Otra de monstruos

Al terminar de teclear el artículo de la semana pasada continué rumiando el tema de los problemas sociales de los adolescentes y los jóv...

Al terminar de teclear el artículo de la semana pasada continué rumiando el tema de los problemas sociales de los adolescentes y los jóvenes. Al hilo me fui haciendo una serie de reflexiones que completan lo escrito el fin de semana pasado. Y como no es sano quedarse las cosas adentro (el infarto acecha) ahí les van el resto de las mismas. La verdad es que desde hace unos años, la estupidez supina de los padres y la estulticia de algunos psicólogos y gurús de la educación infantil nos han abocado a una situación social en la que los niñatos malcriados se han hecho los dueños y señores de las calles, los centros comerciales, los cines, los restaurantes y cualquier espacio público, para desesperación de los pobres usuarios de los mismos, que tienen que soportar a monstruitos correteando alrededor sin poder soltarles un buen exabrupto a ver si espabilaban.

Se escucha hablar en los diversos corrillos del problema de los niños sicarios o de los jóvenes mareros. Desde luego, a ningún señor o señora decente se le ha ocurrido pensar que los maravillosos angelitos que tienen en casa sean un dolor de cabeza para nadie. Pero ¿alguien ha pensado en la lacra social que vamos a sufrir todos cuando los infames infantes maleducados, caprichosos e insoportables crezcan y se conviertan en una horda de malcriados que no conocen límites y a los cuales la palabra ‘no’ les produce traumatismo cráneo encefálico? Todos conocemos a un par de esos cafres.

Y en medio de esta debacle, los padres nos dejamos convencer por la publicidad y por los ruegos de nuestros hijos y les damos lo que creen que necesitan. Necesidades falsas.

¿Qué tipo de adultos estamos formando? Niñas que a través de los celulares se unen en clubes en los que no es importante a quien admiran sino cual de ellas come menos o vomita más. Niños que piden un celular a los seis, un trago a los doce, un carro a los dieciséis.. ¿Qué te queda por tener, querer o probar a los veinte? Niños que saben más de sexo que los padres que los engendraron, que se creen con todos los derechos y sin deberes.

Los padres somos amigos de nuestros hijos y les compramos celulares para poder hablar con ellos. ¿Será que se ha perdido la posibilidad de que los hijos escuchen a los padres si no es a través de un aparato? ¿Será que los padres de hoy en día nos hemos quedado sin nada que decir y hablamos a través de las cosas que compramos? ¿O será que los padres ya no sabemos cómo enfrentarnos cara a cara a nuestros hijos? Con la excusa de darles lo mejor, de que no se frustren, de darles lo que nosotros no tuvimos, de que un guantazo es un maltrato y de que hay que educar con cariño, nos estamos yendo al otro extremo.

Si, estoy consciente de que estoy siendo políticamente incorrecta y de que seguramente salten unos y otros a tratarme de barbazul y retrógrada. Pero fíjense ustedes que no me importa, cada vez estoy más convencida de que se ha perdido la conciencia de que nuestros actos tienen consecuencias. Y ahí me dirán que hay que reforzar la conducta positiva, ajá, sí como no, pero si cuando el pelao hace una cagada no le haces nada, eso ya es un tipo de refuerzo, el del tipo que le dice que puede hacerlo otra vez y que le va a seguir sin pasar nada. O sea, si usted, menor de edad, hace un acto de heroísmo, le dan una medalla, pero si atropella y mata a alguien no le hacen nada?o muy poco, no sea que se vaya a frustrar.

Con este panorama cerca, ¿tememos solo a las maras?