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02 de Apr de 2020

Cultura

Siembren más árboles por mí

La riqueza de Jorge Matsufuji, es Panamá, la gente, la naturaleza y, por supuesto, los incontables amigos que va dejando en todos los ri...

La riqueza de Jorge Matsufuji, es Panamá, la gente, la naturaleza y, por supuesto, los incontables amigos que va dejando en todos los rincones del país a donde llega con su infinito afán de sembrar árboles. Sentado en la mesa de su comedor –completamente llena de fotografías de sus innumerables proyectos, amigos, plantas y viajes– este hombre de mirada bondadosa, habló con FACETAS sobre su vida y sus sueños.

Nacido hace 73 años en Perú, es un nisei, es decir hijo de inmigrantes japoneses establecidos en tierras peruanas. En 1965, a sus 29 años, cuando vino por primera vez a Panamá por negocios, empezó su enamoramiento por este país. Venía a encontrarse con un empresario y coleccionista japonés al que iba a venderle una colección de mariposas exóticas disecadas. El viaje de una semana duró un mes, al cabo del cual pudo regresar a Perú con alrededor de 14 mil dólares en los bolsillos, una fortuna en ese entonces.

Recuerda que en ese primer viaje la gente en la calle, en el aeropuerto y en el hotel, lo detenía para pedirle autógrafos. “Me confundían con Manzanero”, dice riendo. Su segundo viaje, esta vez para quedarse, fue en 1972. Era promotor de ventas de equipo pesado y vino invitado por Omar Torrijos para ayudar a desarrollar el “tree crusher”, una especie de moledora de árboles destinada a “limpiar” de árboles extensas zonas en el marco de un proyecto de desarrollo del Bayano, encabezado por las Fuerzas de Defensa.

“Gracias a Dios no prosperó”, dice Don Jorge. “Hace 50 años se llamaba a la deforestación conquista verde, labor de desarrollo y lo único que se buscaba era aumentar las riquezas”, se lamenta. “En esa época la banca te financiaba y el ministerio agropecuario te otorgaba tierras solamente si las habías “limpiado” es decir talado todos los árboles”, dice.

Aunque es una persona que cree en el desarrollo, mientras sea responsable, confiesa haber afectado el medio ambiente – teóricamente trabajando por el desarrollo– cuando promovió proyectos mineros en Colombia, Perú y Panamá. Se dio cuenta de que estaba ensuciando el agua que río abajo utilizaban varias comunidades para cocinar, bañarse y lavar, y allí fue cuando tomó conciencia de que nadie tiene el derecho a contaminar las aguas.

Hoy es un defensor a ultranza de la Amazonia, “el pulmón del planeta que más está sufriendo”, se lamenta. También ha sido uno de los promotores del proyecto de saneamiento de la Bahía de Panamá. “Nunca me han visto a mi mamando de la teta de la vaca”, dice don Jorge y agrega que tiene la esperanza de que finalmente este atractivo turístico de Panamá deje de ser una cloaca.

Uno de sus sueños es ver a Panamá “convertido en un solo paisaje bonito, como la gente, y lleno de árboles”. Por eso está empeñado en sacar adelante el proyecto “2020” mediante el cual en el año 2010 se sembrarán 2,020 guayacanes, a lo largo de 10 kilómetros en el Corredor Norte, desde Panamá hacia Colón.

Para llevar adelante este y otros proyectos, Don Jorge creó la Fundación ShinMatsu, bautizada así en homenaje a su padre Shin Kichi Masufuji. Con esta organización lleva sembrando árboles en Panamá unos 15 años. Nada más en el proyecto “Manitos”, en el que participan estudiantes de primaria de todo el país, se han sembrado 20 mil árboles frutales en lo que va del año 2009.

Don Jorge tiene una preocupación y al mismo tiempo otro sueño. Uno de los peores enemigos de los árboles frutales, ornamentales y maderables en Panamá es la paja canalera – saccharum espontaneum – una especie invasora traída por los estadounidenses entre los años 50 y 60 para contrarrestar la erosión de las áreas intercanaleras desprovistas de vegetación, difícil de erradicar, y que no permite que crezca ninguna otra. Su sueño es que finalmente alguno de los gobiernos de turno tenga la suficiente voluntad política para encarar una campaña de erradicación de la paja canalera para sembrar miles de árboles en esos terrenos.

Con la cabeza cubierta por el gran sombrero de paja que lo caracteriza desde hace muchos años, y que lo asemeja a un bondadoso duende, aparece en cientos de fotos sembrando árboles, distribuyendo semillas, cosechando tomates, cargando piñas, melones y mangos, siempre explicando a los niños la importancia de las plantas y siempre, siempre, rodeado de mucha gente. “Ahí están todos los recuerdos. No puedo ordenar estas fotos”, se lamenta mostrando cientos de fotografías esparcidas en una mesa. “Cada vez que quiero hacerlo, me asalta un recuerdo y me quedo mirando las fotos. No tendré el dinero, pero tengo los corazones ”, agrega con satisfacción.

Innumerables pueblos del interior han visto crecer y florecer miles de árboles que Jorge Matsufuji ha donado, sembrados por sus propias manos, y que hoy adornan plazas, parques, atrios de iglesias, carreteras y escuelas. Como el viento, este pequeño gran hombre lleva las semillas de diferentes especies de un punto a otro del país, explicándole a los niños con asombrosa paciencia para qué sembrar esa semilla, mientras les muestra en la práctica cómo hacerlo.

Con su incansable alma de empendedor, Jorge Matsufuji abrió también, hace 32 años, el primer restaurante japonés en Panamá. Al principio, de acuerdo con su relato, no solamente todos los ingredientes se traían de Japón, también venían los chefs. Después de la crisis de los 80 dejaron de venir, pero los chefs panameños ya habían aprendido. “Se produjo lo que se llama una transferencia de conocimientos y tecnología”, comenta Matsufuji, “y sigue siendo el mismo tipo de comida, y aunque yo ya no tengo nada que ver allí, porque es mi hija quien lo maneja. Ella es mi orgullo”, agrega.

“Yo soy un empresario”, dice, “pero mi empresa es ésta: los niños, las familias, los árboles. Los niños crecen y ya no los conozco, pero ellos no se olvidan de mi”, agrega.

Masufuji, cree que es al hombre a quien hay que salvar, y que la única forma de hacerlo es repoblando la tierra de árboles y plantas. “Deseo que cada vez que florezcan los árboles se acuerden de mí, y que el día que me vaya siembren más árboles por mí”, finaliza diciendo, con un dejo de nostalgia y gratitud en su tenue voz, cuya fuerza interior ha llevado a que la escuchen los miles de niños ya amigos que ha conquistado con sus proyectos en todo el país.